Capítulo 1: El Peso de la Corona de Plata
El amanecer en las Tierras del Norte ya no era gris. Desde que el eclipse de la Luna de Sangre fue roto, el cielo conservaba un matiz irisado, una estela de plata que recordaba a todos los lobos de la Manada Rosa Negra que su Reina estaba despierta. Pero para mí, esa luz era una presión constante en las sienes.
Me desperté antes de que el sol golpeara los ventanales de la habitación real. A mi lado, Michael dormía una siesta inquieta. Su pecho, antes una extensión de calma, subía y bajaba con una frecuencia errática. Alargué la mano para tocar su hombro, pero antes de alcanzarlo, una sacudida eléctrica recorrió mi piel.
Michael soltó un gruñido ahogado en sueños y su cuerpo se tensó. Por un segundo, sus venas brillaron con un color naranja incandescente, como brasas bajo la piel, antes de apagarse.
-Demasiado calor -susurró una voz en mi mente.
No era mi voz. No era Michael.
Me levanté de la cama, envolviéndome en una túnica de seda, y caminé hacia la puerta que conectaba nuestra alcoba con la torre de vigilancia. No necesitaba salir para saber quién me hablaba. El vínculo de "Gemelas de Sangre" era una radio que nunca se apagaba.
-¿Qué quieres, Kathy? -pregunté en voz alta, mirando hacia la bruma del bosque.
En el linde de los árboles, una figura delgada y vestida de gris oscuro estaba de pie. Kathy ya no llevaba sedas ni oro. Su figura parecía fundirse con las sombras, no por magia, sino por la ausencia de ella.
-Él se está quemando, Elaine -la voz de mi hermana resonó en mi cráneo, cargada de una melancolía que me erizó el vello-. El fuego que los Alfas robaron al principio de los tiempos está reclamando su envase. Michael es fuerte, pero nadie puede contener un sol moribundo para siempre.
Bajé a los niveles inferiores de la fortaleza, donde Alistair supervisaba el entrenamiento de los nuevos reclutas. El antiguo "Alfa Caído" se movía con la rigidez de un hombre que cargaba un mundo de secretos. Al verme, detuvo su espada y me hizo una reverencia que me pareció demasiado profunda, casi sospechosa.
-Reina Elaine -dijo, secándose el sudor de la frente-. Michael todavía no ha bajado. Los emisarios de la Alianza de Hierro están en las puertas. No están felices con el nuevo tratado de comercio.
-Michael no se siente bien, Alistair -dije, bajando la voz-. Anoche volvió a suceder. Su piel quema al tacto.
Alistair desvió la mirada. Hubo una milésima de segundo en la que sus ojos plateados mostraron algo parecido a la culpa, una sombra de duda que desapareció tan rápido como llegó.
-Es el peso del mando, Elaine. Ser el primer Alfa que comparte el trono con una Luna de Plata no es un camino fácil. Su cuerpo se está adaptando.
-¿O se está rompiendo? -lo desafié-. Kathy dice que...
-Kathy es un recipiente vacío, Elaine -me cortó Alistair, con una dureza inusual-. No escuches los ecos de lo que ella solía ser. Su mente está fragmentada. Solo busca sembrar la discordia entre Michael y tú.
Ignoré a Alistair y me dirigí a las celdas de la torre oeste. No eran prisiones de hierro, sino habitaciones de piedra con guardias constantes. Allí, Kathy pasaba sus días rodeada de pergaminos antiguos, tratando de dar sentido a las voces que habitaban en su cabeza.
Al entrar, la habitación estaba fría, un contraste violento con el calor que emanaba de Michael.
-Mírate -dijo Kathy sin girarse. Estaba dibujando un círculo en el suelo con carbón-. La gran Luna de Plata, salvadora de las manadas, y no puedes salvar al hombre que amas de su propia naturaleza.
-Dime qué viste, Kathy -exigí, acercándome-. ¿Qué es ese fuego naranja en sus venas?
Kathy se giró. Sus ojos castaños estaban inyectados en sangre.
-Vi el origen, hermana. Vi al Rey Sol encadenado bajo las montañas, y vi a los primeros Alfas cortándole los dedos para fabricar sus garras. Michael es el descendiente directo de esos ladrones. La magia que tú despertaste en el estanque no solo nos salvó, Elaine. Despertó el hambre del Sol. Él quiere su fuego de vuelta.
-¿Y qué tiene que ver Michael con eso?
-Él es el Alfa más poderoso en mil años -Kathy se acercó a los barrotes, su voz bajando a un susurro aterrador-. Él es el banquete. Si no lo separas de su poder de Alfa, el Sol lo consumirá desde adentro. Y cuando Michael arda, toda la Rosa Negra se convertirá en cenizas contigo en el centro.
Un rugido ensordecedor sacudió la torre. El cristal de las ventanas estalló. No era un rugido de lobo, era algo más primario, como el crujido de la tierra abriéndose.
Corrí de regreso a nuestra habitación. La puerta había sido arrancada de sus bisagras. En el centro del cuarto, Michael estaba de pie, envuelto en un aura de calor que hacía que el aire vibrara. Sus ojos no eran dorados; eran dos esferas de fuego naranja que no me reconocían.
-¡Michael! -grité, extendiendo mi mano plateada para enfriar el ambiente.
Él se giró hacia mí. Sus garras habían crecido el doble de lo normal y el suelo bajo sus pies estaba empezando a fundirse.
-Ladrona... -gruñó Michael, pero su voz no era la suya. Era una voz antigua, pesada, que hablaba desde el fondo de sus pulmones-. La Luna siempre ha sido una ladrona de reflejos.
Antes de que pudiera reaccionar, Michael se lanzó contra mí. No era un ataque de apareamiento, ni un juego. Era el intento de un depredador por destruir la única luz que podía contenerlo.
En ese instante, Alistair apareció en la puerta, sosteniendo un artefacto rúnico de la Orden de Plata que nunca me había mostrado. Un artefacto diseñado específicamente para someter a un Alfa.
-¡Apártate, Elaine! -gritó Alistair.
La traición, la mitología y el miedo colisionaron en ese segundo. Michael estaba perdiendo el alma, Alistair tenía armas secretas contra nosotros, y Kathy, desde su celda, soltó una carcajada que resonó en mi mente como una sentencia.
La segunda parte de nuestra historia no había comenzado con una boda, sino con el inicio de un incendio que no podíamos apagar.