Aurora abrió los ojos realmente impactada. Sus manos fueron directamente hasta el brazo de Luciano.
—Estás sangrando —dijo tartamudeando—. Estás sangrando.
Él bajó su mirada y chasqueó con la lengua.
—Solo es un rasguño, nada más —respondió con frialdad.
Gino lo observó por el retrovisor, sin perder la vista del camino mientras aceleraba evitando que pudieran alcanzarlos.
—No te preocupes, es solo un rasguño.
—¿Cómo puede ser un simple rasguño? —refutó—. Toca detener el sangrado. ¡Te puedes morir!
Él subió una de sus cejas, el rostro cargado de preocupación de Aurora era mucho mayor al de cualquiera de los hombres que solía acompañarlo.
—Es solo un rasguño —repitió con tranquilidad.
—No entiendes… ese hombre no puede acabar con alguien más de las personas que están a mi lado —dijo con temblor en su voz—. No sé si pueda soportar ver morir a alguien más a manos de ese hombre.
Luciano sintió como su cuerpo perdió todo su peso. Era la primera vez que alguien se preocupaba de esa manera por él
Sin pensarlo mucho la tomó de su barbilla haciendo que lo mirara.
—No me va a pasar nada, y no tienes porque preocuparte… no pienso dejarme matar tan fácil.
Ella lo miró fijamente notando la sinceridad en su mirada.
—Es ilógico que intentes asegurar eso cuando estás herido… por su culpa.
—¿Le tienes miedo a que sigas tú o tu hermana? —ella asintió—. Entiende algo Aurora, yo te voy a proteger.
Ella desvió su mirada, muchas emociones a la vez estaban haciendo que su cuerpo temblara.
—Es obvio, por el trato que tenemos.
—No, no solo es el trato. Pero no importa. Gino, quiero que investigues quién permitió la entrada de Dante, y el que lo hizo, quiero que lo lleves a las bodegas. También quiero saber cuántos de los nuestros están muertos ¿Está claro?
—Sí señor.
Él miró de reojo a Aurora quién le estaba haciendo un torniquete improvisado con una parte de su vestido.
Ese simple gesto causó una sonrisa en él. Una sonrisa que no esperaba.
Aurora estaba inquieta, la sangre, las armas, absolutamente todo lo de este mundo le daba terror.
Y Dante… él era el mismísimo diablo.
Llegaron hasta la mansión, ella fue directo hasta donde su hermana, necesitaba ver que ella estuviera bien y para su sorpresa, ella estaba demasiado bien.
Entre tanto, Luciano se hizo en su despacho, se quitó su camisa y comenzó a limpiar la herida.
—Afortunadamente está bien, señor —Gino habló rompiendo el silencio que había entre los dos.
—Hierba mala nunca muere. —Los dos rieron—. Dante no va a descansar hasta acabar conmigo, y yo no voy a descansar hasta evitar que eso suceda.
—Señor, si me lo permite… la guerra con él está aumentando principalmente por la señorita Aurora.
Luciano subió la mirada, y esbozó una sonrisa.
—Y sé que soy impertinente pero me atrevo a serlo, lo conozco desde que era pequeño, le serví a su padre. ¿No cree que está arriesgando mucho por culpa de una mujer?
—No.
—Señor, es obvio que esto no va a terminar bien, ella era de él.
—No Gino, estás completamente equivocado. Ella solo fue una mala pieza en ese juego. Y no estoy arriesgando nada, sabes perfectamente que él y yo no somos amigos.
—Señor usted puede tener a cualquier mujer, yo puedo ayudarle a conseguir la que quiera. No arriesgue su vida por una desconocida, por una mujer que le va a causar solo problemas.
—Yo no quiero a ninguna otra mujer, la quiero a ella. Y quiero que se cierre esta conversación, es mi decisión, es mi última palabra —Luciano respondió con soberbia.
—En este mundo enamorarse es el peor error —Gino lanzó al aire mientras buscaba los instrumentos.
Luciano tensó su cuerpo, enamorarse no estaba entre sus planes. Pero con Aurora era diferente todo… desde que la vio no podía sacarla de su cabeza y con cada cosa que ella hacía, lograba meterse más allí.
No había forma de explicarlo. Simplemente no lo había pasado con ninguna de las mujeres que solía frecuentar, mujeres que pasaban por su cama, que solo lo buscaban por dinero.
—No estoy enamorado. Solo quiero tenerla en mi cama —respondió intentando justificar, más para él que para el hombre que estaba allí a su lado.
—Por eso mismo, señor no deje que una calentura logre que pierda la cabeza… si se enamora, ella puede ser un gran problema.
—Lo sé, tienes porqué explicarme eso. Agradezco tu consejo, pero no lo necesito. Haz tu trabajo, haz lo que te pedí.
Gino asintió, mordiendo su lengua intentando no decir otra palabra.
La puerta se abrió, Aurora se había cambiado de ropa y traía algunas cosas entre sus manos.
—Mi padre inexplicablemente llegaba herido la mayoría de noches que salía, aprendí a realizar algunas curaciones. Puedo ayudarte.
Gino carraspeó con su garganta y luego de hacer una venia a su jefe, se retiró de allí.
Ella se acercó y puso sus manos alrededor de la herida, ignorando por completo el cuerpo musculoso de él, sus tatuajes o las tantas cicatrices que tenía.
—No quiero tener miedo —confesó mientras limpiaba con cautela—. Quiero poder enfrentarme a él. Sé que no será fácil, pero necesito hacerlo para poder vivir tranquila.
»No confío en nadie más, solo confío en ti, a pesar de todo, solo confío en ti. Eres la única persona que me ha protegido, que ha protegido a mi hermana. Quiero que me enseñes todo lo que debo hacer para poder acabar con él.
—¿Acabar con él? —Luciano cuestionó haciendo que ella lo mirara.
—Sí, quiero hacer lo mismo que él hizo con mi abuela.