Amenaza.
Mientras la Sr. Marie parecía satisfecha por mi rendimiento, me concentré en perfeccionar los recuerdos del libro. Escribí cada punto importante y a la vez toda la trama que podía recordar en diferentes idiomas de mi mundo original y las oculté bajo en un recóndito y pequeño pozo en el jardín que me pertenencia en el Palacio de Yvonne, inclusive si alguien se atrevía a entrar era difícil que lo encontrase, y de hacerlo sería imposible que pudiera leer el contenido de las hojas. No sabía que tanto de la trama original podría ser verídica y que tanto había cambiado por sí sólo o por mi interrupción en este mundo.
Al estudiar a Astrid y las cosas que giraban a su alrededor no podía concluir nada más, sólo era un niño dulce y normal, pero era una existencia que yo no había creado en la historia original. Ariadne había sido hija única toda la vida, hasta qué…
—¡Mierda!
Vociferé enfurecida clavando la punta del estilografo en el papel. Me había olvidado de él, "Asteritas", el supuesto hermano mayor de Ariadne. Asteritas era un hijo bastardo de la corona que había aparecido un dia en el Palacio imperial reclamando ser primogénito de Karlo, el Emperador quien fue conocido por haber amado a Yvonne con su vida, enfureció al ver a un joven de 14 años atrevidamente insultar su amor en frente de su hija en un banquete imperial donde se festejaba que Ariadne cumplía años. Sólo los lectores y yo podíamos saber que Asteritas era en realidad hijo del hermano también bastardo de Karlo, aquél que murió abandonado y ocultado por el antiguo Emperador en un sucio lugar, dejando solo a una mujer embarazada y un estorbo creciendo dentro suyo.
Asteritas era atrevido, fuerte y sobre todo inteligente, pero si había algo que reclamarle era su nula compasión. Era un hombre que no amaba ni podía ser amado. Después de la verificación con el templo, para Karlo fue inevitable aceptarlo en el Palacio, aunque nunca fue reconocido como su hijo, todo el mundo lo consideraba su bastardo, su mancha en el perfecto papel blanco. Ariadne que fue llenada de dulces palabras sobre el amor que se profesaban sus padres, se siente incomodada por la existencia de Asteritas, un joven de apariencia ruda que ponía en duda todo lo que le habían contado de cuna, pero nunca en su vida decidió hacer algo contra de él.
Quizá el error de Ariadne fue evitar molestarlo y no tener cuidado con él, no vigilar la amenaza que rondaba su territorio y en vez de eso huir ante la realidad que se le presentaba para no derrocar su perfecta fantasía.
Nikolai fue el inicio de su infierno pero Asteritas fue quien la arrojó a las fauces del León. Cuando recordé a Asteritas, un personaje que fue sólo mencionado en la primera parte de la novela, me sentí frustrada y desesperada. Ya que a diferencia de Nikolai, Asteritas era alguien a quien no podía evitar.
Me encogí enfurecida temblando ante la idea de que de pronto un estúpido chico de 14 años viniera a mi.
—Asteritas.
Leí mientras escribía sobre el papel otra nueva sección importante. Él estaría en los barrios bajos, un lugar tan recóndito y sucio en donde en vez de un niño parecería solo los vestigios de una persona. Asteritas no se salvó de nada, quizá los múltiples abusos tanto a su madre como a él lo volvieron alguien que carecia de amabilidad, o las noches sin comer siendo el cenicero de algún hombre en un prostíbulo de mala muerte. Thenia, su madre, no fue buena siquiera en darle de mamar cuando era un bebé, el único mérito que profeso fue sacrificar el bienestar de su cuerpo para darle de comer a su único hijo, y ni siquiera por amor o responsabilidad, sólo porqué él era el recuerdo de que alguna vez alguien la amó, a su patético parecer, aquella prostituta hermosa pero arruinada fue alguna vez adorada por un hombre.
—Por favor, entrégale eso a Sir Arcos.
Abrí la puerta de mi habitación y me dirigí a la primera sirvienta que vi establecida para servirme en los pasillos. Ella se inclinó obedeciendo. Sir Arcos era razonable, una persona bastante tranquila que podría convencer a mi padre de no preocuparse si su pequeña hija decide descansar dos días de todo e ir al Palacio de su madre. Aunque todo fuese una mentira. Mientras más apresuradamente vaya al palacio de Yvonne, menos organizados estarán, ya que nadie se esperaría que me quede a dormir tan lejos de mi padre. Me apresure a empacar sin siquiera esperar a que las doncellas lo hicieran a la vez que pensaba los planos que tenía de la estructura. Cuando padre me regaló el lugar, me mostró el papel de posesión con una gran sonrisa preguntándome si sabia que significaba, y luego también me dio un plano explicandome cada habitación con detalle y relatando memorias de él y su mujer en ese lugar.
Recuerdo pedirle el plano con la excusa de dibujar en el, y me dio una copia exacta. Eran esos momentos en los que amaba ser tan precavida. Cuando me quede solitaria como una muñeca sentada en mi cama y apoyada en el respaldar con mis piernas colgando. Recordé con claridad algunas estrofas de la primera parte del libro que crei perdidas.
》Como una flor sin olor alguno, ese hombre que era tan bello e imponente fue totalmente indiferente al sostener las delicadas muñecas de su aparente hermana y arrastrarla hacia las afueras del Palacio.
—¡Detente…!
Ariadne quien fue conocida por su enorme sonrisa que expresaba calma y paciencia, se veía empapada de amargas lágrimas mientras trataba inútilmente de resistirse con su frágil y débil cuerpo.
—¡Asteritas, por favor!
Le imploro ahogandose en lamentos mientras ocupaba todo su peso para hincarse en el suelo manchando aquel hermoso vestido de dormir sedoso de color beige. El hombre quien llamó por su nombre se detuvo al verla y abrió sus labios sin ninguna emoción en sus ojos.
—Ariadne. —ella abrió sus ojos cristalinos al escuchar su nombre—. Te entregaré por mano propia por mi sentido de responsabilidad.
Aquel que no titubeo en vender a la única persona que no mostró desdén al verlo entrar sucio y esquelético al palacio, fue la misma que le imploraba que parase. Pero solo un pensamiento fue el que se le cruzó a la cabeza; tengo que hacerlo. Poco le importó que aquella mujer de 19 años estuviese dispuesta a abandonar su derecho a sucesión si con eso no era vendida, él estaba dispuesto a proseguir. Los relampagos retumbaron en todo el palacio en esa noche de tormenta donde las luces impregnaban su bella piel pálida y la lluvia se confundían con las lágrimas de su rostro.
—¡Papá no va a permitirlo! ¡Sir Arcos o los nobles! Prometo no culparte de nada y olvidar este suceso si me dejas ir, hermano.
Asteritas sonrió aún arrastrándola por los pasillos. La frialdad que demostró hizo hipar a Ariadne que esperaba obtener piedad.
—Los muertos no pueden protestar, hermana.
Cuando ella abrió los ojos y gritó al escuchar sus palabras, fue tan desgarrador que sus uñas se aferraron a la blanca piel de ese hijo bastardo y cayo cual pétalo de rosa perdiendo la consciencia completamente. Fue la primera y última vez que escucho tal título sanguíneo en los labios de ese hombre.《
Me estremecí de solo recordarlo y me encogí en mi misma aguantando los pesados sentimientos que me hacían querer vomitar. La princesa santa fue una mujer que vivió hermosamente unos 16 años para luego caer al infierno lentamente. ¿Cuántos años tendría él en estos momentos? Asteritas era 4 años mayor a Ariadne ya que se presentó en el décimo cumpleaños de ella, él debería de tener 10 años en estos momentos. No se escribió mucho de Thenia salvo su muerte y pecados, ella murió en invierno, en estas fechas ella debería ya de estar muerta o a punto de estarlo.
—Su Alteza, soy Zakya Halev, comandante de la guardia real y he sido asignado a usted por Sir Arcos para escoltarla al Palacio Cristal.
Su presentación que pretendía esconder el hecho de que creía que me olvide de su rostro me hizo alejar los malos pensamientos. Oculte la oscura expresión en mi pequeño rostro y hablé.
—Puedes pasar.
Sir Zakya entró según lo ordenado y con cuidado se fijó en mi silueta en la oscuridad inclinándose ante mi. Me esforcé por sonreir.
—Las doncellas deberían de estar llegando para arreglar a la princesa y a sus cosas.
Reí juguetonamente cuando su voz se ralentizó al notar las maletas en la cama pero mi atuendo sencillo.
—Quiero irme ahora, no necesito vestirme con otro conjunto.
Aunque quisiera no podía arreglarme sola con las capas y partes de tan solo una pieza sencilla para salir, así que me conforme con un pijama bastante cubridor. Noté los ojos cerrados repentinamente del Sir y me confundí.
—Su Alteza, por favor no vuelva a concederle el paso a ninguna persona salvo sus doncellas si es que se encuentra con tal vestimenta. Usted es pequeña pero preciada como una joya, no debería de mostrarse con tanta facilidad.
Su voz leal y tranquila me relajo pero de todos modos proteste. Entendí el hecho de ser un noble y que debería de ser corregido antes de que escale a mayores, pero realmente quería irme pronto.
—Sr. Comandante, abra los ojos.
Él obedeció pero bajó la cabeza ante mi pequeña figura. Hice un puchero al observar aquello.
—¡Puede verme, todavía no soy una mujer!
Proteste sacudiendo mis pequeñas extremidades y Sir Zakya suspiro elevando su mirada.
—Haré lo que ordene, Su Alteza.
Me detuve agotada. No tenía porque desquitar mis sentimientos en el Sir que solo intentaba ayudarme.
—Vamos…
Estire mis brazos para que me alzara como cualquier niña caprichosa, y él con manos dudosas lo hizo. Me sostuvo de una manera que pareciera que estuviese levantando lo más precioso que hubiera visto, con seguridad pero expresando ansiedad por lastimarlo. Aferre mis delgados brazos a su cuello mientras apoyaba mi mentón en su hombro.
—Quiero irme…
Murmuré débilmente y fingí dormirme al ralentizar mi respiración y cerrar los ojos. Sentí como su mano agarraba su capa y la estiraba por sobre su brazo cubriendo mi cuerpo como un bebe mientras me cargaba y me llevaba. Sus pasos eran ligeros como si no fuera el mismo hombre de pasos fuertes que se hacía notar al llegar.
—Preparen todo, dejaré a la princesa en el carruaje.
Ordenó con una voz muy baja y casi podía sentir su dedo encima de sus labios para acallar todo alboroto mientras nos dirigimos al carruaje. Pero a la hora de reposar en el asiento, me aferré a su cuello. Sentía que Zakya reflejaba todo lo que Delice hubiera hecho por mí. Al verme abrazándolo él cedió a mi y se sentó en el carruaje sostuviendome entre sus brazos.
—Princesa, sé que está despierta. ¿Este humilde sirviente podría saber la razón de todo esto?
Susurro con una baja voz, como si tuviera miedo de asustarme. Levante mi mirada hacia él.
—Tengo miedo.
Mi voz tembló y oculté mi rostro en su pecho confortandome en los recuerdos de mi antigua alma gemela en mi anterior vida.
—¿De qué?
Me hizo sentir protegida de una manera que no pude describir, pero no podía contarle mis miedos. Él suspiró con la cabeza baja al verme.
—Mi espada fue hecha para protegerla, Su Alteza, y su padre el Emperador haría cualquier cosa para garantizar su seguridad.
Sus ojos se estrecharon viéndome con calma.
—No es algo que papá o un arma pueda solucionar.
Mi voz fluyó infantil y suave. Sus ojos se profundizaron mientras me miraba expectante.
—¿Qué sería tan intocable?
Apoyé mi mejilla en su cuerpo sintiendo la tensión incómoda de él al verse enfrentado a una situación inesperada.
—No te lo diré.
Sonreí suavemente achicando mis ojos y alzando mi pequeña mano para acariciar su mentón.
—Pero prometo sobrevivir, y tú tienes que prometerme guardar mi secreto.
Alce mi pequeño meñique pero él no lo tomó.
—Si es sobre su seguridad, no puedo ocultarlo, ya que mi deber es cuidarla.
Al ver su seriedad extrema imité su aspecto aplacando mi sonrisa.
—Error —dijé con fuerza—. Serás mi guardia, así tu deber será proteger a Ariadne… y serás leal a mí, no le dirás a papá.
La infantilidad en mi voz lo hizo parpadear por lo chocante que era con mis atrevidas palabras.
—Su Alteza…
Lo mire como si tuviera el poder de hacerlo caer con solo mi rostro. No, Ariadne poseía esa cualidad mejor que nadie, porque fue creada para deslumbrar y despertar instintos de todo aquel que la mirase.
—Sé mi guardia, sólo mío, y júrame tu voz y fuerza.
Mis manos se aferraron a él, soné como un pequeño cachorro gruñendo por el miedo. Zakya me miró como si mis palabras fuesen una orden pecaminosa mientras débilmente intentaba resistirse a mis demandas.
—Su Alteza, es inmoral para usted pedir algo tan importante a cualquier hombre.
Pero Ariadne podía, si tan solo lo decía, hombres se formarían para inclinarse ante ella y besar su mano. Me he convertido en un arma que podría romperse por su propio peso, como una daga de cristal. La inestabilidad que me provocaba ser un objeto fácil de manipular y rodeada de inmensas bestias capaces de alimentarse de mis lágrimas, me desesperó al punto en que los nervios habían carcomido mi frialdad. Cuando transmigré a este cuerpo infantil pude darme cuenta que de hecho mis sentimientos y actitudes se veían afectados por la edad inmadura que poseía, por lo que fue más difícil y cansado pensar como un adulto o controlar mis emociones.
—Por favor…
Mi débil voz que rozaba lo lamentable era suficiente para hacer que él suspirara y me sostuviera con una firmeza que prometía que no volvería a dejarme.
—Me aseguraré de protegerla y cumplir sus deseos, Alteza.
Y me aferré al hombre que representaba los vestigios de un recuerdo eterno. Quizá fue por el hecho de que había escrito sobre él en la novela original, ya que lo conocía me brindó mucha más confianza. Zakya representaba la incertidumbre monótona que añoraba.
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Al llegar al palacio cristal pude sentir la atmósfera expectante dirigido hacia mí, como si todos se preparan para alguna reacción en particular al verme parada en un sitio que se veía impregnado de sólo un nombre en todos lados; Yvonne, la difunta emperatriz. Fue incómodo, en ambas vidas no había tenido ninguna madre a la cual amar o llamar, graciosamente ambas mujeres que me dieron a luz fallecieron al mismo tiempo de hacerlo, como si el sólo hecho de tenerme fuese una condena. A mi primera madre la añoré por mucho tiempo, fui conflictiva con la imagen angelical que se me planteaba de ella, pensando que debería de vivir una vida bajo su sombra, cumpliendo sus expectativas… hasta que simplemente me apropie de mi vida. La existencia de mi persona me pertenecía y no se la debía a ella sin importar que hubiese muerto al darme a luz, tenía derecho a ser diferente, incluso si fuese un camino lleno de espinas. En esta vida no iba a cometer el mismo error, Yvonne sería Yvonne, Ariadne sería Ariadne… y yo simplemente era yo.
—Por favor, preparen la habitación de al lado para Sir Zakya.
Mi voz infantil movilizó a las doncellas mientras me sumergía en mis pensamientos. Mi consciente guardaba recuerdos de lo escrito, mientras que este cuerpo pareciera recordar lo vivido, lo que significaba que hasta un punto Ariadne estaba presente. Ambas éramos seres que se diferenciaban como el cielo y el mar, había una diferencia marcada como el horizonte entre ambas.
Ni siquiera puedo ser capaz de imaginarme actuar como ella, a la vez que reconozco que Aria no podría imitarme. Mientras que una fue criada para luchar contra el mundo, otra fue criada para ser escondida de el. Ciertamente ella había hecho lo mejor en su condición, siendo benevolente hasta que su voluntad se terminó rompiendo. Era gracioso pensar en que no podría cambiar ni una sola de las actitudes de aquélla ingenua princesa, porque desde el principio fue atada de pies a cabeza para no poder reaccionar o defenderse ante los depredadores, y lo único que le quedó fue sobrevivir de la mejor manera posible.
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Cuando cerré mis ojos no espere transportarme a una situación oscura. No recordaba haber escrito aquella escena en ningún momento pero podía reconocer el Palacio en un estado lúgubre. Observe como Ariadne hecha ya una mujer se deslizaba por los pasillos con un delgado vestido que la hacía lucir como un espíritu vagando en pena, se veía solitaria y lamentable, como alguien a la que habían despojado de la luz del sol durante un tiempo. Sus ojos lucían como joyas preciosas hechas de lágrimas que no debían de caer. A pesar de verse como si el mundo se le cayera a los pies, su postura elegante y la belleza inmesurable que la rodeaba te hacian quedarte observando su miserable ser.
Aquella mujer que sólo podría ser descripto como una obra, camino hacia una gran puerta de tamaño grande mientras su delgado vestido de balanceaba por el viento nocturno. Sólo la luna iluminó su indecisa figura que dudaba de golpear la puerta. Unos pasos se escucharon adentro y en unos segundos aquella puerta se abrió.
Ariadne dudó en emitir un sólo sonido al verse enfrentada a Asteritas Deiman Shalie, su medio hermano. Aquel que poseía una apariencia inmutable, con ojos vacíos de vida y un rostro lo suficientemente hermoso para alegar que poseía tan sólo una gota de sangre igual a Ariadne, se limitó a verla sin ninguna expresión. La mujer conocida como la princesa santa del imperio, se veía igual de vulnerable como una pieza de arte de cristal que se podría romper por el viento, incluso sus hombros se habían encogido ante la presencia de alguien quien había alegado ser su familia. Él se hizo a un lado dejándola pasar, y ella cual cordero indefenso y obediente siguió sus expectativas con un paso titubeante.
—S-u Alteza.
Su voz titubeó pues nunca se había dirigido a él, era por muchas veces de niña evitando y procurando no ser una molestia para él desde lo lejos. Raramente se habían mirado a los ojos esos años, y en tan sólo una de ellas le habia preparado un regalo de cumpleaños que fue devuelto el mismo día.
—¿Es natural que la princesa santa se dirija de esa forma a otra persona?
Ambos se encontraban frente al sillón. La princesa conocida por ser elegante y amable sostuvo su vestido avergonzada.
—No sabría como llamarle, lo siento mucho.
Ambos no mencionaron el hecho del porqué aunque fuese muy obvio, habían escalones de diferencia en estatus en la princesa santa legítima de la emperatriz y en un bastardo que ni siquiera habían querido reconocer, quien salió de lugares sucios siendo hijo de una prostituta cualquiera. Pero aun así Ariadne mostró un respeto igual que si fuese alguien con sangre noble de una forma similar a la suya. Asteritas quien no podría ser conmovido por ninguno de los actos de su aparente hermana menor, simplemente fingió ignorar todo ese hecho.
—Puedes llamarme hermano.
Tenía un presentimiento turbio ante la repentina amabilidad ante la princesa quien siempre fue una roca en su camino. Aquella mujer de hermosa apariencia levantó su rostro hacia él, su piel estaba impregnada en un sentimiento de emoción leve que enrojecia su piel blanca.
—Gracias… hermano.
Sonrió con una dulzura encantadora que enamoraba a todos que la viesen. Asteritas seguía con una fría expresión mientras elevaba la comisuras de sus labios en una sonrisa del mismo tipo.
—Es natural en esta situación, Su Majestad ha desaparecido después de todo, la familia debería de estar unida.
Al hablar sobre ello, noté como Asteritas se fijaba con sumo detalle la decadencia del ánimo de Ariadne al mencionarlo, todo con una apariencia indiferente que ella no pudo notar al bajar su mirada.
—Se que usted, hermano mayor, no ha sostenido una muy buena relación con padre por los sucesos que se desencadenaron, pero él para mí lo ha sido todo, usted lo sabe. Como princesa debo de sonreir y no mostrar mi tristeza a Sir Arcos que se empeña en saber que ha pasado con papá.
Sus manos se movian inquietas mostrando su nerviosismo. La princesa que balbuceo se veía preciosa y valiosa a los ojos, pero Asteritas era tan frio que era inaudito pensar que Ariadne fuese su hermana.
—Quise saber su ánimo… y también intentar acortar la lejanía que sostenemos.
El respeto que verbalizaba la princesa era tan pura que hubiera avergonzado a la que la escuchase, pero Asteritas la miró desde su sillón.
—Después de todo, eres mi hermana.
El hombre de 20 años se levanto de su sillón y se posicionó al lado de la princesa, sacando su abrigo y posicionandolo sobre sus hombros.
—Haremos todo por encontrar a Su Majestad.
Susurrando en su oído imitando un tono preocupado, observé la escena desde una distancia prudente. Sentía las intenciones en el ambiente con agudeza a pesar de no haber escrito este suceso. Asteritas hizo desaparecer al Emperador para desestabilizar el imperio con Sir Arcos concentrado en encontrar a Su Majestad, mientras la princesa mostraba un lado noble a la vez que se consumía en tristeza, y en estos momentos se encargaba de endulzarla cuando estaba en un estado vulnerable, para ser su fuerte.
—Gracias.
Ariadne quien apenas había cumplido sus 16 años, se veía igual de indefensa que una niña al sostener con sus finas manos el abrigo de Asteritas.
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Abrí mis ojos de repente notando el sudor frío que envolvía mi pequeño cuerpo, fueron unos segundos en los que mi corazón embistió mi torax cuando no podía moverme. De alguna manera deseaba llorar, eran sentimientos que sabían que no eran totalmente mios. Si antes hubiera dudado de que fuese cierto, ahora estaba segura, la princesa original residía en su cuerpo aún, y los recuerdos que ni siquiera mis manos había escrito estaban presentes. Coloqué una mano en mi pecho sintiendo el golpeteo de mi corazón. No necesitaba esperar a que él venga por mí, debería de hallarlo primero.
—Su Alteza.
La jefa de las doncellas se adentro a la habitación en cuanto hice sonar la campanilla, ella se inclino ante mi.
—¿Podría la chica de cabello marrón leerme un libro? Tiene bonita voz.
Supliqué con una infantil voz. A la mujer a la que me refería era una doncella que se mostró nerviosa e intimidada ante Zakya, hasta el punto de temblar sin control. Ella no tardó en venir con un libro de niños en sus manos.
—¿Sabes lo que es esto?
Le mostré joyas preciosas que eran tan caras que ni siquiera la doncella mas confiable la podían tocar en mi palacio.
—¿Su-u Alteza?
Ella pareció sorprendida mientras parpadeaba lentamente fijándose en la joya brillante que reposaba en mi pequeña mano.
—Te lo daré si me obedeces.
Su rostro se arrugó en confusión por mi tono frío.
—En cambio… llamaré a Zakya si llegases a abrir la boca.
Sonreí abiertamente al ver sus ojos temblar en pavor. Tanto el palacio cristal como el imperial poseían la misma administración, por lo que era imposible que ella no hubiera escuchado del reciente incidente con esa molesta doncella de boca sucia. Sus rodillas se pegaron al suelo.
—Tengo familia, por favor, princesa.
Tembló y suplicó hasta el punto de darme lástima. Pero ser de corazón blando no evitara que Asterita me venda.
—Llama al carruaje y llévame sin llamar la atención de nadie, ahora.
Ordené con fuerza, lo que la hizo levantarse de pronto e inclinarse de forma rápida y torpe mientras corría a hacer lo que le ordene. Después de verla salir, me bajé de la cama yendo con pasos cautelosos hacia la puerta y abriéndola tan solo un poco para ver el exterior. A diferencia del palacio imperial, aqui no habían doncellas esperando afuera de la habitación para servirme, probablemente por el poco margen de preparación que les otorgue, pero era algo que quería.
En mi mano llevaba una reliquia que había robado de la riqueza de la familia real, era un objeto especial que sólo podría ser utliizado una vez y lograba que pudiera convencer a una persona con extrema facilidad. Solo tenía que llamar su nombre y la reliquia se disolvería pero esa persona estaría más expuesta a mi.
—Zakya.
Llamé al hombre que se paró al lado de la puerta exclusivamente para cuidarme. Era algo ridículo que lo hiciera ya que de hecho toda la guardia estaba en posición para protegerme en los acceso a este piso, pero él había decidido dejar de lado sus horas de sueño para colocarse allí como un carcelero. Cuando lo llamé me miró.
—Ven.
Tome entre mis pequeños dedos la tela de su ropa jalando levemente para que entrara. La habitación. Zakya se arrodilló hacia mí sin entrar y bajó la cabeza.
—¿Qué desea,Su Alteza?
Pregunto con respeto y un tono profundo que le dio impresión de ser un fiel guardián. Me aferre más a su ropa por esa sensación.
—Si Sir no entra no se lo diré.
Hice un puchero tierno que hizo que sonriera levemente y obedeciera mis demandas con duda.
—Su Alteza, en el futuro no puede hacer algo como esto.
Sabía que Sir me decía todo esto para que lo aprendiera de pequeña, pero no tenía el más mínimo deseo de escucharlo. Me senté en la cama.
—Hare cosas peligrosas, quizá pueda morir.
Cuando le dije eso con mi pequeña boca, él tembló.
—¿Morir? ¿Sabe lo que es eso?
Pareciera ni siquiera creer que el concepto fuese procesado por mi cabeza joven. Dirigí un dedo hacia mi cuello y lo pase por su ancho simulando la guillotina. Sus manos se removieron ansiosas mientras se inclinaba frente de mí para estar a la misma altura.
—¿Quién le ha hablado sobre ello?
Preguntó afligido por la clase de cosas a la que podría estar expuesta, era natural. Estaba ansiosa a la vez que segura por su protección, nadie podría sentirse de otro modo al ver que el comandante de la guardia imperial pareciera ceder su cuello por el mio de ser necesario, pero necesitaba que este hombre también estuviera dispuesto a hacer todo lo que pida sin reclamar.
—No lo sé, sólo sé que quiero que me protejas.
No quisiera adentrarme a los barrios bajos siendo una presa tan fácil como me veía, tan solo mi brazo tenia la apariencia de mancharse con hematomas de tan solo rozarlo.
—Lo haré, nadie le hará eso, todos nos encargaremos de cuidarla toda la vida.
Era un juramento que solo podría hacérselo a alguien como Ariadne, aunque como alguien muy codicioso, necesitaba más y más…
—Haré cosas peligrosas hasta encontrar mi objetivo, aunque me detengas ahora lo haré después. ¿No puedes protegerme esta vez y asegurarte de que no pase nada malo?
Pregunte concentrándome en hablar como un adulto. Él podría decidir huir y dirigirse hacia Karlo para notificarle lo que su princesa estaba a punto de hacer. Sus pupilas temblaron pese a estar bien entrenado para nunca tener un atisbo de duda en su ser.
—Su Alteza…
Su voz pareciera rogarme que me detuviera, pero jamás lo haría.
—Jurame tu fuerza.
Bajó su cabeza apenas hablé. Pudé adivinar que él lo sabría; que yo jamas me iba a detener por mas peligroso que fuera.
—Haré lo que ordene por su vida, Alteza.
No me hizo sentir honrada orillarlo a doblegar cada deseo para que hiciera lo que ordenaba. Pero no iba a vivir mi vida como la Ariadne original.