Capítulo 9 – Bajo el frío de la madrugada
La ciudad dormía envuelta en un silencio extraño, apenas interrumpido por el murmullo distante de los coches que cruzaban alguna avenida. La temperatura había caído en picado esa noche, y el viento gélido recorría las calles como cuchillas invisibles. Clara volvía a casa después de ayudar en la cafetería de su tío. Estaba cansada, con las manos frías dentro de los bolsillos, pero algo en su interior le impedía tomar el camino directo.
Sin saber por qué, sus pasos la llevaron hacia la plaza donde había visto por primera vez a Adrián. Una intuición, quizá. O tal vez la preocupación que se había instalado en su pecho desde que lo conoció.
Cuando dobló la esquina, lo vio. Estaba acurrucado en un banco, envuelto en una chaqueta demasiado fina para aquel frío, con la mochila bajo la cabeza a modo de almohada. Tenía los labios morados, y su respiración se veía en pequeñas nubes blancas. Clara se detuvo unos segundos, con el corazón encogido.
—Adrián… —susurró, acercándose despacio.
Él abrió los ojos con lentitud, como si hubiera estado dormido a medias, en esa vigilia forzada de quien nunca puede bajar la guardia. Al verla, se incorporó rápido, incómodo.
—Clara… ¿qué haces aquí a estas horas?
—La pregunta es qué haces tú aquí —replicó ella, con el ceño fruncido.
Adrián bajó la mirada.
—Lo de siempre. Ya sabes… —intentó restarle importancia, frotándose las manos para entrar en calor.
Clara se sentó a su lado sin pedir permiso. El frío de la piedra le atravesó los vaqueros, pero no le importó.
—No puedes seguir así. Vas a enfermar.
Él sonrió con tristeza.
—No tengo otra opción. Estoy acostumbrado.
Esa respuesta le dolió más que cualquier confesión. Lo miró en silencio, intentando contener la rabia y la ternura que se le mezclaban en el pecho. Finalmente, tomó aire y habló con decisión.
—Ven conmigo.
Adrián la miró, desconcertado.
—¿A dónde?
—A mi casa. —La frase salió firme, sin titubeos.
Él parpadeó, incrédulo.
—Clara, no… No puedo aceptar eso.
—¿Por qué no? —preguntó ella, cruzando los brazos.
—Porque no es justo. Yo… —Se interrumpió, buscando palabras—. Soy un problema. No quiero que lo seas también tú.
Clara lo miró directamente, sin apartar los ojos.
—Eres mi amigo, Adrián. No eres un problema. Y no pienso dejarte aquí congelándote mientras yo me voy a dormir a una cama caliente.
Él tragó saliva. Aquellas palabras lo desarmaban. Nunca nadie lo había defendido de esa manera. Nunca nadie había pensado en él antes de pensar en sí mismo.
—No quiero que te metas en líos —murmuró.
Ella sonrió con suavidad.
—Mi tío sabe que soy terca. Ya encontrará la manera de acostumbrarse.
El silencio se instaló entre ellos, roto solo por el viento. Adrián la miraba como si intentara convencerse de que hablaba en serio. Y Clara, con la mandíbula apretada, le transmitía una seguridad que él no recordaba haber sentido nunca.
Finalmente, Adrián suspiró.
—Está bien. Pero solo por esta noche.
—Por esta noche, y por todas las que hagan falta —corrigió ella, poniéndose de pie y tendiéndole la mano.
Él dudó un instante antes de tomarla. La calidez de sus dedos contrastaba con el frío de los suyos, y aquel simple gesto lo estremeció más que la brisa helada.
Caminaron juntos hasta la cafetería, donde Clara vivía en el piso de arriba con su tío. Mientras subían las escaleras, Adrián sentía que estaba cruzando un umbral invisible. Nunca antes había entrado en un hogar de verdad como invitado. Todo le parecía irreal: el olor a café que aún flotaba en el aire, el calor que escapaba por las rendijas, incluso el sonido familiar de una radio olvidada en la cocina.
Clara lo guió hasta su habitación. Era pequeña, con paredes cubiertas de dibujos y una estantería llena de libros.
—Puedes quedarte aquí —dijo ella—. Yo dormiré en el sofá, no te preocupes.
Adrián negó enseguida.
—No, Clara. Este es tu espacio. No quiero echarte.
Ella lo interrumpió con una sonrisa cansada pero firme.
—Adrián, deja de huir de todo. Solo quiero que descanses. ¿Tanto cuesta aceptar que alguien quiera ayudarte?
Él bajó la mirada, incapaz de responder. Se sentó en la cama con torpeza, como si temiera estropearla, mientras ella salía en busca de mantas. Por primera vez en mucho tiempo, el frío dejó de ser un enemigo. Y mientras se recostaba, escuchando los pasos de Clara por la casa, comprendió que aquella noche no era una casualidad: era un antes y un después.
Por primera vez, Adrián tenía un techo. Y alguien que quería compartirlo con él.
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