Las palabras de Gino comenzaron a hacer eco en la cabeza de Luciano una y otra vez, como si fuera una maldita broma.
Enamorarse sería lo peor que pudiera hacer, exponer de nuevo a alguien que amaba a morir de forma trágica, de manera tortuosa. No podría soportarlo de nuevo, quizás está vez enloquecería de verdad.
Ella mantenía una postura serena, una dulzura que lo inquietaba.
Y es que por más que quisiera ser fuerte y mantener esos pensamientos vagos fuera de él.
—Así que quieres matarlo —dijo con una voz ronca—. No te veo como una asesina. He tenido a muchos asesinos frente a mí y definitivamente tu no pareces ser una de ellas.
—Las personas podemos cambiar dependiendo las circunstancias. Mi vida no ha sido nada fácil y ya es momento de que haga algo para que cambie. Puede que no tenga cara de una, pero estoy convencida que puedo convertirme en la mejor.
Luciano sonreía de medio lado con cada palabra que salía de su boca. Era música para sus oídos.
—Solo quiero que me digas si puedes enseñarme o no —espetó con fuerza.
—¿Qué pasa si digo que no? —habló acercando su rostro a ella, ignorando el dolor que podría sentir a medida que ella ponía aquel líquido irritante en ella—. Dime Aurora… si digo que no ¿Qué harás?
—Buscaré a alguien que me ayude. Buscaré hasta poder aprender y poder matarlo —dijo con su voz temblorosa—. Si mi hermana no estuviera en esta casa, él hace mucho tiempo se la hubiera llevado para tenernos bajo control.
»Y aunque lo mire desde otra perspectiva, sé que estamos aquí prácticamente obligadas, pero… Mi hermana está bien, ella está felíz. Y para mi eso es suficiente.
—No creo que quieras tener tus manos manchadas de sangre, independientemente de la basura que quieras acabar. Hay gente que fue hecha para este mundo y otras que no.
Ella cubrió la herida y lo miró fijamente.
—Ya te dije, si no me ayudas, yo buscaré ayuda en alguien más. No tengo ningún problema con eso —ella respondió con obviedad.
—¿Qué ganaría yo ayudándote?
—Estamos del mismo lado, es obvio que los dos vamos a ganar.
—Se mía —dijo con un tono ronco de voz—. Y te ayudaré en todo, te enseñaré cada maldito movimiento para que él no te pueda vencer.
Ella no retrocedió, por el contrario, se mantuvo allí con su mirada fija en él, sintiéndose completamente intimidada.
—Lo haré… pero no hoy. Necesito tiempo.
Luciano curvó sus labios con una sonrisa. Y estiró su mano, ella lo imitó, los dos estrecharon sus manos cerrando un trato.
Un trato incluso más peligroso que ellos mismos.
Un trato más peligroso que el anterior.
Ella salió de allí con el corazón en su mano. Había firmado una sentencia.
Aurora entró al baño y se recostó en la puerta con su corazón completamente agitado.
Siempre era ella y sus malas decisiones… siempre.
—Solo será una vez —dijo para sí misma—. Solo será una vez, después de eso no pasará más.
Se repetía una y otra vez las mismas palabras, intentando convencerse de que todo sería así.
Esa determinación que la estaba acompañando en ese momento, llegaba justo después de tanto pensar, sí Luciano moría, tanto ella como su hermana estarían desprotegidas.
Aunque no lo quisiera admitir, necesitaba a Luciano, al menos mientras que Dante estuviera vivo.
Luego de darse una ducha, salió de la habitación con un pijama que le cubría todo su cuerpo.
En estos momentos lo último que quería era que él se llevara una idea errónea sobre su trato.
Necesitaba su tiempo, poder procesar.
Al salir del baño lo vio llegando hasta la cama, tenía una toalla cubriendo la mitad de su cuerpo.
Las gotas de agua caían por su abdomen marcado, por cada línea.
Sus ojos vieron de más, siendo casi imposible que pudiera retirarlos de la marca que estaba a unos cuantos centímetros de la toalla.
—¿Te gusta lo que ves? —dijo con arrogancia.
Ella quitó la mirada de ahí. Sus mejillas estaban sonrojadas.
¿Cómo podía sacar de su cabeza ahora la idea de que él iba a estar con ella de esa forma?
—¿Qué estás haci…?
—Te dije que a partir de hoy dormiríamos juntos —la interrumpió—. Acostúmbrate y ya.
Ella pasó de largo y se acomodó en su lugar, le dio la espalda. Sintió como la cama se movió cuando él se acostó.
—No olvides que tenemos un trato.
—No lo olvide, pero mientras que llega ese momento, prefiero tenerte lejos —dijo con una sonrisa atrevida para él.
Todo esto era divertido para él, se daba cuenta de la manera en la que ella se ponía cuando él estaba cerca.
Le gustaba este juego en donde él continúa siendo el cazador y ella solo una pequeña presa.
La cercanía de sus cuerpos, el más pequeño roce que tenían, hacía que la temperatura inevitablemente se elevara.
Luciano necesitaba que pasara lo más pronto posible, solo necesitaba que pasara para que esa pequeña necesidad que sentía de poder tenerla entre sus brazos se esfumara.
No podía tenerla ahí, no podía tenerla cerca como su principal debilidad porque de lo contrario, no sería tan fácil.
Mientras tanto, Dante lanzaba todo a su paso. Su mente hervía de rabia al no haberle pegado un tiro en un lugar más adecuado para que se muriera.
Lo odiaba, odiaba cada cosa que hacía, que todo le saliera bien.
Odiaba absolutamente todo lo que tuviera que ver con Luciano Costello.
Entró hasta su pequeña oficina, y miró las fotos que estaban frente a él. Eran fotos de ella, eran fotos suyas. Entendía perfectamente a Luciano, a él le había pasado lo mismo.
Ella se había convertido en una obsesión insana.
Y ahora que estaba en otros brazos, que estaba en sus brazos… se estaba volviendo más apetecible, más deseable.
—Señor, logramos interceptar el paradero de uno de los cargamentos de Luciano —dijo, mostrando un documento en su mano.
Dante sonrió, Luciano podría ser el más poderoso, pero eso no era por mucho tiempo.