Cuando Samuel le advirtió que no se enamorara de Dante, Lena pensó que esa sería la parte más fácil. Lo difícil sería no matarlo a sangre fría.
La mansión de los Moreau se alzaba sobre las colinas de Los Ángeles, con una vista privilegiada del letrero de Hollywood. Una enorme finca rodeada de jardines perfectamente cuidados, una fachada imponente y un aire de poder que podía sentirse incluso en el silencio.
Un ama de llaves condujo a Lena hasta su habitación: un espacio sencillo pero ordenado, con una cama individual en la esquina y una ventana que dejaba entrar la tenue luz del anochecer. Dejó caer su bolsa de lona sobre el colchón y se dispuso a quitarse las botas de tacón cuando un golpe firme resonó en la puerta.
—¿Quién es? —preguntó con cansancio.
—Jared —respondió una voz grave del otro lado—. Soy el jefe de los guardaespaldas. Es hora de tu informe.
Lena soltó un suspiro. Estaba acostumbrada a trabajar a cualquier hora, pero después de un día tan largo y caótico, lo único que quería era tumbarse y cerrar los ojos un minuto.
Descubrir que estaría protegiendo a Dante Moreau era un giro inesperado. Había pasado años preparándose para enfrentarlo, y ahora tendría que mantenerlo con vida. No podía matarlo directamente; debía hacerlo parecer un accidente, un golpe externo. Si los Moreau sospechaban de ella, sabía que la cacería sería despiadada.
Con la mente aún dividida entre la venganza y la estrategia, abrió la puerta. Frente a ella se encontraba un hombre corpulento y calvo, con hombros tan anchos que llenaban el marco de la puerta.
—Sígueme —ordenó con voz grave.
Lena caminó detrás de Jared por un pasillo estrecho que los llevó hasta unas escaleras traseras. Bajaron a una habitación repleta de monitores y equipos con luces parpadeantes: el centro de seguridad de la propiedad.
—Aquí se registran todos los movimientos —explicó Jared, señalando las pantallas—. Debes asegurarte de que Dante esté vigilado en todo momento. Nada se deja al azar.
Le entregó un cuaderno con fechas y registros del último mes. Lena lo hojeó y vio una lista de lugares: bares, clubes nocturnos, restaurantes de lujo y direcciones del centro de Los Ángeles. Un nombre en particular llamó su atención: un local de West Hollywood al que Dante acudía todos los jueves sin falta.
Hizo una nota mental. Ese detalle podía ser útil.
Aunque técnicamente estaba "espiando" a Dante, Lena sintió una satisfacción silenciosa. Cada dato, cada movimiento que aprendiera sobre él la acercaría un paso más a su venganza.
Jared la condujo después al ala principal de la casa. Las paredes estaban decoradas con tonos azul grisáceo, esculturas modernas y obras de arte que mostraban un gusto refinado y costoso. Todo en aquel lugar respiraba riqueza, poder... y secretos.
—Estas habitaciones del ala este pertenecen a Dante —indicó Jared —. Hay un guardaespaldas masculino asignado a vigilarlo dentro de la casa, así que no tendrás que preocuparte por eso de momento. Pero quiero que te familiarices con los protocolos.
Lena asintió con seriedad, sin mostrar emoción alguna.
Luego caminaron hasta el garaje, una estructura tan grande como una nave industrial, con doce vehículos perfectamente alineados. SUV, deportivos, y hasta un todoterreno modificado. Jared señaló un auto deportivo amarillo brillante.
—Ese es el favorito de Dante. Lo maneja casi todos los días. Memoriza la matrícula.
Lena lo hizo de inmediato. Era difícil olvidar un coche tan llamativo.
—Durante los próximos días, tu tarea es observar y aprender —dijo Jared, cruzando los brazos—. No intervengas a menos que sea necesario.
—Entendido —respondió ella con firmeza.
A la mañana siguiente, Lena se despertó antes del amanecer. Se puso los zapatos de correr y salió a recorrer la propiedad. A esa hora, las sombras aún cubrían parte de la finca, y solo el canto lejano de los pájaros rompía el silencio.
El aire fresco le despejó la mente. Mientras corría, evaluaba el terreno: las rutas de acceso, las cámaras visibles, los puntos ciegos. Además de la casa principal y el garaje, notó otros dos edificios antiguos al fondo, probablemente viejas cocheras. Los marcó mentalmente como posibles lugares de interés.
Cada paso, cada detalle, la acercaba más a su objetivo.
Dante Moreau no tenía idea de que su nueva guardaespaldas no estaba allí para protegerlo... sino para matarlo.
Mientras corría de vuelta hacia la casa para regresar a su habitación, vio a un jardinero podando unos arbustos y lo saludó con la mano. Detrás de ella oyó el batir de engranajes de la puerta del garaje y volvió la cabeza: Dante caminaba hacia el garaje con un café en la mano.
Ella le saludó.
—Te levantas temprano. Es bueno verte en pie y en acción, Lena —dijo Dante, sonriendo en su dirección.
Le resultó extraño que él fuera el primero en irse a la oficina, sobre todo sabiendo que la noche anterior había estado en uno de sus clubes favoritos. No entendía cómo podía levantarse tan temprano.
—Es el mejor momento para correr; estoy fresca —respondió ella, mirando la extensa finca—. Bonito lugar tienes aquí.
—Sí —dijo él, dejando escapar una sonrisa—. El pequeño trozo de cielo de mis padres. No logro dejarlo. Bueno, me alegra verte antes de ir al trabajo —añadió, desviando la vista hacia las piernas de Lena, descubiertas bajo sus pantalones cortos de correr.
Lena se sonrojó levemente y esperó que el jardinero no hubiera oído la conversación. Lo último que necesitaba era que algún m*****o del personal la malinterpretara. Aunque había intentado mantener el intercambio en un tono profesional, sabía que otros podían verlo de otra manera.
Después de ducharse y vestirse, se dirigió al centro de seguridad. Recorrió las pantallas, pero no encontró ninguna que mostrara el interior de los dos edificios que había visto durante la carrera. Que no estuvieran vigilados era, en cierto modo, una buena noticia: eran posibles ubicaciones que podría aprovechar en sus planes.
Aunque a Dante le gustaba conducir solo, el equipo de seguridad lo rastreaba por GPS. Jared estaba sentado con el rostro pétreo y una taza de café en la mano. Explicó que la misión de los guardaespaldas era vigilar cada movimiento de Dante, incluso cuando no lo seguían físicamente.
Lena apuntó ese detalle en su libreta: los fallos y los vacíos en la seguridad eran oportunidades. Jared añadió que había un equipo en la sede principal que cubría la seguridad corporativa.
—A veces te mandarán a la oficina donde solo tendrás que vigilar a Dante. Nadie más. Si entra el presidente, da igual: tu prioridad es Dante —dijo.
—Comprendido —respondió ella.
—Cuando vuelva del trabajo, estarás activa. Vayas donde vaya, tú vas con él. Pero los Moreau valoran la discreción: no quieren un grupo de "matones" por todas partes —dijo Jared, formando comillas con los dedos al pronunciar la palabra.
Lena asintió, conteniendo una sonrisa. Durante el resto del día estudió el registro de movimientos de Dante, buscó direcciones en las computadoras del centro y trazo rutas en mapas, cotejando imágenes de vigilancia disponibles en línea.
Le sorprendió descubrir que la cita fija de los jueves de Dante era un refugio de animales. Pensó que sería una sesión de spa o terapia; no imaginó que el heredero frecuentara un lugar ruidoso y maloliente. El detalle le despertó curiosidad y lo anotó para comentarlo con él más adelante.
Todo lo que iba aprendiendo sobre Dante empezó a resquebrajar la imagen que tenía del "asesino" que había jurado matar. Una fuente confiable le había inculcado que él había orquestado el ataque contra su familia cuando era adolescente, para hacerse un nombre. Durante años, Lena había entrenado y soñado con la satisfacción de verlo pagar.
Creyó que conocerlo la haría hervir de rabia, que sentiría repulsión inmediata. En cambio, lo encontró guapo y relajado: no encantador en el sentido clásico, pero tampoco el frío y calculador que había imaginado durante todos esos años.