Amigos y Enemigos

1822 Words
Tappan sobó sus ojos, y se fue a guardar la carpeta con el informe del último paciente que tenía en traumatología. Miró el reloj de pared, quedaba el tiempo justo para un café bien cargado y luego comenzar la ronda de rutina. Eso era lo malo del turno de doce horas por las noches, o bien se podía tener emergencias que alteraban todo el hospital, o como en esa velada, la tranquilidad provocaba que el cansancio acumulado se sintiese más. Yanni avanzó por el corredor saludando a los pocos que halló en el camino, el pantry se encontraba tras la sala de enfermería así que ingresó esperando no tropezar con ninguna de sus “admiradoras”, fue sorprendido por la taza humeante que sostenía la jefe de piso, la enfermera Consuelo Sarmiento, la única que podía darse el lujo de molestarlo con el apodo de “Príncipe” porque, según ella, poseía la edad, la dignidad y el gobierno para que él no se quejara. La verdad, es que odiaba que lo molestaran de esa forma, desde pequeño le tenían el mote porque para todos parecía sacado de los cuentos de hadas que leían de niños, él no se consideraba mejor que muchos, y menos que su hermano Antonio, ese si era un modelo, casi a sus treinta y cinco años, había salido en más portadas de revistas y calendarios del cuerpo de bomberos al que pertenecía, de los que Yanni podía recordar. El molesto pitido del código azul retumbó en el lugar, la habitación que marcaba era la de Iolita Cortés, con rapidez se encaminaron a donde la paciente se encontraba convulsionando. Yanni revisó el estado de la paciente. El interno que se percató de la situación cuando fue a tomar los signos vitales y revisar si la bolsa de suero necesitaba cambio, había hecho un buen trabajo inmovilizándola y evitando que se atragantase al colocarla en la posición de seguridad, examinó sus ojos y se dio cuenta de que algo no andaba bien, una reacción alérgica aparentemente a un medicamento ya que también mostraba algo de hinchazón, pero según la historia clínica nada de lo aplicado debía producir ese efecto. Levantó la cabeza y observó la turbidez en la bolsa de suero, desconectó la sonda para cambiar el montaje, y pidió a la jefe que trajera cuatro bolsas nuevas, la mujer comprendió lo hecho por el médico, selló el paquete y ella misma tras entregarle lo solicitado, se dirigió con la muestra a toxicología. Si el lote estaba contaminado, la señora Cortés podría no ser la única con ese tipo de reacción. Media hora después, los signos vitales de Iolita se normalizaron y pudieron declararla fuera de peligro. Tappan se acercó a Consuelo que ya tenía los resultados. —¿Quién hizo el cambio en la madrugada? —Una enfermera que estaba en pediatría, fue puesta aquí como remplazo de Soraya que está de licencia —contestó la mujer con preocupación—. ¿Crees que fue ella? —Pudo ser cualquiera, sin embargo, es bueno que se haga una investigación, tanto del lote de suero como del personal. Consuelo asintió, tener a alguien así en el equipo traía problemas porque podía atentar incluso en contra de ellos. A mediodía, Yanni se dirigió a la habitación de Iolita, en ella encontró a Carolina Manjarrez, la suegra de la chica que lo cuestionó por lo acontecido. La historia fue corta incluyendo los resultados de toxicología. —¿Qué ha decidido doctor? —Dos meses, no puedo desaparecer de un momento a otro. Manjarrez asintió, un aliado como Tappan podría significar salvar más de una persona. En la hacienda El Edén, Pieter recibió el mensaje de Carolina informándole lo ocurrido, dos meses podían significar la vida de su nieta, pero no le quedaba más. Igual, Ana decía que él era el mejor en su ramo y una persona digna de confianza. A sus setenta años su vida se acortaba por las preocupaciones y las pérdidas de sus seres queridos. La primera en marcharse fue su esposa Mirtha, la gemela de Ana, tan parecidas en lo físico y tan diferentes en su forma de ser. Luego fue la muerte de Alejandro, un s******o que sabía estaba relacionado con el amancebamiento que la zorra de Karina tenía con Diego Cortés, pero que nunca pudo probarse. Siguió Sandra con un cáncer que no la dejó ver crecer a la pequeña Solange, y, por último, Iolita, su princesa. Cada vez que Carolina lo llamaba esperaba que le diera la mala noticia de que Matías la asesinó en una de las golpizas que le propinaba con mayor frecuencia y fuerza. Sin embargo, no podían hacer nada si Lita no era capaz de enfrentar la realidad que vivía, y que aceptara que el amor no significaba sufrimiento y que el sacrificio también tenía un límite. Por eso, es que decidieron hacer lo que en unos meses sería su salvación o la despedida total de lo único que le quedaba de Alejandro. Pieter vio la puerta abrirse para dar paso a una joven de unos veintisiete años, ojos azules y cabello color chocolate que sonreía con ternura. Janeth Corso ingresó con la medicina que le tocaba para mantener su presión en los valores correctos, en la medida que se la servía le recordó que debían ir a recoger a Solange en el pueblo, la chica volvía de un viaje programado por la escuela donde estudiaba, y le prometió que la llevaría a uno de los restaurantes que más le gustaban. El anciano asintió con una sonrisa, Janeth se convirtió en una ayuda inesperada y una bendición para todos en la casa, su suave carácter unido a esa manera de ver la vida tan inocente era una de las cosas que permitía sobrellevar el estrés que se mantenía para las épocas de cosecha, o en momentos que Estefan no comprendía que su hija ya no era una bebé y que cada vez requería más libertad de expresión en cuanto a sus gustos y sueños. Por su parte, era la única que podía mediar entre Satine y Hugo sin ganarse un insulto, siempre veía lo bueno en las situaciones más adversas. Además, era el canal de conversación con Iolita, nunca la juzgaba y procuraba grabar las charlas que tenían para que al menos pudiese oír la voz de su nieta. Veinte minutos después, el señor Kernel se encontraba esperando la camioneta que los llevaría al pueblo en el despacho mientras revisaba lo enviado por Estefan. Lograron varios contratos buenos tanto de los vinos como de los subproductos, no obstante, el que más le llamó la atención fue el realizado con Bonares Liqueurs, un antiguo socio y amigo. Eso significaría un problema para los planes que tenían con Carolina, ya que en el documento aparecía el nombre de la actual CEO, Olivia Bonares, la exnovia de Matías, y desde su regreso de Inglaterra, su amante. Solange Pujol esperaba en la cafetería de la estación, el bus la dejó media hora antes de lo estipulado, así que no le quedó de otra que aguardar por su abuelo y por su hermanita mayor. Fue criada desde los ocho años por Pieter Kernel y su padre como su única familia cercana, ya que sus abuelos paternos y maternos se encontraban en ciudades diferentes y alejadas del lugar de trabajo de Estefan. Recordaba muy poco de Sandra, pero la amaba como la mujer que le dio la vida, por las historias que sus abuelos y conocidos le contaban de cómo era y lo que logró en sus años de vida. Según lo que señalaban, ella era una copia exacta de su madre en el carácter y la apariencia. Aunque cuando Solange se veía al espejo, se encontraba cada vez más con la imagen de Estefan, en el color de sus ojos, en los gestos que hacía y en muchas de sus frases. Bien decían que cada cual veía lo que quería ver. Solange medía 1.70 metros, era alta en comparación de sus compañeros de clase, su cabello era castaño claro, con mechones oscuros que se entremezclaban como si fuesen iluminaciones. Los ojos eran como los de Estefan, de un color miel con pequeñas vetas verdes, y su piel era trigueña, aunque podría asegurar que era por estar constantemente en el sol de la finca, un gusto adquirido desde pequeña por recorrer las vides, participar de las cosechas y las visitas que su padre hacía a los campos de árboles frutales y plantas con las que se mezclaban los vinos afrutados o esenciados. Sole pronto cumpliría los dieciséis, sacó de la cartera su boletín de notas y se alegró por los resultados. Eran impecables, un promedio que le daría la oportunidad de presentar su solicitud a las universidades que deseaba acceder fuera del país, no tenía nada en contra de estudiar en su ciudad natal, pero quería viajar, conocer algo más allá de El Edén. Bebió lo que quedaba de la soda, y pidió la cuenta, en el almuerzo le presentaría a Pieter las opciones y él se encargaría de averiguar los requisitos, Estefan se opondría, así que era mejor hacerlo de esa manera. Se colocó las gafas de sol, recogió el equipaje de mano y salió. Diez minutos después la loca de Janeth se estrellaba contra ella en un abrazo de oso que le indicaba cuanto la había extrañado en esa semana, Solange no quería ni pensar como sería cuando se marchara a la universidad. Sin darle más mente a lo que ocurriría en el futuro, prefirió disfrutar del almuerzo en donde Pieter le dio gusto a todo lo que pidió, aprovechando para mostrar las capacidades que tenía como catadora de vinos. De camino a la hacienda mientras el anciano hablaba con Estefan sobre la reunión con los inversionistas americanos, la castaña cuestionó a Janeth si Iolita asistió a la cita que su padre le colocó. No le gustó para nada escuchar que de nuevo tuvo una situación médica que hizo imposible su presencia. —Ella siempre tiene una excusa —adujo con rabia, eran años escuchando mentiras y viendo vales por miles de pesos. —No sabes como es su vida Sole, no la juzgues, Lita tiene... —Eres demasiado confiada Janeth —cortó la frase sin permitir que la ojiazul dijese algo en favor a la mujer que parecía sólo importarle el dinero que Pieter podía darle para gastar en la adicción que poseía. —No saques conclusiones apresuradas —espetó enfadada Corso, Sole se sorprendió porque jamás la había visto así—. Espero que cuando la conozcas te des cuenta de que ella tiene un calvario propio. Solange se rió por la frase sin fijarse en como Janeth apretó los puños y la mandíbula, para concluir con algo que desconcertó a la ojiazul por la frialdad con que la adolescente pronunció la oración. —Cada cual recibe lo que se merece.
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