CAPITULO 12- PRIMERAS OPORTUNIDADES

659 Words
Capítulo 12 – Primeras oportunidades El ruido de la cafetera fue lo primero que escuchó Adrián aquella mañana. Estaba detrás de la barra, observando cómo Clara se movía con una soltura que él envidiaba. Había algo hipnótico en la forma en que saludaba a los clientes, en su voz cálida, en la manera en que hacía parecer sencillo lo que para él resultaba un mundo desconocido. El tío de Clara, Don Ernesto, lo miraba desde la caja con expresión reservada. No había dicho gran cosa cuando ella le explicó que el chico que se quedaría unos días era alguien “que necesitaba una mano”. Solo asintió y le dio una trapo para limpiar mesas. Eso fue todo. Ni una sonrisa, ni una mirada de aprobación. Pero para Adrián, aquel gesto valía más que cualquier discurso. Llevaba más de dos horas allí, moviéndose entre las mesas, tratando de no tropezar con los clientes ni parecer fuera de lugar. Cada vez que una taza tintineaba demasiado fuerte, se tensaba. Sentía que todos podían notar que no pertenecía a ese sitio. Pero entonces, cuando el miedo empezaba a apretar, la voz de Clara lo rescataba. —Tranquilo, vas bien —le susurró una vez, al pasar junto a él con una bandeja llena de cafés—. Nadie nace sabiendo. Esas palabras bastaron para que siguiera respirando. Al mediodía, cuando el flujo de clientes disminuyó, Clara se sentó frente a él con dos vasos de agua y una sonrisa cómplice. —No has roto nada todavía. Eso es un récord —bromeó. Adrián sonrió por primera vez en el día. —Tu tío me mira como si lo fuera a hacer en cualquier momento. —Es su cara habitual —dijo ella, riendo—. Le cuesta confiar, pero cuando lo hace… lo hace de verdad. Él la observó unos segundos, pensativo. —¿Y tú? ¿Te costó confiar en mí? Clara bajó la mirada, moviendo el agua con el dedo. —Sí… pero no porque no quisiera. Solo… porque he aprendido a tener cuidado. —¿Por algo que te pasó? Ella asintió, despacio. —Mi madre murió hace tres años. Todo cambió después de eso. Me quedé con mi tío, y él hizo lo que pudo, pero yo… —se detuvo un segundo, buscando las palabras—. Sentía que el mundo se había quedado sin sentido. Dejé de hablar con casi todos, incluso conmigo misma. Adrián la miró en silencio. Quiso decir algo, pero las palabras se le quedaron atascadas. En cambio, solo murmuró: —Lo siento. Clara sonrió con dulzura. —No hace falta que lo sientas. Ya no duele igual. Pero desde entonces aprendí que a veces uno necesita a alguien que se quede, sin preguntar, sin intentar arreglarte. Solo quedarse. La frase resonó en él como un eco. Quizás porque era justo lo que siempre había querido escuchar. El resto del día transcurrió en calma. Adrián siguió ayudando, aprendiendo poco a poco los gestos del oficio, observando cómo Clara se desenvolvía entre la gente con una naturalidad que lo deslumbraba. Cada sonrisa suya parecía iluminar el lugar. Cuando cerraron la cafetería, Don Ernesto se acercó, con su manera brusca pero sincera. —No lo has hecho mal, muchacho —dijo simplemente, limpiándose las manos en el delantal—. Si quieres venir mañana, puedes. Adrián asintió, intentando contener la emoción. —Gracias, señor. El hombre se limitó a encogerse de hombros. —No me des las gracias todavía. Espera a que limpies la máquina del café —gruñó, pero con un brillo casi imperceptible en los ojos. Cuando salieron a la calle, Clara se giró hacia él. —¿Ves? Te dije que todo podía cambiar. Adrián levantó la vista hacia el cielo, que empezaba a teñirse de naranja. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que su vida tenía dirección. Tal vez aún no sabía adónde iba, pero ya no caminaba solo.
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