Culpas y culpables

2264 Words
Solange era demasiado suspicaz para su edad, quizás haber vivido tanto tiempo con personas adultas y envuelta en las maquinaciones de los socios, compradores y vendedores de la vinícola, hicieron que viera sombras donde aparentemente no había, o donde todo parecía bien. El viaje sorpresa de Janeth dejó a Pieter en un estado bastante vulnerable, el fuerte anciano tuvo una recaída que generó la visita inmediata de Ana Valbuena, la doctora parecía uno de los empleados exclusivos de la vinícola para aquel que la viese entrando y saliendo con tanta frecuencia de la hacienda, pero la verdad es que ella era la excuñada de Kernel. Solange se escondió lo mejor que pudo debajo del escritorio, no debía estar en la habitación de su abuelo Pieter, pero después de ver cómo lo llevaron cargado entre el Hugo y uno de los empleados, sabía que la nota que dejó Janeth era el motivo de su estado de salud. Hugo Infante alcanzó a vislumbrar una de las zapatillas de la adolescente, quiso sacarla del lugar porque no debía escuchar nada que comprometiera lo que Valbuena, Manjarrez y Pieter planearon para evitar que Iolita sufriera más de ya lo hacía, pero también para no perder la fortuna que los Kernel hicieron a través de décadas desde su llegada al país. No merecían que las manipulaciones de otras personas terminaran con el legado familiar. Ana sacó su celular y escribió un mensaje a la persona que en unas semanas llegaría a la hacienda, buscando mayor precisión, grabó un mensaje de voz explicando los síntomas y determinando la fecha en que enviaría los resultados de los exámenes que se harían en el transcurso de esa semana. La salud de Pieter le preocupaba, pero ella estaba a cargo de otros pacientes y por eso, necesitaba que agilizara su llegada. Hugo quería saber bien que era lo que tramaba ese par, cuando la vio colgar la llamada, se dispuso a ingresar; sin embargo, la voz del dueño de casa detuvo su avance y asustó a la doctora. —¿Hasta cuándo piensas seguir mirando la pantalla de tu celular? Ana suspiró ante la frase, a veces Pieter podía comportarse tan infantil como uno de sus bisnietos. Una vez la tuvo a su lado, el patriarca tomó la mano de la mujer. Ana Valbuena no solo era su médica de cabecera, era su amiga y la hermana gemela de su difunta esposa. Con sesenta años seguía manteniendo esa fortaleza de espíritu que le había permitido llegar al lugar donde se encontraba, nunca se casó, vivía para sus pacientes y la clínica que atendía casos especiales de personas de escasos recursos, una ONG que durante años pudo ayudar a demasiadas personas que estaban a punto de desfallecer. —Quédate conmigo, no quiero a un mozalbete limpiándome los mocos y el trasero —los ojos marrones le observaron con un destello de nostalgia, Ana apretó la mano de Pieter y negó con la cabeza. —Yanni fue mi alumno, es el mejor en su área —levantándose trajo a la cama los papeles por los que su amigo había tenido una recaída—. Sé que no es el momento, pero es necesario que tomes una decisión sobre esto. —No lo voy a hacer, si mi nieta... —¡No la sigas disculpando! —gritó Ana, el gesto de dolor de su amigo iba más allá de la enfermedad—. Cada noticia que tienes de Iolita es pidiendo dinero, por un pagaré que debes cubrir o por un negocio que te echó a perder. Pieter reconocía que todo era verdad, pero guardaba la esperanza de que Lita recapacitara y volviera a la hacienda a cumplir con su deber como heredera de El Edén, y dueña de la vinícola. —Sabes que esa chica te está llevando a la tumba —sentándose de nuevo, le extendió la pluma—. Si deseas salvar tu herencia, te sugiero que lo hagas. Pieter revisó el testamento. Una simple firma bastó para cambiar el destino de la fortuna Kernel. Hugo se ocultó cuando casi veinte minutos después, la médica salió cerrando la habitación del patriarca, no pasó mucho para que Solange también lo hiciera. Ambos habían escuchado la conversación y se encontraban en el mismo estado de shock, la niña desconocía por completo a la nieta de Pieter, pero Infante la consideraba su amiga y no entendía cómo había cambiado tanto. La adolescente lo observó y asintió cuando le dijo que lo siguiera, ambos caminaron en silencio hasta el balcón donde la brisa avisaba el final del verano. No demoraría en llegar Pujol y Satine, que habían llevado a Janeth al aeropuerto. —¿Por qué viajó Nela? ¡Esa mujer no merece nada de cariño o ayuda por parte de nosotros! —No puedes juzgarla, Iolita cometió un error por enamorarse de la persona equivocada. Solange bufó, no comprendía cómo la nieta de Pieter podía ser tan mala, para ella lo dicho por Ana confirmaba algo que desde hacía rato le daba vueltas en la cabeza. Muchas veces escuchó a su padre pronunciar el nombre de esa mujer y siempre iba unido a malas palabras y la visita de desconocidos que decían ser abogados. Desde hacía varios meses sola mención de Iolita le generaba una emoción que le daba dolor de estómago y un mal sabor en la boca, y así sin más, pronunció las palabras que a Infante le hicieron aceptar la cruel realidad. —Odio a Iolita Kernel, y te juró que, si a Pieter le pasa algo peor, yo seré quien le enseñe a esa mujer lo que es sufrir la muerte en vida. Abrazándola Hugo la dejó llorar, desafortunadamente, en ese instante no sabía cómo defender a la heredera de El Edén. Satine se despidió de Estefan en el aeropuerto, cogió un taxi y siguió hacia el antiguo apartamento que tenía en la ciudad. No quería volver a la hacienda, lo días se le estaban haciendo pesados, ya no comprendía a la pequeña Solange, y desde la reunión en el congreso y la conversación con Iolita, sus pensamientos la tenían intranquila. No era el mejor ejemplo de relaciones amorosas perfectas, pero quizás por haber amado como lo hizo y sufrir la muerte de su prometido, le daban las herramientas para detectar que algo andaba mal con su amiga, lo sabía porque crecieron juntas, la conocía mejor de lo que alguien más lo hizo, pero al irse con Karina tras la muerte de Alejandro, las pocas veces que se encontraron en la capital, siempre concluyeron con un disgusto y frases hirientes. Abrió la puerta de su departamento para encontrarse con la persona que menos quería ver en ese momento. —Bienvenida a tu casa Satine —saludó el detective Demian Coral, su hermano mayor—. Espero no te importe que haya traído mis cosas aquí, necesitaba un lugar para vivir mientras me mudo definitivamente. Eso no se lo esperaba, Satine Coral dirigió su mirada a los papeles que estaban sobre la mesa de centro de la sala, un acta de divorcio y una prueba de embarazo de tres meses. —Necesitas un abogado, más si el bebé que espera es tuyo. —No lo es, esa es la razón de pedir el divorcio, lleva engañándome casi un año —rio el hombre para tomar la copa que sostenía en la mano de un solo trago—. La maldita me hacía sentir como un culo cada vez que llegaba a casa por no tener dinero suficiente, y darle demasiado tiempo a mi trabajo en la comisaria, cuando en realidad era porque tenía un amante. Satine suspiró resignada, al menos no fue a la hacienda, con el problema de Iolita era más que suficiente en el plato, y no tenía que lidiar con un policía atosigándola a ella o a sus amigos para entretenerse mientras volvía al trabajo. Sacó el celular de su cartera y llamó a Pujol para informarle que por un problema familiar debía permanecer en la ciudad. Estefan sólo contestó con un «está bien», ese era otro que debía lidiar con más cosas de las que podía, y ahora que Solange cumpliría los dieciséis, la dulce niña de papá le daría más dolores de cabeza al castaño. Al volver la mirada a su hermano Damien, este encendía un cigarrillo. La carcajada provocada por la expresión que hizo generó lo que más amaba el mayor de los Coral de su hermana, un ceño fruncido y la frase entre dientes de "apaga esa porquería". Una vez apagó el cigarro, la abrazó con fuerza. —Te extrañe amor. —Vuelve a repetirlo y te aseguró que te castraré. —Vamos cariño, un poco de amor filial hace la vida más fácil —murmuró Damien dándole una palmadita en la espalda—. Eres mi hermanita, así que dejame velar por ti al menos por estos días. —Por esta noche, mañana tengo que trabajar en la hacienda. Damien asintió para ir a la cocina, colocó dos platos en la isla y procedió a servir la comida. Satine agradecía que su familia —"totalmente" funcional para la época—, aceptaba su independencia y sólo en casos especiales se reunían, no juzgaban que, a su edad, ya iba a cumplir treinta, hubiese decido no casarse sino dedicarse a su trabajo, el cual amaba y por el que estudió para convertirse en una buena profesional. Pasándole el plato a Satine, Damien vio la expresión de regocijo que hizo la pelinegra cuando llevó la primera cucharada a su boca. El fuerte sabor renovó por completo su memoria gustativa, haciendo que ambos comieran inmersos en una charla cómoda de recuerdos y momentos actuales. —De verdad fue la mejor idea que tuve volver aquí no ir a El Edén —dijo Satine limpiando su boca con la servilleta para alzar y botar los residuos en el bote de la basura para material orgánico—. Creo que deberías quedarte con el apartamento, vengo por temporadas y así no tendrás que quedarte en un hotel o comprar algo para que esa mujer te lo arrebate. —¿Tan absorbente es tu trabajo? —preguntó el castaño lavando los platos y vasos, aunque seguirían con las copas de vino que sacó de la alacena junto a la botella que quería bebieran mientras hablaban—. Ellos te pagan muy bien, tienes un cargo de “abuso y confianza”, podrán darte unos días de descanso. Satine bebió de su copa sin responderle, era consciente que Damien tenía la razón, pero trabajar mantenía su mente alejada de lo que podría causarle daño, no deseaba más noches de hombres que al día siguiente no volvería a ver, y tampoco de sueños plagados de recuerdos de la persona que murió poco antes de casarse de una sobredosis. —Debes enfrentar tu pasado, no puedes seguir huyendo al compromiso. Satine el murió porque era adicto, no por tu culpa. —Yo le di el dinero con el que compró esa porquería…si yo no hubiese presionado con que debía comprar algo mejor para la boda. —De igual manera habría conseguido el dinero —gritó exaltado Demian—. Zacarías era una persona enferma, trataste de ayudarlo, él no quiso cambiar. —¡Si lo hizo! Hacía meses que no consumía, pero yo lo presioné, lo obligué a comprometerse, a vivir la vida que yo quería, no su sueño. —¿Cuál sueño? —dijo entre risas Demian para recoger la bebida y desechar lo que quedaba en ambos vasos. Caminó hasta la alcoba que siempre ocupaba cuando estaba en el apartamento, sin embargo, antes de cerrar la puerta miró a Satine que lo seguía de cerca y con toda la intención de molestarla, soltó las palabras que esperaba al fin hicieran reaccionar a su hermanita. —Más de una vez vi a Zacarías en la calle drogándose con sus amigos mientras tu trabajabas hasta el cansancio para darle comida y vivienda —respiró profundo y terminó la historia que ella desconocía—. En esa época era un simple policía, por eso tenía que patrullar, lo vi vendiéndose por una papeleta de bazuco o de coca. —¿Por qué? ¡Por qué me lo dices ahora! —cuestionó la menor de los hermanos con ira mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. —Esa noche en la redada a una de las casas de vicio, lo encontré, yacía desnudo y con signos de estrangulamiento. Al preguntar a los que allí estaban, dijeron que tuvo un mal viaje con uno de sus amantes. Satine se derrumbó, siempre se echó la culpa de no ser suficiente para Zacarías, que la dejara de lado para irse con sus amigos, y ahora saber la verdad de su muerte, no le causaba sino un peor sufrimiento. Cada uno se encerró en su habitación sin salir en el resto de la tarde. Al día siguiente cuando se encontraron en el desayuno, el semblante de ambos hermanos era distinto. Antes de marcharse para el trabajo, Satine se volteó para abrazar a Demian y reiterar que se quedara en el apartamento. Por último, hizo lo que debió hacer hace años, sacó la caja con los pocos recuerdos que quedaban de su exnovio y las colocó en el basurero, era momento de seguir adelante. El celular sonó dando por terminada la despedida de su pasado, Satine sacó el móvil y leyó el mensaje de Estefan. «Llegó el médico que atenderá a Pieter, por favor recógelo. Su nombre es Yanni Tappan»
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