Capítulo 3

1659 Words
Siempre había existido una brecha de amor-odio con Charlie.  Pero, como mi madre siempre me decía «ser amable en todos los sentidos te transforma en una excelente persona» debía hacerle caso y hacerle caso a las ocurrencias de Charlie. Aunque fuera mi hermano menor adoptivo, no significaba que todo estaba cien por ciento resuelto. Tenía su carisma.  Su familia había nacido Zimbabue, pero él ya pertenecía a un orfanatorio en Londres —donde mis padres pudieron conocerlo y traerlo hasta aquí—. Me apetecía la idea de tener un hermano, ya que mi madre, después de tenerme a mí, no podía tener más hijos. En la prepa, era un chico muy querido. Tenía muchos amigos, y no por el hecho de que su tez era casi totalmente oscura —que sin dudas eso sería racista—, sino por ser talentoso en varias actividades. Si bien, mis padres pensaban que iba a ser un genio en el básquetbol como Michael Jordan, pero era muy talentoso en béisbol como Babe Ruth. Aquella mañana, lo había encontrado hurtando en el cesto de basura de la cafetería. Sin dudarlo, recordé nuevamente que Charlie era molestado por los más grandes —el otro grado de mi clase y algunos chicos que compartían conmigo—. Mi madre siempre me recordaba de cuidar a Charlie como si fuese mi más preciado regalo de Navidad, algo que me desagradaba aceptar, y como si fuese un niño de oro que nadie puede tocar. Era común que Charlie fuera molestado por los amigotes mensos de Shawn, pero ese día, Charlie estaba completamente solo. Lloriqueando y con un ojo morado, muy morado, hurtando sus manos en la basura. Tratando de rescatar su sándwich de atún. El mismo que preparaba mamá con tanto amor. Me acerqué con cautela y le extendí mi bolsa. —Tómala, no la quiero. —Dije sin más, Charlie me miró confundido. —Es tu almuerzo, mamá se enojará mucho... —¿Quién te hizo eso? —le señalé su ojo morado e inmediato soltó el cesto de basura. Suspiró como si estuviese «ahora» todo bien. —No sé quién demonios es, no lo conozco. —Respondió—. Vino como si nada, tomó de mi bolsa y le dio un mordisco a mi sándwich de atún. Luego me dijo que era extraño por el hecho de gustarme el atún. Parecía muy malote. Era muy pálido. Traté de memorizar todos mis compañeros de clase, pero ninguno era como Charlie me describía. Excepto que mi mente resonaba todo el tiempo por Démon, ¿dónde estaría en este momento? Lo vi salir de la clase, como si fuese a comerse el tiempo entero, y después desapareció como todas las veces que desaparecía. —¡Es ese! —gritó de repente Charlie, señalándome un chico peculiar por detrás de mí—. ¡Ese maldito robó mi sándwich! ¡Ve por él, Lea! Cuando volví al mundo real, me di cuenta que al chico que señalaba Charlie realmente parecía un malote. Me di media vuelta y busqué las palabras perfectas para decirle algo con respecto a mí incrédulo hermano. Algo así como: «¡Eh! ¿Por qué robas sándwiches?». Pero ya sabía que aquello no iba a funcionar en absoluto. Caminé hasta dar toquecitos en su hombro, él se giró como si le hubieran tocado ahí. Justo ahí. Su zona prohibida. Tragué saliva. —Disculpa... —murmuré por lo bajo, y me negué rotundamente a mirarle a los ojos—. Le has robado el sándwich a mi hermano, ese de ahí —señalé a Charlie—. Quería saber, ¿por qué lo has hecho? Si él hubiera sido una chica, ya me hubiera golpeteado la nariz de un golpe. Pero solo me dedicó una sonrisita cuando lo miré con «valentía». Respiré hondo, saqué pecho y contuve la respiración antes de obtener su respuesta. —Oh. Disculpa, de verdad —murmuró con suma victimización—. Pero, tenía hambre. Si no te importa, seguiré molestando personitas raras. Gracias. Me ignoró por completo. —Creo que si vienes a esta escuela, no eres de los que sufre de hambre... —señalé su uniforme. En sí, la prepa nuestra era privada. No era una de esas prepas donde vas con la ropa o atuendo que desees. Usábamos uniformes de colores oscuros. Él se giró como si lo hubiera desafiado. Y... Sí, lo había desafiado. —Parece que hoy es el día de molestar a Roger —se dijo a si mismo. Entonces descubrí que su nombre era ese. Roger. Un papel importante en esta historia. Pero sin duda, conocerlo primero iba a ser horriblemente fatal—. Está bien, le compraré un sándwich mañana en el almuerzo, ¿estás feliz ahora? Parecía más difícil de lo que veía. Sonreí satisfecha. —Gracias... —respondí—, que amable. —Me gusta tu sarcasmo, no es como el de los demás —murmuró. Y era la primera vez que alguien había dicho que algo le gustaba de mí. Ahora sonreía con las mejillas enrojecidas. —Y gracias por eso, debo irme..., Roger. —Objeté, y comencé a caminar hasta darme vuelta por completo y llegar junto a Charlie. Este me miraba con mucha admiración. —Espera, tú... —insistió Roger, acercándose nuevamente—, ¿conocés a Démon? Estaba a punto de decir que no cuando Roger me entregó un papel rectangular, estaba cortado como si un bebé llorón lo hubiera cortado todo en pedazos sin forma alguna. —Tienes que darle esto de mi parte —y me colocó el papel en mis manos—. Él sabe quién soy. Pero no puedes leerlo. ¿Podrías hacer eso por mí? Gracias, te veo luego. No me había dado tiempo ni a responder. Con Charlie, nos quedamos mirando aquel papel al que no podíamos leer. Sintiendo la maldita intriga de saber que era lo que estaba escrito allí. Cuando llegamos a la casa, tiré la mochila contra el sofá de mamá. Perdón, mamá. Y me dispuse a tratar de no leer la nota que Roger me había dado para Démon. ¿Qué podría ser? Me carcoma la cabeza tratando de entender porqué había tenido la suma confianza de dármelo. Charlie me había insistido en «comer la manzana del Edén». Y por mi cabecita pequeña, me hacía referencias en buscar a Démon. No podía quitarme al jodido de Démon de la cabeza. Maldita manzana deliciosa. —Bien —dije, sentándome recta al frente suyo. Nuestros padres no estaban y eso significaba que cuidaría de Charlie toda la noche—. Lo abriremos, leeremos y aquí no sucedió nada. —¿Y si Démon se entera que lo leímos por mera curiosidad? —pregunta Charlie, y rodeó los ojos como si lo dijera de verdad. —Nunca lo sabrá, y debemos hacer un pacto ahora mismo. Confío en ti, ¿y tú? Charlie lo pensó, y asintió con la cabeza. —Yo también —comentó—. De igual forma tengo miedo. —Veremos que tal ese «mensaje importante». Y cuando mis dedos temblorosos comenzaron a abrir ese papel, Charlie me detuvo. —Lea, ¿me prometes una cosa? —preguntó, y asentí—. ¿Podrías no decirle a mamá sobre el almuerzo? No quiero que se preocupe por mí. —De acuerdo. E inmediato abrí el papel. Charlie se pegó mucho más a mí, como un imán. Fijamos nuestra vista en el papel, y no entendíamos de que demonios se trataba. Eran frases, en latín, con un signo en particular que jamás había visto. El papel, decía con claridad la palabra «Démon» todo el tiempo. Charlie me lo quitó de la mano y sacó su teléfono para sacarle una foto. —¡No! ¡Charlie! —exclamé, tratando de sacarle el papel de la mano—. ¡Prometiste no hacer nada! ¡No puedes sacarle una fotografía! —¿Cómo sabremos que es eso? —dijo señalando la rara cruz en el papel. —Podemos preguntarle a Roger o Démon... —murmuré e inmediato me reparé de lo que estaba diciendo—. No podemos, prometimos no mirar el papel. —No puedo morirme de la intriga, Lea, quiero saber que es eso. Yo también quería, pero por más que hubiera querido, lo hecho... Hecho estaba. Miré el papel y volví a doblarlo. Me preguntaba por dentro si Roger y Démon querían jugarme una perversa broma de hacerme sentir miedo. Porqué miedo tenía. Y más Charlie, que después de leer la nota, buscó por Google lo que podría significar. Me volví hacía él y vi que me mostraba una imagen similar al de la cruz del papel. —Aquí dice que es un símbolo de vampiros —y tecleó rápidamente en su celular—. Pero no dice mucho más, ¿será una invitación de Halloween? —No lo había pensado, ya estamos a octubre. —Y yo aquí haciéndome ilusiones con este papel roto, y... —dijo Charlie, pero su bocota fue cerrada por el sonido del timbre. Había ya anochecido, más temprano para ser otoño. Y había comenzado a llover, ¿en qué momento? Si todo el tiempo había estado demasiado hermoso y soleado. Y me di cuenta, que estaba el cielo nublado y demasiado gris. ¿Quién vendría en una lluvia como esa? Charlie corrió a su habitación luego de escuchar el timbre, ahora era él quién se hacía «pipí». Pero como mis padres siempre me decían «nunca abrir la puerta a desconocidos» ese día tuve que reparar aquella promesa y romperla como un cristal de hielo. Vi a Charlie espiándome desde el pasillo, viendo como actuaba por mi misma. Aún con el papel a mano, abrí la puerta y dejé que el aire frío atropellara mis sentidos. Más el corazón deteniendo sus latidos. El papel comenzó a arder en mi mano. Y los ojos de Démon puestos fijamente en el papel.
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