Punto de vista de Maximilian En la suite real del hotel Savile, en el corazón de Mayfair, el silencio era tan absoluto que podía escuchar el tictac de mi reloj de pulsera sobre la mesita de noche. El cielo de Londres, de un gris plomo que amenazaba con una lluvia inminente sobre el Támesis, se filtraba por los ventanales de suelo a techo. Era una vista que solía calmarme, una representación del orden y el poder que tanto me costaba mantener en cada rincón de mi imperio. Sin embargo, esta tarde, mi mente estaba en otra parte. Sostenía un vaso de cristal tallado con tres dedos de whisky puro. El hielo ya se había derretido, pero no me importaba. Lo único que ocupaba mi pensamiento, como una distracción insistente, era una voz. Esa voz. Cuando llamé a la oficina de Astoria, mi intención e

