Capítulo 2

1107 Words
El jefe de seguridad la observó con escepticismo. —No estoy tan seguro —dijo, golpeando la carpeta con el dedo índice—. Puedo ver que eres del tipo serio y que sabes defenderte, pero en este trabajo tendrás que mantener tus emociones bajo control... y las piernas cerradas. Asintió con la cabeza hacia las largas piernas de Lena, cruzadas con elegancia una sobre la otra. —Puedo hacerlo, señor. Estoy preparada para el desafío —respondió con voz firme. —La persona que protegerás ha pasado por varios guardaespaldas en los últimos meses —continuó él—. Solo te advierto esto porque estoy cansado de buscar reemplazos cada dos semanas. Se te asignará una habitación en la propiedad de los Moreau, junto con el resto del personal. Lena mantuvo su expresión neutra mientras el hombre describía los detalles del puesto. Si ese trabajo la acercaba a los Moreau, no podía esperar para empezar. —Necesitarás ropa adecuada para clubes, restaurantes, eventos… —añadió el jefe—. El m*****o de la familia al que protegerás disfruta mucho de la vida nocturna. —Entendido —respondió Lena. —Y otra cosa —dijo, haciendo una pausa significativa—. No te dejes engañar. Estás aquí para trabajar, no para ir de fiesta. —No soy de ese tipo, señor —replicó ella con serenidad. Él se inclinó sobre el escritorio, alzando un dedo como si diera una orden final. —Y hagas lo que hagas… no te enamores de él. —¿Enamorarme de él, señor? —preguntó Lena, desconcertada. Había supuesto que el puesto sería para proteger a alguna de las mujeres de la familia, no a un hombre. —Sí —afirmó el jefe de seguridad, soltando un suspiro resignado—. Tiene una nueva amante cada mes. Así es como terminamos perdiendo tantas guardaespaldas. Ellas creen que él siente algo real, cuando en realidad solo juega al gato y al ratón. Lena esbozó una sonrisa irónica ante la advertencia. Pensó que mantener la distancia emocional y no caer rendida ante un playboy sería la parte más fácil del trabajo. Aunque era una mujer atractiva —con piernas largas, ojos grandes y una belleza natural imposible de ignorar—, sabía mantener la cabeza fría. Llevaba años entrenando y perfeccionando sus habilidades, precisamente para evitar que alguien pudiera aprovecharse de ella. Por eso, el hecho de que una familia criminal tan poderosa requiriera su ayuda para proteger a su hijo mimado y fiestero no iba a distraerla de su verdadero propósito. —Todo lo que he dicho aquí es confidencial —advirtió el jefe de seguridad, ajustándose la corbata, aunque estaba perfectamente en su lugar—. Siempre creo que es mejor preparar bien a mi personal. Hizo una breve pausa antes de continuar: —En un minuto te llevaré a la oficina de Dante. Puedes empezar de inmediato. El nombre hizo que los ojos de Lena se movieran instintivamente por la habitación. Había esperado una promoción, sí, pero jamás imaginó que le asignarían proteger a uno de los hijos de los Moreau… y mucho menos a Dante, el único m*****o de esa familia que realmente le interesaba. El día anterior apenas era una chica de los recados, y ahora estaba a punto de ser empujada al centro del imperio criminal que había jurado destruir. Su plan de infiltrarse en la familia Moreau acababa de dar un giro más peligroso… y mortal. El hombre se levantó, abrochó el botón inferior de su chaqueta y la condujo hacia una puerta lateral disimulada entre las estanterías. Tiró de una perilla que parecía un libro, y la estantería se abrió revelando un pasillo. Lena lo siguió en silencio, intentando igualar su paso firme. Caminaron unos metros hasta detenerse frente a una puerta de madera con una placa dorada que decía: Dante Moreau. El corazón de Lena comenzó a latir con fuerza. Iba a mirar a los ojos al hombre que, según sus fuentes, había destruido su familia. Samuel llamó con los nudillos. —Soy Samuel, señor. Traigo a su nuevo guardaespaldas —anunció con voz firme. Del otro lado, una voz respondió con tono relajado: —Por supuesto. Un segundo. Pasaron unos instantes de silencio que se sintieron eternos, hasta que otra voz, más cercana, dijo finalmente: —Adelante. Samuel abrió la puerta hizo un leve gesto para que Lena pasara primero. Ella avanzó y se encontró con una oficina que nada tenía que ver con el orden sobrio del despacho de su jefe. Una pared completa de ventanas mostraba Los Ángeles extendiéndose hasta las montañas. En una esquina, una pequeña cancha de baloncesto con un aro; en la otra, una barra repleta de botellas brillantes de vodka, bourbon y ron. El arte abstracto vibrante decoraba las paredes, y un sofá de cuero n***o con cojines verde neón completaba la escena. Aquello se sentía más como el refugio de un playboy que como el espacio de un empresario. Detrás del gran escritorio, Dante Moreau estaba sentado con los pies apoyados sobre la mesa, concentrado en la pantalla de su computadora. Al escuchar la puerta, levantó la mirada. —Ella es Lena—dijo Samuel, asintiendo hacia ella. Dante ladeó la cabeza, curioso. En cuanto la vio de pie en la entrada, alta, serena y con el cabello recogido, bajó los pies del escritorio y sonrió con descaro. —¿Lena? —repitió con una ceja alzada—. Vaya, pensé que Samuel jamás volvería a contratar a una mujer. Y con un nombre como ese… —Es la abreviatura de Elena, señor —respondió ella, manteniendo la mirada al frente y la espalda recta. Su voz era firme, casi militar. Dante se puso de pie y comenzó a rodearla lentamente, evaluándola con la mirada. Lena no se movió. —Sí, bueno, señor —intervino Samuel, con una sonrisa controlada—, todavía creo que necesita una mujer en su equipo de seguridad. Solo espero que esta cumpla con sus expectativas. —Oh, la supera con creces —dijo Dante sin apartar los ojos de Lena. Se detuvo frente a ella, inclinando ligeramente la cabeza. —¿Puedo? —preguntó, señalando el moño perfectamente recogido sobre su cabeza. —Claro —respondió Lena con un leve asentimiento. Dante deshizo el moño con un movimiento suave. Su cabello oscuro cayó en cascada sobre su espalda y sus hombros. Él sonrió, satisfecho. —Eso está mucho mejor. Puedo trabajar con esto —dijo, sin disimular el tono provocador de su voz. Luego miró a Samuel—. Supongo que ya la pusiste al tanto de lo básico, ¿verdad?
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