Hizo clic en un enlace al refugio de animales. El sitio web mostraba una serie de fotografías de perros y gatos junto a voluntarios sonrientes. En una de ellas, Dante aparecía abrazando a un perro blanco y peludo, su rostro iluminado por una sonrisa genuina. Lena frunció el ceño con disgusto; aquella imagen chocaba con todo lo que creía saber de él.
Pasó a otra página, pero no podía sacarse la imagen de la cabeza. Por más que intentaba convencerse, le costaba creer que un asesino pudiera posar así, riendo entre animales rescatados.
Tras un día de investigación, Lena se retiró a su habitación para descansar antes de que Dante regresara a la mansión. Aún necesitaba más información antes de planificar su venganza con precisión: un método infalible que la dejara fuera de sospecha y devolviera el honor a su apellido.
Jared le había advertido que debía mantener el teléfono cerca y responder a cualquier hora. Lo dejó sobre la pequeña cómoda, se quitó los zapatos y suspiró. Desde que se unió al equipo de seguridad de los Moreau, apenas había tenido tiempo de empacar lo básico: algo de ropa, artículos de aseo y sus objetos más valiosos, guardados en la bolsa de lona o escondidos en un lugar seguro.
Si todo salía según lo planeado, seguiría trabajando para la familia durante un tiempo después del asesinato, y luego desaparecería discretamente. Necesitaba un plan que pareciera un ataque externo, sin dejar huellas que la vincularan.
Guardó el registro de seguimiento de Dante en el cajón y se sentó en la cama con un libro de bolsillo: un thriller lleno de giros y conspiraciones. Estaba absorta en la lectura, justo en un punto de máxima tensión, cuando el teléfono vibró contra la madera de la cómoda.
—Diablo está en casa —dijo la voz ronca de Jared al otro lado—. Prepárate, van a un club.
—Entendido —respondió Lena antes de colgar.
Rebuscó en su bolsa. Su “mejor atuendo de discoteca” resultó ser un par de jeans negros, una camiseta sin mangas y unas botas de tacón alto. Se peinó una coleta alta y salió, los tacones resonando en el suelo de mármol mientras se dirigía al ala de Dante.
Jared la esperaba en el pasillo, firme, con las manos cruzadas frente a él. Ni siquiera parpadeó cuando Dante apareció unos segundos después, enfundado en unos jeans de diseñador y una camisa desabotonada más de la cuenta, al menos según el criterio de Lena.
—Uh—uh —dijo Dante, negando con la cabeza mientras la recorría con la mirada—. ¿Vas a ir así? Pareces lista para leer un libro, no para salir. Necesitas algo más… sexy.
Lena entrecerró los ojos.
—No tengo nada más sexy. Esto es todo. —Abrió los brazos con resignación.
—Déjame buscarte algo —respondió él, desapareciendo tras la puerta.
Ella intercambió una mirada con Jared, que permanecía inmóvil como una estatua. Un minuto después, Dante regresó y le lanzó un vestido corto de lentejuelas plateadas.
—Aquí. Pruébatelo. Te quedará perfecto. —Le mostró también un par de tacones negros de tiras finas—. Combinarán con tus piernas.
Lena sostuvo el vestido frente a su cuerpo: apenas le llegaría al muslo.
—No puedo ponerme esto —dijo, mirando la prenda con repulsión.
—Claro que puedes. Es de diseñador. Y, créeme, resaltará tus piernas —replicó Dante con una sonrisa descarada.
—¿Y cómo se supone que voy a protegerte vestida así? —protestó Lena, señalando el diminuto vestido y los tacones—. Me contrataron para trabajar, no para desfilar.
Se volvió hacia Jared, esperando que la apoyara, pero el hombre seguía impasible, como si ni siquiera hubiera escuchado.
—Tienes que encajar —intervino Dante con tono firme—. Tu ropa de “chica dura” no sirve en mi círculo. Creo que Jared ya te lo dijo: tienes que mezclarte, parecer parte del ambiente.
Lena lo miró con fastidio, luego a Jared, que seguía callado.
—Está bien —cedió finalmente, tomando los tacones—. Pero conste que no me hago responsable si tengo que correr detrás de alguien.
Se metió en un baño junto a la sala de vigilancia para cambiarse. Mientras ajustaba el vestido a su cuerpo, escuchó voces masculinas en la habitación contigua. Se detuvo y pegó la oreja a la pared.
—Le doy tres semanas —dijo una voz profunda.
—Nah, dos meses como mucho. No es tan sexy —añadió otra, entre risas.
Lena apretó la mandíbula, conteniendo el impulso de salir y romperles la cara a ambos. Inspiró hondo, alzó la barbilla y se miró en el espejo. El vestido brillaba bajo la luz, ceñido a su figura.
Si iban a subestimarla, pensó, que al menos fuera lo último que hicieran.
—Ningún hombre. Ella está bien con esas piernas largas. Apuesto a que solo dura una semana —dijo otra voz masculina.
Lena no podía creer que los miembros del equipo de seguridad apostaran sobre cuánto tiempo permanecería en el puesto. Quiso irrumpir y demostrarles de lo que era capaz, hacer kárate y arrancarles la mandíbula a cada uno contra la pared. Pero al mirarse en el espejo, con el diminuto vestido que apenas le cubría el trasero, supo que no sería la mejor idea.
Los hombres solían no tomarla en serio por su apariencia. Una vez, en un bar, un tipo le metió la mano. Ella le agarró la muñeca con una mano y, con la otra, le retorció el dedo medio hasta oír un crujido. No hacía falta explicar que no toleraba que la tocaran.
Siguió escuchando pegada a la pared. —Sí, la última duró solo dos semanas antes de que Dante la tuviera en la cama —dijo el primer tipo—. Y como la anterior, fue reasignada en un santiamén.
—Y la anterior —añadió el otro—. Ella dijo que se iba a tomar una licencia; yo sé que pensó que Dante se iría con ella... y luego la “enlataron”.
Por lo que Samuel, el jefe de seguridad, le había contado, las guardaespaldas anteriores no siempre habían actuado con profesionalidad. Pero por la forma en que aquellos hombres lo contaban, parecía como si Dante tuviera un hechizo que ninguna mujer sabía resistir.
Lena juró que no sería una más. Había escuchado suficiente. Se apartó de la pared, alisó el vestido, retocó el lápiz labial y se apretó la coleta. Si tenía que verse sexy para hacer su trabajo, así sería; si la subestimaban, que fuera la última vez. Era una zorra decidida y fuerte con una venganza. Tenía que demostrar su valía para que los Moreau no sospecharan de ella ni la culparan si algún día su protegido aparecía muerto.
Se abrió paso por el pasillo tambaleando con los tacones que Dante le había dado; intentaba aparentar el papel de gatita seductora que él quería, pero se sentía torpe y fuera de lugar. Al llegar al punto donde Jared hacía guardia, se plantó frente a él y levantó los brazos, buscando provocarle alguna reacción. Jared se mantuvo impasible, erguido como siempre.
—Así, mucho mejor —comentó Dante al salir de su suite, admirando la escena—. Muy bien.
—No me siento cómoda con esto —se quejó Lena —. Apenas puedo caminar con estos tacones.
—Te acostumbrarás —contestó Dante —. Solo hace falta práctica. Es como caminar sobre zancos.
—No soy una equilibrista —bufó ella.
—Ah, pero si salto a la jaula de los leones, será tu trabajo sacarme de allí —bromeó él, sonriendo.
—No saltes a la jaula de los leones —replicó Lena, irritada.
—Confía en mí. Serás una de las chicas más atractivas que haya —dijo él, complacido.
Lena puso los ojos en blanco. No le importaba cómo la viera. Estaba allí por trabajo, por algo para lo que había entrenado durante años. No importaban las apuestas ni quién la considerara bonita. Lo que importaba era acercarse a Dante, vigilar sus movimientos y tramar su asesinato. Si eso implicaba ponerse un diminuto vestido de lentejuelas y tacones, así sería.
Dante se acercó y le apartó un mechón de la cara con el pulgar.
—Va a estar bien —murmuró, mirándola con honestidad por un instante. La tomó de la mano y la guió por el pasillo.
El contacto la sorprendió: la palma de Dante estaba cálida y, por un segundo, la tensión en sus tobillos desapareció; caminó con más seguridad a su lado.
Juntos caminaron hacia el garaje, tomados de la mano. Lena se prometió a sí misma no dejar que sus palabras de coqueteo la desviaran del objetivo. Tenía que concentrarse en una cosa: matar a Dante Moreau.
Si alguna vez se lanzaba a la jaula de los leones, no lo salvaría. De hecho… pensó que le daría un buen empujón.