Capítulo 3

1067 Words
—Sí, señor. Su guardaespaldas principal le enseñará los procedimientos —dijo Samuel, asintiendo con formalidad—. Ella es toda suya. Luego se dio la vuelta y salió de la oficina, dejando tras de sí un silencio cargado. —Sí… sí que lo es —murmuró Dante, todavía con esa sonrisa descaradamente confiada mientras la observaba. Lena mantuvo el rostro sereno, esforzándose por no reaccionar ante su mirada. —¿Hay algo que necesite de mí ahora mismo, señor? —preguntó con tono profesional. —Vamos a dejar la mierda del “señor”, ¿de acuerdo? Soy Dante—dijo él, extendiendo la mano. Lena la estrechó con firmeza. Pero antes de que pudiera retirarla, Dante le sujetó la muñeca con la otra mano. —Déjame ver… —murmuró, recorriendo con un dedo la línea de su palma—. Veo un futuro fuerte para ti. Lena retiró la mano con suavidad pero con decisión. —Dante —corrigió, forzando una sonrisa cortés—, estoy aquí para hacer mi trabajo. Me alegra poder ayudarte a mantenerte a salvo, pero leer mi fortuna no forma parte de mis funciones. —Jugar duro, ¿eh? Me gusta eso —replicó él con una media sonrisa, dándole la espalda mientras caminaba hacia la barra. Tomó una botella de licor ámbar y sirvió un poco en un vaso. —¿Quieres una bebida? —No, gracias —respondió Lena, sin moverse. —Siéntate —indicó, señalando el sofá frente a él—. Si vas a ser mi guardaespaldas, lo mínimo es que me conozcas un poco. Lena dudó un instante. Sabía que Dante era un encantador nato, y aunque su misión era mantener la distancia, no podía negar que su presencia imponía. Con sus jeans oscuros, la camiseta polo azul que marcaba sus hombros y el cabello castaño ligeramente despeinado, era el tipo de hombre que llamaba la atención sin proponérselo. Se acercó con calma y se sentó en el extremo opuesto del sofá, manteniendo las manos entrelazadas sobre las piernas, perfectamente recta. Dante tomó un sorbo de su bebida, observándola con interés. —Cuéntame sobre ti. Lena recurrió a su respuesta ensayada, la misma que había usado durante meses trabajando para los Moreau. —He sido una solitaria la mayor parte de mi vida, así que aprendí a valerme por mí misma. Es un honor trabajar para una familia tan exitosa como la suya, y… —Tonterías —la interrumpió, apoyándose en el respaldo con una sonrisa de incredulidad—. Eso no es una respuesta. No me interesa tu discurso corporativo, Lena. Quiero saber qué te gusta hacer… cuando nadie te está mirando. Lena vaciló. No recordaba la última vez que alguien le había hecho una pregunta así. Ella no era de las que se “soltaban el cabello” fácilmente, aunque —irónicamente— Dante ya lo había hecho por ella minutos antes, dejando su melena caer sobre los hombros. Y por algún motivo, esa simple acción aún la tenía tensa. —Me gusta leer —respondió al fin, buscando mantener la neutralidad—. Y hacer ejercicio. —Oh, ¿sí? —Dante arqueó una ceja con interés—. ¿Qué tipo de libros te gustan? Lena se encogió de hombros. —Thrillers, principalmente. —Me gustan los misterios de espías —dijo él, asintiendo con aprobación. Lena lo miró con escepticismo, y él levantó las manos en defensa, sonriendo. —¿Qué? Leo, te lo juro. No hay nada como un buen libro para escapar de las pesadas cargas de la vida. —Sí, claro… —respondió ella, paseando la mirada por la habitación—. Se nota que trabajas muy duro. —Oye —replicó Dante, fingiendo ofenderse—. Trabajo duro y juego duro. —Lo siento, no era mi intención… —se apresuró a decir Lena. Aunque el estilo despreocupado de Dante le resultaba irritante, no quería ofenderlo en su primera reunión. —Está bien —respondió él, encogiéndose de hombros—. A veces pienso que así es como todos me ven, incluso mis padres. Pero intento demostrarles que están equivocados. Tengo algunas propuestas de negocio en marcha. Por primera vez, Lena notó sinceridad en su voz. Su sonrisa arrogante se desvaneció, y por un instante, su rostro adoptó una expresión seria que casi logró conmoverla. Pero el momento se rompió tan rápido como llegó. Dante se inclinó hacia ella con una media sonrisa y dijo en tono juguetón: —Puedo decir que te gusta mantenerte en forma… con un cuerpo así. Belleza e inteligencia, una combinación peligrosa. Rió entre dientes, recuperando su actitud provocadora. Lena sintió un nudo en el estómago. Por un instante, Dante había dejado ver una grieta en su fachada de playboy, un destello de humanidad… y luego la había escondido otra vez, como si temiera mostrar debilidad. Ella entendía ese impulso demasiado bien. También llevaba una máscara ante el mundo: la de una mujer fría, calculadora, autosuficiente. Pero detrás de esa fachada se ocultaba un dolor profundo. El jefe de seguridad, Samuel, le había dicho que la asignarían para proteger a Dante Moreau. Lo que él no sabía era que Lena llevaba más de diez años preparándose para enfrentarse a ese nombre. Solo una persona conocía su secreto. Su padre —un ex mafioso—, su madre y su hermano mayor habían sido asesinados a tiros, y la única pista apuntaba a Dante Moreau. Verlo ahora, tan tranquilo, bebiendo whisky y bromeando sobre fiestas, mientras ella creía que era el responsable del asesinato de su familia, la llenó de una ira tan intensa que sus dedos se crisparon. Por un momento se imaginó arrebatarle el vaso, hacerlo añicos contra el suelo y usar uno de los fragmentos para clavárselo en el pecho. Pero en lugar de eso, cruzó las piernas con elegancia y fingió una sonrisa cortés. —Fue un placer conocerte —mintió con una calma impecable—. Me alegra que vayamos a trabajar tan de cerca. Las palabras salieron suaves, sin un rastro del odio que hervía dentro de ella. Dante no pareció notar nada; seguía sonriendo, encantado de sí mismo. Era guapo, encantador y, a ojos del mundo, inofensivo. Pero Lena sabía la verdad. Bajo ese rostro atractivo se escondía un asesino. Y ella no descansaría hasta asegurarse de que pagara por lo que había hecho.
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