Cristián Cifuentes
Ha transcurrido aproximadamente una semana desde que Lucía despertó. Sinceramente, durante los últimos días he tenido demasiado trabajo, por lo que no le he dedicado el mismo tiempo que antes. Me informan que pregunta mucho por mí; sin embargo, no puedo ir en cada ocasión en la cual me llama porque no quiero que se apegue a mí. No sería sano para ninguno de los dos; debo mantener la distancia entre médico y paciente.
Mi madre tiene razón en que no debo involucrarme demasiado con ella, debido a que Lucía está muy sensible. Tengo fe en que muy pronto recordará y terminará por irse con su familia. Cuando eso ocurra, no quiero salir afectado.
Ha sido una larga jornada para mí y solo he logrado dormir dos horas.
—Al fin te acuerdas de mí —me recrimina.
—Tengo otros pacientes. ¿Cómo te has sentido? —inquiero.
—No sé, rara.
—Yo te veo mejor. Has avanzado mucho, Lu.
Su malestar no es físico, sino emocional. Se siente muy sola y le angustia el hecho de no recordar. Me doy cuenta de eso, por eso solicité una cita con la psicóloga. Ella necesita mucho apoyo emocional.
Revisé los reflejos de sus ojos y le tomé la presión; es solo rutinario porque, a excepción de la amnesia, todo está bien con Lucía.
—¿Eliana te realiza los masajes todos los días? —pregunto.
—Pero podrías hacerlo tú —me pide, centrando sus bellos ojos azules en mí.
Debo reconocer que esos ojos azules son hermosos. Podría perderme en su profundidad sin darme cuenta, y eso es muy peligroso.
Lucía es peligrosamente hermosa. Su cabello es oscuro y ondulado, sus ojos azules y, a pesar de verse ojerosa y pálida debido al año que estuvo en coma, la veo muy bella.
—No es mi área, Lu. Las enfermeras deben hacerte los masajes.
—¿Te preocupa algo, Cris?
Él niega con la cabeza.
—Es difícil descifrarte. Eres demasiado serio.
En verdad soy bastante serio, sin llegar al extremo de ser antipático o grosero. Simplemente soy reservado.
—Según los estudios, no tienes ningún daño físico ni interno. Tu única secuela es la amnesia, y por lo tanto, te darán el alta muy pronto.
—¿Y eso es bueno? —pregunta ella, incrédula.
—Sí, te podrás ir.
—¿A dónde? No recuerdo nada.
No había pensado en eso, pero Lucía tiene razón. No tenemos la más remota idea de a dónde está su familia.
—Cris, no quiero dejar de verte a ti ni a los doctores. Me encariñé mucho con ustedes.
Al escuchar varias expresiones de Lucía y un pequeño acento que tiene, me doy cuenta de que ella no es oriunda de México. Tengo la sensación de que es de otro país, lo que explicaría por qué su familia no la ha buscado. Tal vez ellos no saben que ella está aquí. Lucía es todo un misterio para mí.
—Tranquila, se nos ocurrirá algo. Te juro que nunca te dejaré sola —le digo, depositando un beso en su mejilla. —Ya me tengo que ir.
—¿Por qué no te quedas un rato más? —me pide con sus ojitos vidriosos.
—No puedo. Te prometo que regreso mañana.
Cuando salí de la habitación de Lucía, me acerqué al consultorio de mi madre, toqué la puerta y luego entré. Me percaté de que ella estaba charlando con Gina.
Gina estudió psicología y fuimos compañeras en nuestros tiempos en la universidad. Salimos un par de veces antes de que yo conociera a Ruth y me enamorara perdidamente de ella. Siempre he visto a Gina como a una amiga, pero creo que ella albergaba esperanzas conmigo. Sin embargo, cuando me enamoré de Ruth, lo comprendió y aceptó mi amistad. Es una de las pocas personas que me apoyó a pesar de todo y una de las pocas amistades que me quedó después de aquella tragedia, porque la mayoría de mis amigos me dieron la espalda.
—No quise interrumpir —me disculpé.
—No te preocupes, hijo, adelante.
—¿Cómo estás, Cris? —Gina me saluda con un beso en la mejilla.
—Bien, solo algo cansado.
—Estaba platicando con Gina sobre la situación de Lucía —me hace saber mamá.
—Le decía a tu madre que conozco un refugio para mujeres muy profesional en el cual cuidarían muy bien de Lucía —comenta Gina.
—No sé si sea lo mejor llevarla a un lugar con personas desconocidas. Ella aún no termina de recuperarse —digo.
Gina ríe.
—La niña está perfecta. Solo se le dificulta caminar, pero es cuestión de tiempo. No es la primera mujer abusada del mundo.
A Gina le molesta la excesiva atención que nuestros compañeros de la clínica le han otorgado a Lucía. La considera una paciente más, pero los demás se han enternecido con su historia y están muy al pendiente de ella.
—Yo estoy de acuerdo con mi hijo. Ahora Lucía necesita contención y no he escuchado buenas referencias de ese refugio que mencionas, Gina —le comenta mamá.
Yo tampoco he escuchado buenas referencias del lugar. Escuché que maltratan a las mujeres físicamente y no arriesgaré a Lucía.
—De tal madre, tal hijo —Gina ríe. —No deberían apegarse demasiado con la niña. Ella es una paciente más. En cuanto al refugio, solo son rumores de los pacientes. Yo les aseguro que es un excelente lugar.
—Pensaré en otra opción, pero ella no irá a ese lugar al menos hasta que me asegure de que es un buen hogar —formulo.
—¿No confías en mí, Cris? —me pregunta Gina.
—Cuando se trata de mis pacientes, no confío en nadie, Gina —sentencio antes de marcharme.
Personalmente, buscaré el mejor lugar para Lucía. Donde ella se sienta tranquila y pueda recordar. A pesar de que deje de ser mi paciente, nunca dejaría de velar por ella.
Si fuera por mí, la llevaría a mi casa, pero dudo que mi madre acepte, y debo mantener la distancia entre médico y paciente.
Debo pensar muy bien en cómo ayudarla, porque Lucía siempre contará conmigo pase lo que pase. Nunca la dejaré sola.