Olivia observó el cuerpo de Matías, se puso la bata para cubrir su desnudez y poder prender un cigarrillo, necesitaba fuerzas para seguir con lo que tenía planeado.
Se acomodó en el balcón de la habitación del hotel donde estarían por dos días más que duraba la convención, tenían varias reuniones con comerciantes menores y dos con inversionistas potenciales, así que debía armarse de paciencia.
Hasta el momento las cosas se le habían dado de manera fácil, Cortés la seguía queriendo como cuando eran adolescentes, además tenía un rencor personal por Iolita debido a la muerte de su padre en la cárcel. Sin embargo, la presencia de Carolina y Karina eran un impedimento para lograr el control total de su expareja y ahora amante.
Dejó escapar el humo recordando como la tarde que descubrió a Lita con Matías en la misma cama en la que meses atrás se amaron y ella quedó embarazada de su primogénito, un bebe que perdió por el engaño del que fue víctima.
Alcanzó con dificultad a llegar a la calle principal para pedir un taxi, de no ser por una de las personas que estaba ahí, lo más seguro es que ni siquiera hubiese contado la historia.
Se embarazó a sus quince, Iolita y Matías le llevaban tres años, estaban en el último grado de preparatoria mientras que a ella le faltaban dos, la cercanía de las familias por trabajar en el mismo campo, hicieron que pronto se convirtieran en amigos y poco a poco se fue enamorando del chico. Nunca pensó que Lita también lo estaba, para ella y Matías, la muchacha era una gran amiga, como una hermana, así que sabía que nunca él se hubiese metido con la joven Kernel a menos que estuviese borracho o desesperado.
El ruido de una ambulancia trajo a la mente de Olivia su llegada al hospital. El desconocido que después supo se llamaba Tobías Hernández, un asistente de Carolina que debía llevarle unos documentos a la casa y al verla, simplemente decidió ayudarla.
Corrió junto a la camilla tratando de contestar preguntas que no tenía ni idea, no soltaba su mano y le pedía que llamara a sus padres, los dueños de Bonares Liquors. De repente sintió como la alejaban del chico, un hombre alto y con cara de total preocupación la llevó tras una puerta donde fue trasladada a otra superficie, y donde le colocaron anestesia general.
Al abrir los ojos se encontraba en una habitación blanca y su madre, Eva, le acariciaba las mejillas con tristeza, lo supo de inmediato, el bebé se había ido.
Sus palabras fueron un escape a la realidad, pero también la promesa de hacer sufrir a la pareja que provocó la muerte de su pequeño. Diez días después dejó una carta para su gran amiga Iolita contándole lo ocurrido, y prometiéndole que se cobraría las dos afrentas, no sin antes confirmarle que, si llegaba a contarle a Matías, su abuelo correría la misma suerte que Alejandro.
Apagó la colilla en el cenicero pensando que fue cruel, pero se lo merecía, incluso en ese instante saber la realidad de su matrimonio le hacía sentir alegre, la traición y la mentira no traían nada bueno y Iolita cometió las dos por quedarse con el amor de quien no era suyo.
Regresó a la alcoba para coger el celular y marcar a Lita, la voz de la mujer resonó al otro lado del auricular.
—Espero te haya gustado el vídeo que envió Karina, ya que esa es la imagen de lo que siempre debió ser.
«Desapareciste por casi cinco meses, nadie sabía de ti y yo saqué de un bar a Matías, lo que pasó siempre fue tu culpa, no la mía».
—Es fácil culpar a otro de nuestra responsabilidad, ten por seguro que cuando él se entere, tu vida habrá acabado.
Olivia cortó la llamada, no quería escuchar palabras falsas de disculpas o justificaciones de su actuación, Iolita debía llorar lágrimas de sangre por la vida de su pequeño, y destruir su futuro.
Iolita miró la pantalla al escuchar que la llamada era terminada, Olivia estaba enceguecida por el dolor, por eso no la culpaba, pero si no buscaba como detenerla, tarde o temprano se arrepentiría de las consecuencias.
Para Kernel la vida era como un juego de azar, con todo lo que había sucedido en esos años se dio cuenta que las cartas eran repartidas a cada jugador y cada uno era libre de manipularlas como decidieran. Ella eligió mal, se encaprichó y ahora estaba allí pagando las consecuencias.
La puerta se abrió y vio al médico Tappan que se asombró por encontrarla despierta, él acababa de retomar el turno, estaría de doce a doce, era de los días más difíciles por la jornada, pero tendría un día de descanso y luego volvería al turno de ocho horas, la rotación se hacía de esa manera en la clínica.
Yanni tomó los signos vitales y verificó el estado de la bolsa de suero, si todo marchaba bien, mañana le darían de alta.
—¿Por qué sigue con él? —preguntó al verla perdida en sus pensamientos.
—Costumbre, o miedo a quedarme sola —respondió ausente de cualquier emoción. Con delicadeza volteó la cara para ver al galeno—. ¿Se puede amar a dos personas al mismo tiempo?
—No señora Cortés, por un tiempo se puede creer que el corazón se ha dividido en dos y que el cariño por ambas es igual, pero al final, siempre se elige a quien más se ama, y la otra persona será quien sufra las consecuencias.
Iolita no dijo más, se acomodó en la cama y cerró los ojos, siempre lo había sabido, pero era triste que alguien se lo recordara, más cuando no sabía nada de ella. Matías jamás le perteneció, su verdadero amor fue Olivia Bonares, y ella se enamoró de una ilusión.
Yanni salió sin hacer ruido, caminó por el blanco pasillo entrando a los cuartos en los que estaban los pacientes a su cargo según la especialidad, los demás estaban siendo revisados por los internos, él daría un vistazo a cada uno de ellos una vez su ronda principal terminara, al menos no había ninguna operación programada, y con suerte tampoco tendrían emergencias que requirieran movilizar todo el personal.
A las seis de la mañana Tappan comenzó a leer los expedientes de las mujeres a su cargo, la única sin un registro anterior de ingreso era Iolita Kernel, entró los datos para revisar por la cuenta de medicina prepagada el historial, el listado comenzaba en unos años atrás, primero golpes en la cara y afectaciones mínimas, pero con el tiempo aumentaban los daños a órganos, extremidades y los sitios delataban fracturas y problemas que podrían afectar a largo plazo la visión y la audición.
El médico solicitó cita para ambos sentidos, así como una radiografía completa del cuerpo, debido a la hinchazón en el rostro, no podía asegurar que tanto la mujer de la fotografía cambió tras el maltrato, pero sin duda la sonrisa si desapareció, ya que no se encontraba en su gesto.
Iolita Kernel cumpliría veintiocho años en julio, sus ojos eran de un gris que variaba de intensidad de acuerdo con la luz y los estados de ánimo, algo característico entre los que poseían este color, así como el azul, el azabache del cabello contrastaba con el blanco de la piel, sus labios sin ser exagerados eran carnosos y su nariz recta y proporcional al resto del rostro.
Medía un metro con ochenta centímetros, era delgada, con músculos definidos y unas largas piernas que pudo ver mientras colocaba el yeso, sus cuervas no se amoldaban al cuerpo de guitarra, pero eran equivalentes a la perfección en el balance que tenía, realmente era atrayente, incluso para él, aunque no era su tipo.
El sonido del celular interrumpió su lectura, el número era desconocido, sin embargo, en su profesión lo extraño era que llegase a conocer a todos los pacientes.
La voz de quien se presentó como Carolina Manjarrez, hizo que Yanni buscara en su mente a quien conocía con ese nombre, la mujer consciente que no guardaba ningún recuerdo de ella pidió una cita en un lugar neutral, debía estar segura de que la salud física y mental de su nuera sería la mejor de ahora en adelante.
—Le tengo una propuesta doctor Tappan, si acepta le aseguro que su vida cambiará para mejorar.
Mientras Carolina explicaba a Yanni lo necesario, la enfermera contratada por Olivia aplicaba una pequeña medida de alucinógeno en el suero de Iolita. La chica no logró dormir sino bien entrada la madrugada, ahora descansaba con un sueño ligero, empero, después de unos minutos, comenzaron las pesadillas.
Caminaba por una casa iluminada, en una de las habitaciones pudo vislumbrar a una pequeña niña que lloraba mirando a todos lados. Se acercó hasta ponerse a la misma altura de ella, y preguntarle que le pasaba.
Fue en cuestión de segundos que el rostro de la menor se llenaba de sangre y las manos de Lita también, los ojos verdes aceituna de Olivia Bonares la miraban fijamente, mientras con la voz de Matías la escuchaba decir que ella era la culpable.
—Tú me mataste.