¿Había dicho ya que mi corazón parecía volcarse como un cubito de agua sobre el fuego?
Bueno, así. De esa misma forma se volcó cuando Démon era el que estaba del otro lado de la puerta. Charlie se había escondido en el pasillo, y yo estaba enfrentando el problema de haber metido mi nariz dónde no debía.
Estaba pagando mi consecuencia por ello, más el mirar a Démon hacía mi mano como si hubiera hecho un gran pecado imperdonable. Sí, había pecado ante la confianza de Roger porqué él me había pedido que no leyera nada. Y eso hice. Lo leí.
Respiré profundo y Démon entró a la casa como si fuese de allí. Me quedé perpleja al verlo pasar, mojando la alfombra de la entrada con sus cabellos húmedos. Tenía la camisa del colegio puesta, y bien que se le marcaban los abdominales como un imán sobre su piel. Tuve que tragar saliva y concentrarme en el problema que acababa de enfrentar.
Leer la nota... No iba a ser tan malo..., ¿verdad? O al menos, eso pensaba yo dentro de mi cabecita de novia. En fin, Démon había pasado a mi casa sin decir permiso. Charlie estaba más cagado que yo, en el buen sentido.
—Démon, que sorpresa verte sociabilizar de esa... Forma peculiar —solté con cierto sarcasmo que Démon tomó como ofensa.
Tenía ganas de desaparecer por completo.
—Vine a buscar lo que Roger me dijo que venga a buscar —respondió seco, muy seco.
—¿Cómo supiste mi dirección? —pregunté como una niña inocente, y Démon se acercó a mí rápidamente hasta que me sentí intimidada—. Tranquilo, sólo quiero saber.
Meneó la cabeza un poco.
—Primero dile a tu hermano que no le haré daño, y que deje de esconderse porque ya lo ví —señaló el pasillo y la cabelleza rizada de Charlie.
Le hice una seña a mi hermano y él salió corriendo para ponerse detrás de mí. Démon lo miró como si fuese la cosa más tierna en todo el Universo. Yo le di un codazo para que se comportarse.
¿Quién tenía miedo ahora, eh?
—No se lo digas, Lea, lo prometiste... —murmuró Charlie, tomando mi mano. La suya temblaba del miedo.
—¿Decirme qué, Lea? —interrogó Démon, y cerré la puerta a sus espaldas. Charlie se quedó pertifricado al frente suyo.
Negué con la cabeza.
—Nada, ideas suyas... —le señalé el sofá para que se sentase—. Siéntate, no te quedes parado ahí. Tienes la camisa... Mojada. Em, sí.
Démon se miró la camisa e inmediato se desabotonó la tela fría y mojada. Quitándosela por completo y quedando con el torso desnudo. Tuve que apartar mi vista de su vista, ya que sentía las mejillas coloradas y calientes de la situación.
—¿Tienes una toalla para mí? —preguntó, buscando mi mirada—. Vamos, Lea, de seguro has visto muchos torsos como este. Uno más no hará daño.
Ninguno, Démon, ninguno.
—Tienes razón... —aseguré, y le pedi a Charlie que corriera por una toalla, cosa que hizo lo más rápido del mundo pensando que Démon lo iba a comer—. Ahora dime: ¿Cómo encontraste mi casa si nunca has venido?
Tamboreó su rodilla con sus dedos, y tragó saliva. Se notaba la manzana prohibida en el largo de su garganta. Subir y bajar. Mi mente estaba consumiendo cosas pervertidas, ¿desde cuándo era una pervertida?
—¿Tienes algo de beber? Muero de sed. —Replicó con seguridad, y nuevamente mandé a Charlie a buscarle un vaso de agua.
Lo tomó con una sonrisa mientras que Charlie se sentaba en el sofá, lejos de él.
—Démon. —Objeté, él me miró con sus ojos profundos de un verde muy oscuro. Acabó el agua en pocos segundos—. Quiero saber como supiste mi dirección, si es que puedo saber.
Carraspeó.
—Harper —contestó—. La encontré hoy besuqueandose con... Con el chico humillado en la fiesta. Y le dije que me dijera tu dirección, estaba tan atontada que me dio su teléfono.
Eso explicaba varias cosas y a la vez ninguna. Harper no le daba el teléfono a nadie, y Harper escaparía de Shawn ante la primera palabra. Aquello no sonaba real pero debía creerlo.
Debía.
—¿Vienes por el papel? —preguntó Charlie, que de momento me dieron ganas de callarlo, pero iba a ser inútil—. Lea, tienes que darle ese maldito papel. Y nos iremos a dormir.
Démon nos miró como si estuviésemos locos. Entrelazó sus manos y se apoyó sobre sus rodillas, se inclinó hacía adelante y nos miró a los dos fijamente a los ojos. Me comenzaron a sudar las manos.
—¿Leyeron ese papel?
Negamos, yo y Charlie.
—Claro que no, Roger nos dijo que no... —resopló Charlie.
—¿Están seguros? No me están mintiendo, ¿verdad?
Sí, estábamos mintiendo.
Sí, habíamos leído el papel.
Pero por algo mentíamos.
—Sí, claro, ¿quién leería las cosas ajenas? —dije sin más, Démon colocó su atención en mí.
Como si hubiera visto un maravilloso tesoro.
Y allí se quedó, observándome hasta que sus ojos no pidieron un descanso. Sus ojos en mí, observándome. Poco a poco, comenzaba a sentir ardor en mi pecho. Y él, solo me miraba. Sentía intensidad, dolor, un desgarre profundo.
De repente, todo se volvió oscuridad. No esa oscuridad, aún seguía allí. Era como ver a Démon y ver una pesadilla en tiempo real. Los dos ahí, Charlie concentrado en mirar a Démon, hipnotizado por el mismo poder oscuro que él ejercía. Y así nos quedamos, hasta que Démon apartó su mirada de la mía, entonces entendí algo curioso.
Algo que jamás había entendido hasta el momento. Y el porqué de no poder dejar de pensar en Démon.
Él ejercía algo sobre mí.
—¡Me rindo! —exclamó Charlie, sacándome de mi séptimo sentido—. Sí, Démon, leímos el maldito papel. Y fue idea de Lea.
Giré mi cabeza como la niña del Exorcista, y Charlie se encogió de hombros. Algún día iba a matarlo, de eso estaba segura.
—Con que..., leyeron. Ya lo sabía, de todas formas —contestó, y tomó el papel de mis manos. Sus manos eran suaves, cálidas, grandes. El roce de su piel, y la mía, hizo un efecto hermoso.
Como nunca antes lo había sentido. Nunca había sentido algo igual.
Fue como una conexión jamás sentida, como si yo le perteneciera a él de algún modo.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—¿Qué? ¿Esto? —respondió Démon, señalando el papel en sus manos. Asentí—. Es una invitación a una fiesta, es bastante privada y por ello Roger me lo dio. Este año tocó la temática de Vampiros.
Charlie entendió todo, e hizo un gran "O" con su boca. Su aspecto cambió de inmediato y supe que ya se había relajado del todo.
Era eso. Una tonta invitación.
—No se lo diré a nadie, no te preocupes —murmuré, y Démon se levantó para irse. No obstante, me entregó la toalla y volvió a colocarse la camisa mojada sobre su piel.
Ya no estaba tan húmeda como antes.
—Debo irme, Lea —dijo asintiendo—. Te veo mañana en la clase —añadió, luego saludó a mi hermano con un choque de puños—. Adiós, Charlie.
Charlie lo miró fijamente cuando se fue y cerró la puerta de la casa. Como si fuese la suya. Perplejo, me tomó del brazo mientras que yo miraba la puerta cerrada y trataba de comprender lo que había pasado.
Miré a su dirección.
—Sé que vas a querer matarme... —murmuró bajito—. Pero tengo un idea.
* * * *
Le habíamos mentido a mis padres, el viernes, de ir al cine con Charlie. Pero habiendo pasado la semana por alto, estaba desesperada por aquella fiesta, habíamos organizado un plan maléfico con Charlie. Y también, estaba fingiendo no ver a Démon en las clases.
Casey se sentaba conmigo ahora, y Shawn me hablaba más seguido. Roger disimulaba no verme y las chicas... Las chicas era un caso aparte. Me había salido de su grupo de w******p hace ya varios días, e inmediato, ellas, dejaron de seguirme en mis redes.
Perfecto, todo marchaba bien.
En la noche del viernes, y que tuve la suerte de tener un hermano excelente por haberle sacado una foto al papel, nos dirigimos a la fiesta privada que Démon nos había dicho. Por curiosos. Y más yo, que sentía curiosidad de aquellas que te cagas. Muy metiche, diría mi abuelo.
Cuando estacionamos en la acera del frente de la casa, de la supuesta fiesta, vimos que no había gente. Ya nos parecía extraño, que hasta el punto de aburrirnos, fuimos hasta KFC a comprarnos patitas de pollo porqué moríamos del hambre. Charlie me contaba de sus notas, sus amigos, y demás. Y yo le contaba mi dura relación con las chicas, todo había terminado ya.
¿Qué más podía hacer?
Habíamos vuelto a la casa, después de dar vueltas y vueltas. Charlie me insistía en ir a ver a las ventanas, por si estaban dentro viendo películas para adultos. Pero, ¿y si me veían? Lo metiche iba a tener que dejarlo para después.
Pasaron los minutos.
Diez.
Veinte.
Treinta.
Hasta que unos chicos, guapetones, salieron de la casa. Charlie me preguntaban quienes eran, pero no reconocía ninguno. Hasta que vi salir a Roger, el único que conocía allí.
—Cuando crezca, le golpearé en su madre por golpear en la mía —murmuró enojado, como si ya no tuviera miedo del pelirrubio grandulón.
Le pegué un codazo para que se callara.
—Si nos descubren, gracias a ti, te golpeará de nuevo. Y no voy a defenderte, ¿okey?
Charlie asintió y le dio otro mordisco a la patita de pollo frita, envuelta en una salsa de mostaza que me daban ganas de tirar por la ventana. Detestaba la mostaza.
Le ordené a mi hermano que se agachara cuando los chicos se dirigían a sus autos, que estaban enfrente del nuestro, para que no nos vieran de ninguna forma. Y aunque lo hubiéramos hecho, Charlie no dejaba de rezar por nuestras vidas.
Su murmullo más parecían aullidos.
—¿Podrías dejar de rezar? —pregunté con ironía, Charlie cerró la bocota de un golpe—. Gracias, Char.
De repente, uno de los coches arrancó. Y el que estaba por subir, nos visualizó. Alzó una mano mientras que con la otra estaba tomando la puerta para que no se le cerrara. Pero, en vez de entrar, cerró la puerta y comenzó a caminar hacía nosotros.
—¡Hey! ¡¿Qué hacen ahí ustedes?!
Charlie comenzó a sacudirme.
—¡¡¡Arranca, Lea!!! —gritó, pero la llave giraba a medio punto y se quedaba trabada—. ¡Por Dios, Lea, ahí viene! ¡Arranca el maldito coche!
Mi desesperación comenzó a surgir.
—¡No puedo! ¡No arranca!
—¡Eso nos pasa por tu culpa! ¡Si estuviera rezando esto no hubiera ocurrido! —exclamaba mientras que me sacudía. El chico golpeteó en nuestra ventanilla, mientras que otro golpeteaba en la de Charlie.
Y lo más extraño era que a pesar de la buena luz de la calle, sus rostros no se veían con claridad.
—¡Intrusos! —exclamó uno—. ¡Agarren a esos imbéciles!
—¡¿Qué hacemos con ellos, Roger?! —dijo el otro, dirigiéndose a Roger que estaba a punto de cruzar la calle.
Y de la casa salió el demonio.
Démon se quedó perplejo ante las actitudes de los otros. Mientras que le preguntaba a Roger que pasaba, Roger se acercaba cada vez más al coche.
—¿Quienes son? —pregunta Roger. Pero de repente, el motor se enciende y acelero lo más que puedo. Dejando a los tipazos atrás que nos comenzaron a correr como locos.
Charlie ya estaba llorando del miedo.
¿Y yo? Llorando por dentro, obvio.
—¡Eh! ¡Vuelvan aquí! —gritaban detrás nuestro. Y en cuanto aceleré mucho más, nos alejamos de ellos y salimos por la ruta principal que nos sacaba del pueblo.
Perdiéndolos de vista.
Para siempre.
Charlie se secó las lágrimas de cocodrilo que tenía y me dio las gracias por haber salido de allí. Roger no nos había alcanzado de ver, eso era bueno. Pero lo malo, era que Démon podía reconocer el auto.
Ya tenía todo planeado: Me cambiaría de nombre, y me iría de la ciudad con Charlie. Fin.
Pero eso no iba a ocurrir, a menos que haya hecho algo malo. ¡No había hecho nada malo! Sólo había ido a espíar lo que Démon y Roger tramaban. Nada más. No violé ninguna regla. Pero casi nos violaban del susto a nosotros.
Cuando bajé la velocidad, sentí que todo ya se había calmado. O mejor, creí que ya no iba a ocurrir nada más.
—¿Lea? ¿Oíste eso? —preguntó Charlie asustado—. Lea, esa broma no me gusta nada.
—Charlie, ¿de qué hablas?
—¡Deja de hacer ese ruido, Lea! —gritó, y entonces lo escuché.
Era como un golpeteo. No. Era más que eso.
Como si cayeran piedritas en el techo. Como si... Como si fuera arena, arena cayendo del cielo. Me alarmé y miré por el retrovisor. Nada. Nada pasaba detrás de nosotros.
Y de pronto el golpe.
Un golpe seco.
Duro.
Que abolló el techo.
Yo y Charlie pegamos un grito eufórico. Que más por suerte, el auto comenzó a derrapar, no podía tener el control de éste. Hasta que, el coche comenzó a dar vueltas sobre sí. Ahora sí estaba en puro peligro.
Derrapó, giró, lloramos, y estaba a punto de entrar en crisis existencial por no hacer nada bien. Cuando ya creímos que todo había cesado, otro golpe se produjo y mi visión se nubló por completo. Charlie no decía nada, estaba inconsciente al igual que yo.
—Charlie... —murmuré en cuanto pude ver que estaba pasando. Pero me sentí mareada debido al golpe, hasta que recuperé el sentido común y me di cuenta que estaba al revés.
El coche se había volcado.
Hecho añicos.
Charlie no respondía.
—Dios mío, Charlie —dije por lo bajo, y unos pasos comenzaron a pisar los cristales rotos de los vidrios que habían reventado por el golpe—. Charlie, responde. Charlie...
Y los pasos se acercaban.
Uno por uno.
Cuando estuve a punto de gritar, me desvanecí en el asiento. Oía los pájaros, pájaros en pleno día, los vidrios siendo pisados. Crujidos. Silencio después de todo. Y una simple voz que no pude reconocer pero que pude escuchar lo que había dicho.
—¿Lea? ¿Eres tú?