[D] Capítulo 06: Rencor.

3722 Words
Rencor. Su interior se removía incontrolable, sus sentidos parecían alerta buscando la manera de sobrevivir si de repente esas personas lo dañaban. No confió en las mujeres que lo miraron como algo asqueroso, ni en los guardias con sus duras expresiones, sólo fue obediente ante las órdenes de la niña y se bañó. Todo era espacioso, brillante y lujoso, nada parecido a lo que conocía. Sentía el instinto de mostrar los dientes como un animal salvaje, pero se mantenía pasivo viendo la presa frente a sus ojos. Cuando la princesa entró a la habitación sus músculos se tensaron, era bella y delicada como una rosa de un fragante aroma, ya sea por su largo cabello blanco o sus cristalinos ojos, o como su cuerpo débil de piel lechosa se movía con cuidado por la habitación. Se encontraba hipnotizado por sus acciones pero a la vez se sentía cada vez más decadente, no sabía que era inferior ante sus ojos y ante de los demás, solo los bellos ojos de la princesa no lo veían suciamente. La niña que afirmó querer su felicidad por el solo hecho de compartir algo de sangre era peligrosa para sí misma. Como un niño con experiencia en la calle sabía lo mortal que era fiarse de una persona de poder, por lo que tomaba con pinzas cada palabras pero era inevitable ceder. Quizá hubiesen sido las palabras amables de su madre en su lecho de muerte o las cálidas manos que lo tomaron y llamaron, pero se sintió más dispuesto a dejarse llevar por ella, incluso si era apuñalado después. Conocía lo básico de la familia imperial como cualquier otro ciudadano del imperio, entre las miles de características había una que era absoluta, el emperador enloquecía por su única hija, hasta el punto se ser reconocida como un tesoro nacional, pero no se sabía mucho o nada de ella salvo su nombre. 》Ariadne.《 Dulce y encantador como su portadora. Cuando sonreía todo el mundo dirigía sus ojos a ella como el centro de atención, o de hecho en cada acción, los espectadores aclamaban por cada expresión de su cuerpo. Entendía porque era considerada un tesoro invaluable por el que matar. ¿Por qué él debería de recibir la bondad de tal niña? No era mucho más que un bastardo, hubiera sido fácil ignorarlo. -Yo... No lograba hablar con propiedad por más que imitara todo lo que había visto en los clientes de su madre. Como alguien entrenado para desconfiar, una parte de su cuerpo quería huir de la situación y lugar desconocido. Mirando agudamente al plato vacío que había comido por segunda vez, incluso la princesa ordenó un plato para él que fuera ligero y fácil de comer. Cualquier pensaría que un niño de 6 era torpe e inconsciente, pero ella parecía sólo pensar en los demás con su bondad absoluta. Por supuesto no era estúpido pensar que no podría escapar de ella incluso si hacia un berriche y empezaba a tirarle los cubiertos a la cara, él tendría que aceptarlo aunque doliera. Pensándolo de esa manera todo dependia del humor de la niña, incluso su vida, él no tenía poder para oponerse a alguien tan majestuoso. No. Incluso si no era una princesa, solo su belleza inmesurable haría inclinar a todos, por lo que un niño callejero desnutrido jamás podría competir con ella. Era tan grande que tenía que tener sumo cuidado para no ofenderla. Cuando la vio bostezar su corazón dio un vuelco que le hizo fruncir el ceño por lo raro que era reaccionar a algo tan casual. -Quiero ir a dormir... me disculpo. Sus palabras eran humildes como si lo tratara de un igual lo que lo hizo avergonzar de algún modo. Logró levantarse del asiento e inclinarse en unos 90 grados sabiendo que a ella no le agradaba la vista de él arrodillándose a sus pies. -La habitación al lado de la mía... él puede dormir. Su voz infantil adormilada era como el murmullo de un bebé. Era tan linda que ni siquiera él pudo mostrarse indiferente a la ternura. -S-su Alteza, esa habitación es de las principales. Pero la bebé sólo miró a la jefa de doncellas con una mirada cargada de sueño e indiferencia. -Papá me dio este Palacio, es mío. Como un reproche lindo que pretendía preguntar el porque no podía hacer lo que quería, la mujer fue regañada. -Lo siento, Su Alteza, debe de tener sueño, haré lo que quiera. Para Asteritas el hecho de que todos se arrodillaran a los pies de la princesa fue natural. Tuvo envidia. ¿Por qué había tanta diferencia cómo el cielo y la tierra entre ambos? Mientras que ella estaba tan llena de dicha como para llorar, él había evitado llorar en el lecho de muerte de su miserable madre. Pero no pudo guardarle ningún tipo de rencor a la inocente Ariadne que pareciera poder ser dañada por cualquier cosa más insignificante. Observó con ojos nublosos sus manos callosas y esqueléticas. De hecho sus ojos estaban muertos, su expresión era casi nula.. como si no fuera un niño, cosa que inquietaba a todos, incluso a Ariadne que había presenciado un Asteritas más imponente. ~¤~¤~¤~ En cuanto llegué a mi habitación me encontré sentada encima de mi cama temblando del miedo y de la ansiedad que me provocaba estar tan cerca del enemigo. Lo hubiera matado, una parte de mi me seguía gritando que mate lo que sea una amenaza sin importar lo indefenso que se hubiera visto. Tomar té podría ser inofensivo hasta que lo haces con el enemigo y te envenenan de repente. -Pasa. Dije al sentir la presencia de Zakya parado sin hacer ningún ruido frente a la habitación. Él entró. Lo note cuando vi sus pasos pasados o sus ojos nublados como si hubiese matado a alguien. 》La reliquia perdió efecto.《 El gran hombre de cuerpo fuerte y confiable se dejó caer de rodillas al suelo pareciendo haber perdido la batalla. Me asusté por sus acciones repentinas que me preocuparon. -Princesa. La voz que profesó era como un susurro, un juramento, era la voz de un simple esclavo hacia su dueño. Me estremecí aún más. -Por favor, castigue a este vil pecador. Su cabello oscuro caía sobre sus ojos cubriendo su mirada agachada. Parpadeé perdida sin saber que hacer ante el hombre que me suplicaba algo incoherente. -¿Sir? Pregunté. Lo siguiente que pude ver entre sus manos fue una espada, él me la estaba ofreciendo. -Por favor... La voz que salía de sus labios fue cargada de emoción hasta el punto de conmoverme. -Míreme. Supliqué hacia él. Su cabeza dudo en levantarse antes de mostrarme sus ojos turbios que formaron lágrimas que se deslizaron por sus mejillas. Con mis pequeñas manos temblando limpié sus lagrimas y sonreí suavemente. -Sir no hizo nada malo. Fue un voz que pretendia demostrar afecto y calma. Me sentía protegida con Zakya a mi lado, como si nada pudiera dañarme realmente si este hombre sacaba su espada de su funda. -He llevado a Su Alteza a un lugar peligroso y sucio, le he mostrado cosas horribles e incluso su piel se manchó de sangre. ¿Cómo puedo vivir de esa forma? Su voz temblaba y su rostro parecía querer contraerse de culpa y vergüenza. Como comandante de la guardia imperial haber hecho eso fue algo abrumador. Él no sabía que sólo lo he manipulado. -Se mi guardia, no hay nadie que pueda cuidarme más que Sir. Volví a mostrarme como una niña que no sabia del mundo y que no le preocupaba en absoluto este. Jamás permitiría que este hombre muriera, no cuando fue uno de las principales personas dispuestas a ceder su cabeza por la de Ariadne si asi lo requería la situación. -Le juro mi vida y existencia. Bajando la cabeza otra vez y tomando entre ambas manos con demasiado cuidado la mía, beso la superficie de ésta cediendo su persona. Un sentimiento de dominio me hizo abrir los ojos cuando surco por mi cuerpo por primera vez. ~¤~¤~¤~ Al dia siguiente supo que no podría escapar. Fue un gran estruendo, las doncellas lo levantaron de una forma grosera y cuando se quiso dar cuenta estaba frente a una encantadora niña de vestido cian que parecía sorprendida de lo rápido que iban a ir a ver el Palacio Imperial. No sabia quien era su padre pero era una certeza que el emperador actual no lo era, conocía a su madre, ella había estado muy enamorada de su padre como para mentir de su muerte o siquiera dejar que la abandonara mientras vivía una vida de lujo en el Palacio. Se mantuvo al margen y bajo la cabeza ante Ariadne, no quería manchar sus lindos ojos con una vista deplorable de su figura descuidada y sus ojos sin ninguna emoción. No sentía mucho, desde que su madre murió de hecho no pudo experimentar dolor, ni siquiera el dolor físico que era más normal para él. -Su Alteza... La voz de todos se vio interrumpida por ella; -Él estará a mi lado. Como una orden absoluta su voz no podía ser contradecida. Asteritas se preguntó cuanto amor recibía del Emperador, era claro que suficiente para aislarla y que sea su pequeña princesa de la torre. Decidió obedecer como un borrego a cada minimo capricho, incluso si le ordenaba besar sus pies o cortar sus dedos, el único sentido que tenía era el de supervivencia. De hecho, podía pensar con claridad lo que sentía hacia la nueva figura infantil que se presentó ante sus ojos. Creyendo que era un ángel la primera vez que la vio pudo confirmar lo preciada que era, como un ser se veía tan majestuoso para inclinarse ante el, pero más allá de eso sólo podía ser cuidadoso, porque era lo suficiente llamativo y precioso para mantenerla en una vitrina de cristal. Asteritas no se dio cuenta que había objetivado a Ariadne hasta el punto de no considerarla persona. ¿Cómo podría saberlo un niño que había gastado todas sus emociones y se encontraba cansado de sentir lo mínimo? El niño ignorante de sus instintos que pretendían evitar todo sentimiento, la observó como una muñeca, inconsciente que ella se estremecía de sólo verlo a los ojos. Posiblemente lo único acertado respecto a Ariadne era su sexto sentido que gritaba que quizá podría morir al estar cerca, pero él no lo sabía. ~¤~¤~¤~ El palacio imperial se diferenciaba del palacio cristal en una cosa, mientras que el Palacio cristal era precioso como una joya, el palacio imperial era imponente en su estructura demostrando lo poderoso que era el imperio. Con tan sólo ver su inmensidad cualquier niño se hubiera ilusionado o por el contrario encogido Intimidado, pero Asteritas parecía aferrado a la idea de pasar desapercibido. Lo noté, pude ver lo grandioso e inusualmente habitado que estaba. Los sirvientes se alinearon en fila para recibirla e inclinarse. -Saludamos a la princesa imperial de Paraz Ariadne Itzbella Shalie. Era una formalidad que cualquiera hubiera pensado que me había ido lejos por unos días, no a un Palacio cercano una noche. Al escuchar mi nombre siendo aclamado pensé en su significado. Ariadne era puro y santo, un nombre de mujer santa que pegaba justo para la princesa santa de Paraz, mientras que Itzbella reflejaba la manera de actuar de Ariadne, sensible y generosa con los pobres, hasta el punto de gastar todo su tiempo en encontrar una manera de ayudarlos. Hubiera sido una buena Emperatriz si tuviese a un Emperador a su lado que compensará con mantener la grandeza del imperio en general, pero fue vendida como peso muerto y abusada hasta que los gritos que intentaba soltar eran un chirrido silencioso que inundaba su garganta de sangre. Mire hacia adelante aunque mi corazón quería explotar. Ella tenía miedo y estaba llorando, porque Asteritas fue la persona que rompió su corazón, a la vez que yo tambien me sentía aterrada por solo el hecho de traerlo aqui. El destino que he creado me esta aplastando conforme camino, es sofocante y apenas puedo respirar. No recuerdo haberme sentido asi en mucho tiempo. -Su Alteza, su tez se ve pálida. Sonreí hacia Sir Zakya fingiendo estar bien. Intento ser valiente y atrevida como si esta vida fuera una apuesta donde se gana o pierde todo, pero la verdad era que naturalmente aún me daba miedo morir y que todo quede en nada otra vez. Era la pérdida de años lo que me mortificaba, el saber que era inservible contra las fuerzas de la muerte y sólo tendría que seguir obediente sus demandas. -Papá debería de estar aqu- De pronto Astrid estuvo en mi visión, su pequeño cuerpo temblaba y de su rostro pequeño caían lágrimas que se desbordaban por su mentón. Sus brazos frágiles se aferraban a mi cobertor mirandome como un cachorro abandonado. -Hermana. Su voz infantil me llamó con desesperación mientras corría hacia mí aferrándose a mi cuerpo, por un momento crei que sus piernas se doblarian por lo inestables que se observaban. Acepté su cuerpo como mío una vez llegó a mis brazos y noté sus sollozos desesperados que me rompieron el corazón -¡Me abandonaste! Abrí los ojos cuando él se abrazó a mi propio brazo con fuerza mientras su rostro ardía en un tono rojizo que empapaba sus mejillas llenas de lágrimas. Sus grandes ojos cristalinos temblaban como si realmente hubiera perdido todo al yo irme. Tragué saliva abrazando a mi hermano. ¿Realmente había sido tan cruel? Sólo me fui de pronto sin avisarle pero estaba en un lugar seguro. Un sentimiento pesado me invadió cuando acepté sus reclamos y sentimientos como si lo merecería. Astrid se había criado de mala manera hasta este momento, debería de educarlo de mejor forma ya que aún era pequeño para ser reivindicado. Y justo cuando levanté mi vista me encontré a Asteritas observando en silencio unos pasos delante de mí. Pero en sus ojos vi algo que me hizo volcar el corazón. Había una especie de curiosidad y profunda confusión ante mi hermano abrazandome con desesperación. Sus ojso parecieran querer seguir observando o... ser parte de un acto similar. Fue ahí cuando una idea oscura se me cruzó por la cabeza. 》Te haré incapaz de oponerte a mí.《 ~¤~¤~¤~ La princesa que había mirado con grandes ojos inocentes al joven de cabellera rubia pálida lo hizo incomodar, al punto en que ni siquiera notó cuando un hombre grande y alto se había abalanzado a la niña. -¡Ariadne! La había llamado con la misma desesperación que el niño, por lo que pudo identificar el parecido al instante. Se estremeció viendo a ese hombre sostener al cuerpo tan pequeño y delgado de la princesa entre sus brazos mientras la alzaba. Podía sentir su poder en su presencia, y reconocer que no era ni su lugar ni su rival en lo absoluto. -Mi Aria, ¿por qué te has ido? Las palabras apresuradas del hombre se mostraban muy apasionadas al sostenerla. Asteritas se inclinó cuando un escalofrío le recorrió la espalda al hacer contacto visual con él. Nunca podría haber creido que el Emperador fuera siquiera a correr en su presencia. Tenia la impresión de que arrodillarse pudiera desagradarlo como lo hizo con la princesa así que decidió simplemente inclinarse en 90° esperando no ser llamativo. -Papá, él es Asteritas. Su voz había temblado inocente al referirse a él. Sus músculos se tensaron al sentir aquellas dos miradas, una tan parecida a la de la niña pero que en el fondo pudo identificar recelo, y otra madura y a la vez demasiado fría, ambos no estaban felices con su presencia y podía decirlo con toda seguridad. Sabía que no pertenecía allí. -Ariadne. Su padre le había dirigido una mirada seria al querer decirle algo, pero la pequeña había tomado el rostro de su padre entre sus manos y sonreído. -Papá, quiero ver adentro. Esa tierna voz que lo hizo ampliar sus ojos al notar lo dulce que se veía ante ese hombre pudo derretir a cualquiera, incluso a Asteritas. Se sintió helado al notar su disponibilidad hacia esa pequeña niña, lo que provocó que estuviera 100 veces más alerta. Para Ariadne por el contrario no era tan simple, el dolor se grababa en su alma y gritaba cada vez que veía a ese niño como si éste la estuviera acuchillando. Sonreía felizmente mientras la oscuridad invadía su mente y alma consumiendo su pecho. -Te he hecho una fiesta, pensé que mi Aria estaría enojada por no haberla dejado ir a la casa de su madrina. El Emperador habló cálidamente acariciando el cabello blanco y sedoso de su hija. Ella quiso decir que recompensar a una niña por un capricho era algo que no debería de hacerse pero se abstuvo al pensar lo beneficioso que era. Una fiesta no sería nada sin los nobles, la nobleza de Paraz estaría presente... presente para observar a Asteritas. Tuvo que mirarlo un segundo y ver su estado deplorable para apretar sus pequeñas manos y decidirse. En ese estado era carne de cañon, necesitaba hacer que los nobles los destruyeran para ser su escudo. No, hasta un punto... quería que lo hicieran trizas, quería ver su humillación y eso la hacía apretar su boca en una línea recta. 》Es sólo un niño...《 Se repitió. Pero su cuerpo no lo reconocía como tal, para su interior Asteritas era algo monstruoso que no quería volver a ver otra vez en la vida. Apoyo su mentón en el hombro de su padre y susurró; -¿Vienen todos los nobles? Karlo asintió con una cálida sonrisa. Con sus manos tocó las mejillas de su padre y rió, ocultando sus pensamientos más íntimos. Por otro lado, Asteritas que era un niño que no había visto muestras de amor en su vida como esas, se vio algo atraído, no por el afecto o el emperador, si no por Ariadne, que parecía ser el centro de todo ese afecto, como si su presencia significara amor. -Este es un banquete para ti, todo fue muy apresurado por lo que no pude prepararlo tan grande como quisiera pero hay muchos nobles que se hincaran ante mi hija. Las palabras del emperador eran lo suficientemente frívolas para incomodar a los vasallos. Aria miró la decoración ostentosa que empezaba a verse, era brillante y elegante a la vez, demasiado glamorosa por sí sola como para alguien se atreviera a decir que era algo pequeño, ese era sólo el beneficio del emperador. Llegar al trono en los brazos del emperador era algo escandaloso incluso siendo la princesa. ~¤~¤~¤~ -¡Anunciamos la presencia del Emperador Karlo Terrant Shalie, la primera princesa Ariadne Itzbella Shalie, y el primer príncipe Astrid Itzbel Shalie entrando! La voz que nos nombró al entrar fue fuerte y clara al resonar sobre el leve murmullo que cesó cuando se escuchó nuestros nombres. Éramos los nobles más altos del imperio, y no había duda en eso cuando todos bajaron las cabezas inclinándose ante el dominio de la corona. La luz cegó mis ojos unos segundos antes de que mi padre cubriera mis ojos con su mano. Mi vista tardó en adaptarse antes de fijarme en la majestuosidad del salón, donde todo lucía hermoso y bello. Las vistas se alzaron en cuanto se les fue permitido, todas se dirigieron a mí, la niña que era sostenida en los brazos del emperador. Mi padre se colocó frente al trono junto a Astrid al lado mientras Asteritas había quedado pegado a la puerta escondiéndose para no ser notado. -Este banquete es en el nombre y honor de mi preciosa hija Ariadne, su única princesa. Por supuesto esta pequeña celebración no podría llegar a ser el gran banquete hacia la primera princesa por su debut e introducción al imperio pero espero que sea lo suficientemente hermoso para alabar la vuelta de mi hija al Palacio. Los ojos brillantes del Emperador al decirlo me hicieron sonrojar. Mi hermano lucía orgulloso y asombrado por todo, pero yo me mantenía pegada a los brazos de padre. Incluso cuando se sentó y todos aplaudieron a su breve discurso. Cada uno de los nobles de alto rango se acercaron minuciosamente cuidandose de la seria mirada de Karlo. No pareciera aún conforme de verme rodeada de los duques o marqueses. Ellos nos reverenciaron con cautela y los regalos empezaron a llegar, cada uno más precioso que otro, muchos eran vestidos y joyas, otros espadas y juguetes para Astrid. Era notable que el centro éramos nosotros. Cada vez que balanceaba mis piernas en el regazo de mi padre o ladeaba mi rostro, la vista no podía separarse de mí o de Astrid quien poseía una apariencia impresionante. -¡El duque Lailo...! Había estado tan aturdida en observar todo que ni siquiera había podido entender bien el bullicio hasta que escuché su apellido que reconocía. Tanto el Emperador como Astrid y yo volteamos a esa dirección, padre siendo discreto y frío mientras que nosotros fuimos evidentes ante la curiosidad. Un hombre adulto cursando sus 50 años se presentó, estaba segura que rondaba esa edad pero se veía joven a decir verdad. su cabello prolijamente peinado hacia atrás de un color oscuro y sus ojos violáceos similares a los de la primera mujer que vi en esta vida lo hacían lucir aun excelente. Ese era el padre de la difunta Emperatriz Yvonne, su hija y la madre de Ariadne. Yvonne tenia un cabello brillante de color blanco como una nube esponjosa, mientras que sus ojos eran violaceos iguales a las flores, eran esos ojos los que habia heredado de su padre, mientras que yo y astrid poseiamos la misma piel blanca y cabello de igual tono, nuestros ojos habian sido heredados de Karlo. Los ojos que representaban nuestro linaje, unos iris similares al cristal brillaban fuertemente. La joya del imperio siempre se vería en la sangre de los gobernantes. -Saludo a Su Majestad... Mis pensamientos ensordecieron su saludo. Era un hombre impresionante pero igual de apagado que un foco roto, no había algún brillo en él.
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