Capítulo 1: El Aroma de la Traición
El destino no tiene sentido del humor; tiene un sentido de la crueldad perfectamente refinado.
Siempre pensé que el momento de encontrar a mi pareja sería como un amanecer tras una noche eterna. Los ancianos de la Manada Rosa Negra hablaban de una "claridad absoluta", un estallido de colores y una paz que silenciaría cualquier duda. Pero cuando mi destino finalmente me alcanzó, no trajo paz. Trajo el sabor metálico de la sangre en mi lengua y el sonido de mi propio corazón rompiéndose en mil pedazos de cristal.
El Gran Salón de la casa de la manada estaba decorado con guirnaldas de rosas negras y lirios blancos. El aroma floral era casi asfixiante, un intento desesperado por ocultar el olor a testosterona y poder que emanaba de los guerreros reunidos. Era la noche de la Luna de Invierno, la noche en que Michael, el hijo del Alfa, anunciaría oficialmente su compromiso.
Yo estaba en una esquina, tratando de ser invisible. Michael era el hombre con el que había crecido, el niño que una vez me vendó una rodilla raspada y el adolescente que me había robado el aliento con cada mirada fugaz durante los entrenamientos. Lo amaba con una devoción silenciosa y patética desde que tenía quince años.
—¿Estás bien, Elaine? Pareces un fantasma —la voz de mi madre, fría y distante, me sacó de mis pensamientos. Ella no me miraba; sus ojos estaban fijos en el estrado, donde mi hermana mayor, Kathy, resplandecía en un vestido de seda color champán.
—Solo es el calor, mamá —mentí, apretando los dedos contra la palma de mi mano.
—Mantén la compostura. Hoy es un día histórico para nuestra familia. Gracias a tu hermana, nuestra sangre se mezclará con la del Alfa. No arruines esto con tus humores.
"Nuestra sangre". Mi madre hablaba como si yo fuera un apéndice innecesario de la gloria de Kathy. Siempre había sido así. Kathy era la belleza radiante, la loba fuerte; yo era "la otra", la hermana menor de constitución frágil y mirada demasiado intensa.
La música cesó. El Alfa Thomas dio un paso al frente, su presencia llenando la habitación como una marea pesada. A su lado, Michael se erguía alto, con sus hombros anchos y su mandíbula cuadrada. Se veía magnífico, pero había algo en su mirada, una sombra de inquietud que no lograba descifrar.
—Miembros de la Rosa Negra —tronó el Alfa—. El futuro de nuestra manada depende de la fuerza y la descendencia. Mi hijo, Michael, ha tomado una decisión que asegura ambas cosas.
Michael dio un paso adelante. Su mano buscó la de Kathy. Ella se acercó a él con una sonrisa triunfal, una expresión que gritaba victoria hacia cada mujer soltera en la sala.
—He elegido a Kathy como mi compañera y futura Luna —anunció Michael. Su voz era firme, pero sentí un escalofrío recorrer mi nuca—. Y hoy, celebramos no solo nuestra unión, sino la llegada de un heredero. Kathy lleva en su vientre al próximo Alfa de esta manada.
El salón estalló en vítores. Mis padres se abrazaron, llorando de alegría. Los guerreros golpearon sus jarras de cerveza contra las mesas. El ruido era ensordecedor, una cacofonía de triunfo que debería haber sido mi tumba emocional.
Pero entonces, sucedió lo imposible.
En el momento en que el Alfa Thomas puso su mano sobre el hombro de Michael para bendecirlo, el viento cambió. Una corriente de aire entró por las ventanas abiertas, trayendo consigo el aroma del bosque después de la lluvia, mezclado con sándalo y algo primitivo, algo que me pertenecía.
Mis pulmones se llenaron de ese olor y, de repente, el mundo se detuvo. El ruido desapareció. La gente a mi alrededor se convirtió en manchas borrosas de color. Mis sentidos se agudizaron hasta un punto doloroso.
Mío.
La voz de mi loba, que siempre había sido un susurro tímido, rugió con una fuerza que me hizo tambalear. La conexión se disparó como un rayo desde la base de mi columna hasta mi cerebro. Era un tirón físico, una cadena invisible que se tensaba con una violencia insoportable, arrastrándome hacia el estrado.
Levanté la vista y, por primera vez en toda la noche, Michael me miró.
Sus ojos, que solían ser de un café cálido, se habían vuelto de un dorado eléctrico, el color del lobo que reclama lo que es suyo. Su mano, que aún sostenía la de mi hermana, comenzó a temblar. El color abandonó su rostro, dejándolo de un blanco sepulcral.
Él también lo sentía. El vínculo de apareamiento acababa de despertar, ignorando las promesas, los embarazos y las leyes humanas. El destino acababa de señalar que el hombre que sostenía la mano de mi hermana era, por derecho divino y biológico, mi otra mitad.
—¿Michael? —susurró Kathy, su sonrisa vacilando al notar la rigidez de su prometido.
Él no la escuchó. No podía. Sus ojos estaban anclados en los míos, pidiendo perdón y gritando de agonía al mismo tiempo. El aroma que emanaba de él se volvió más intenso, una llamada desesperada que me decía que el lugar de mi cabeza era su pecho, que el lugar de mis manos era su piel.
El silencio empezó a extenderse por la sala. Los lobos más experimentados empezaron a olfatear el aire. El olor del vínculo de apareamiento es inconfundible; es dulce, denso y cargado de una energía eléctrica que hace que el vello de los brazos se erice.
—¿Qué es este olor? —murmuró alguien cerca de mí.
Mi madre se giró hacia mí, su rostro transformándose de la confusión al horror absoluto cuando vio mis ojos. Mis pupilas debían estar dilatadas, reflejando el mismo dorado que las de Michael.
—No —susurró ella, agarrándome del brazo con una fuerza que me dejaría moretones—. Elaine, no te atrevas.
—Es él, mamá —mi voz salió como un hilo roto—. Él es...
—¡Cállate! —me siseó al oído, mientras mis padres se interponían entre yo y la vista de los demás, tratando de ocultar lo evidente—. No arruinarás esto para Kathy. No me importa lo que diga tu loba. Michael ya ha elegido.
En el estrado, el Alfa Thomas se había dado cuenta. Miró a su hijo y luego siguió la línea de su mirada hasta encontrarse conmigo. Sus ojos se entrecerraron. El poder del Alfa cayó sobre mí como una losa de piedra, ordenándome sumisión, ordenándome que rompiera el vínculo.
Pero el destino no se somete a los Alfas.
Michael soltó la mano de Kathy. Fue un movimiento lento, casi hipnótico. Ella lo miró, confundida, y luego me miró a mí. El odio que vi en sus ojos en ese segundo fue más afilado que cualquier garra.
—¡Michael! —gritó el Alfa, una orden de mando que hizo que varios lobos de las primeras filas cayeran de rodillas.
Michael sacudió la cabeza, tratando de luchar contra el instinto de saltar del estrado y correr hacia mí. Podía ver el sudor perlando su frente. Estaba dividido. Su corazón humano estaba con Kathy y su deber, pero su alma de lobo estaba aullando por la mujer que estaba al fondo del salón.
—Padre... yo... —la voz de Michael era un gruñido bajo—. Ella es... ella es mi pareja.
El salón quedó en un silencio sepulcral. Fue como si el oxígeno hubiera sido succionado de la habitación. Kathy soltó un sollozo ahogado, llevándose las manos a su vientre.
—¡Mientes! —gritó ella, señalándome con un dedo tembloroso—. ¡Ella está haciendo algo! ¡Es una trampa! ¡Yo llevo a su hijo!
Mis padres me empujaron hacia atrás, intentando sacarme del salón, pero yo estaba clavada al suelo. El dolor de ser rechazada antes incluso de ser reclamada era una agonía física. Sentía como si me estuvieran arrancando la piel.
—Michael —dije, y mi propia voz me sonó extraña, cargada de una autoridad que no sabía que poseía—. Mírame.
Él lo hizo. Y en ese momento, el vínculo se solidificó. Fue como si una membrana se rompiera. Michael bajó del estrado con pasos pesados, ignorando los gritos de su padre y las súplicas de Kathy. La multitud se abrió ante él. Sus ojos no dejaban los míos.
Cuando llegó frente a mí, el olor a bosque y tormenta era tan fuerte que me mareé. Él levantó una mano, rozando mi mejilla con sus dedos. El contacto envió una descarga eléctrica que me hizo jadear.
—Elaine —susurró, y por un segundo, vi amor en sus ojos. Un amor puro, antiguo, predestinado.
Pero luego, el grito de mi hermana rompió el hechizo.
—¡Michael, el bebé! ¡Me duele! —Kathy se desplomó en el estrado, fingiendo o no un colapso.
Michael se tensó. El conflicto en su rostro fue devastador. Miró mi mano, luego miró a la mujer que llevaba a su hijo en el estrado. El deber, la culpa y la presión social cayeron sobre él como un mazo.
—No puedo —susurró, retirando la mano de mi rostro como si se hubiera quemado—. Elaine, lo siento... no puedo aceptarte.
El rechazo golpeó mi loba como una puñalada de plata. Caí de rodillas, jadeando, mientras el vínculo se retorcía de agonía. Michael no esperó a ver mi caída. Se dio la vuelta y corrió hacia Kathy, alzándola en sus brazos con una preocupación que me hizo querer morir allí mismo.
El Alfa Thomas se acercó al borde del estrado, mirándome con un desprecio infinito.
—Llévense a esta chica de aquí —ordenó—. Que nadie hable de lo que ha pasado. Michael ha elegido a su Luna. El destino ha cometido un error, y nosotros lo corregiremos.
Mis propios padres me levantaron del suelo, no con ternura, sino con asco.
—Eres una vergüenza —me susurró mi padre—. ¿Por qué no pudiste quedarte callada? Vas a destruir el futuro de tu hermana.
Me arrastraron hacia la salida mientras veía a Michael consolar a Kathy, rodeado de la aprobación de la manada. Yo era la pareja destinada, la elegida por la naturaleza, pero en ese salón lleno de gente, yo era la única que sobraba.
Esa noche aprendí que el destino puede darte el regalo más hermoso del mundo solo para que veas cómo otros lo pisotean. Pero mientras me arrojaban fuera de la casa de la manada, hacia la nieve fría de la noche, algo dentro de mí cambió. El dolor se enfrió, convirtiéndose en algo sólido y afilado.
Si la manada, mi familia y mi compañero me llamaban "la tercera persona", entonces aprenderían lo que sucede cuando la tercera persona decide que ya no quiere jugar bajo sus reglas.