Capítulo 2: Cenizas de Lealtad
El frío de la noche no era nada comparado con el vacío gélido que se abría en mi pecho. Cada paso que daba alejándome de la casa de la manada se sentía como si me arrancaran un trozo de alma. El vínculo de apareamiento, ese hilo invisible que ahora me unía a Michael, tiraba con una fuerza violenta, suplicándome que regresara, que me arrastrara a sus pies, que aceptara las sobras de su atención.
Pero mi loba, aunque herida, tenía un orgullo que empezaba a arder como brasas en la oscuridad.
—Entra —ordenó mi padre, empujándome dentro de nuestra cabaña con una brusquedad que nunca había usado conmigo.
Mi madre ya estaba allí, caminando de un lado a otro. No había preocupación en su rostro, solo una furia contenida que hacía que sus ojos brillaran con un tinte amarillento.
—¿Cómo te atreves? —gritó ella en cuanto la puerta se cerró—. ¡Exponernos de esa manera! ¡Frente al Alfa! ¿Tienes idea de lo que has hecho, Elaine?
—¿Lo que yo he hecho? —mi voz salió ronca, cargada de una incredulidad dolorosa—. Yo no elegí esto, mamá. La Diosa Luna nos unió. Michael es mi compañero.
—¡Michael es el padre del hijo de tu hermana! —bramó mi padre, golpeando la mesa de madera—. Eso es un vínculo de sangre, y en esta manada, la sangre del heredero pesa más que cualquier capricho del destino.
—¿Capricho? —me eché a reír, una risa amarga que me escocía la garganta—. Han pasado siglos esperando que un Alfa encuentre a su pareja destinada para fortalecer el linaje, y ahora que sucede, ¿lo llaman capricho?
Mi madre se acercó a mí, reduciendo la distancia hasta que pude oler el desprecio en su piel. —Escúchame bien. Mañana comenzarán los preparativos para la Ceremonia de Unión. Kathy será la Luna. Tú vas a asistir, te sentarás en primera fila y sonreirás. Si dices una sola palabra sobre ese "vínculo", si haces que Michael dude de su deber por un segundo... te repudiaremos. Dejarás de ser una Rosa Negra. Serás una Omega sin nombre, una paria.
El peso de su amenaza cayó en la habitación. Ser una paria era una sentencia de muerte o algo peor. Sin la protección de la manada, los Rogue (lobos solitarios) o los cazadores te encontraban en cuestión de días.
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Esa noche no pude dormir. El dolor del rechazo de Michael se sentía como una quemadura constante. Salí por la ventana de mi habitación, necesitando el aire del bosque para no asfixiarme.
Me interné en la maleza, esquivando las patrullas de los guerreros. Pero mientras corría, un olor extraño me detuvo en seco. No era el aroma de mi manada, ni el de un lobo común. Era algo antiguo, como hierro oxidado y tierra húmeda.
Desde las sombras de un roble milenario, un par de ojos plateados me observaron. No eran dorados como los nuestros. Eran de un color prohibido.
—La pareja rechazada del futuro Alfa —una voz de seda y escarcha rompió el silencio—. Qué desperdicio de poder.
—¿Quién eres? —gruñí, dejando que mis colmillos se asomaran.
—Un amigo de la justicia, y un enemigo de los que ignoran al destino —la figura retrocedió hacia la oscuridad—. Disfruta de la boda, pequeña loba. Pero recuerda: una manada que construye su futuro sobre una mentira, está destinada a arder.
Antes de que pudiera a****r, la presencia desapareció. Mi corazón latía desbocado. ¿Había otros observando la debilidad de la Rosa Negra? ¿Estaba nuestra manada en peligro por la decisión del Alfa?
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Al amanecer, regresé a casa solo para encontrarme con la persona que menos quería ver. Kathy estaba sentada en el porche, envuelta en una manta de lana, esperándome.
—Sé lo que estás pensando —dijo ella sin mirarme. Su voz ya no era la de la hermana dulce que conocía; era afilada, defensiva—. Crees que me has ganado porque la Luna te eligió a ti.
—Yo no creo nada, Kathy. Solo sé la verdad.
Ella se puso de pie, y por un momento, la máscara de "hermana perfecta" se deslizó. Había algo oscuro en su mirada, un miedo que intentaba camuflar con arrogancia.
—La verdad es que Michael me ama a mí. O al menos, ama lo que yo le doy. Este bebé es su prioridad. Si intentas quitármelo, si intentas usar ese vínculo para seducirlo... te destruiré, Elaine. No me importa que seas mi hermana.
—¿Realmente lo amas? —le pregunté, notando cómo evitaba mi contacto visual—. ¿O solo amas la corona de Luna?
Kathy se tensó. Su pulso se aceleró, un detalle que mis sentidos de loba detectaron de inmediato. Había algo que no encajaba. —Eso no te incumbe. Mañana, Michael me marcará frente a todos. Y tú estarás allí para verlo.
Cuando Kathy entró en la casa, noté algo en el suelo donde ella había estado sentada. Era un pequeño frasco de vidrio, escondido bajo el banco. Lo recogí y lo oculté en mi bolsillo. Tenía un olor herbáceo, algo que se usaba para ocultar aromas... o para simularlos.
¿Estaba Kathy ocultando algo sobre su embarazo? ¿O sobre su propia loba?
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Más tarde ese día, fui llamada a la oficina del Alfa. No solo estaba Thomas, sino también Michael.
Al entrar, el aroma de Michael me golpeó como una ola de calor. Sus ojos buscaron los míos con una desesperación que me hizo temblar, pero se mantuvo firme al lado de su padre.
—Elaine —dijo el Alfa Thomas con una frialdad absoluta—. Hemos decidido tu papel en la ceremonia. Como hermana de la futura Luna, serás la encargada de portar el cáliz de sangre para el juramento.
Era la humillación máxima. Me pedían que bendijera la unión que me estaba matando.
—No lo haré —dije, mi voz firme a pesar del temblor de mis manos.
Michael dio un paso hacia adelante. —Elaine, por favor. Es por la estabilidad de la manada. Si la gente sospecha que el vínculo es real, cuestionarán mi liderazgo. No podemos permitir una guerra civil interna.
—¿Y qué hay de mí, Michael? —me acerqué a él, ignorando la mirada de advertencia del Alfa—. Cada vez que respiras, yo lo siento. Cada vez que tocas a mi hermana, mi alma se desgarra. ¿Cómo puedes pedirme que sea cómplice de tu mentira?
—¡No es una mentira! —gritó él, pero su lobo interior gimió, contradiciéndolo—. Kathy está embarazada. Ese niño es el futuro. El destino se equivocó al darnos esto ahora.
—El destino nunca se equivoca —sentencié—. Los cobardes son los que se equivocan.
Michael me tomó del brazo, y por un segundo, la conexión eléctrica fue tan fuerte que ambos jadeamos. Sus ojos se volvieron dorados, su lobo luchando por tomar el control y reclamarme allí mismo, sobre el escritorio de su padre. Podía sentir su deseo, su necesidad de enterrar su rostro en mi cuello y marcarme.
—Vete —susurró él, soltándome como si mi piel le quemara—. Vete antes de que haga algo de lo que me arrepienta.
Salí de la oficina con la cabeza en alto, pero con el alma en cenizas. Tenía el frasco de Kathy en mi bolsillo, el encuentro con el extraño de ojos plateados en mi mente y un dolor en el pecho que empezaba a transformarse en algo nuevo.
No iba a ser la víctima de esta historia. Si ellos querían una ceremonia, les daría una que nunca olvidarían. Pero no sería la que ellos esperaban.