Capítulo IV: Tengo un collar maldito y un bigote.

1962 Words
        -        ¿De dónde sacaste el collar? -preguntó molesto.         -        De… U-Una tienda, ¡hip!         -        Mm, menos mal -murmuró-. Pensé que lo habías encontrado aquí en el colegio… Se parece mucho al collar de… Nada, olvídalo.         -        ¿Qué? ¡No! ¡Vamos, dime! -reclamé-. ¿Qué pasa si lo he encontrado en el colegio?         -        ¿Lo has encontrado en el colegio?         -        ¡No! ¡Hip! Por supuesto que no, ¡hip!         -        Excelente, porque, si lo has sacado del colegio, así sea del baño, de un salón o... Peor, de un bote de basura…         -        ¿Qué pasa con el bote de basura? -murmuré interrumpiéndolo. ¿Por qué tiene que poner tanto suspenso?         -        Si lo has encontrado en el bote de basura… -susurró mirando a ambos lados como si no quisiera que alguien lo estuviese espiando-. Tendrás mala suerte hasta que te deshagas del collar. Las palabras de Adam me atormentaron durante toda la clase. ¿A qué se refería con eso?           -        Es estúpido, no voy a creer que este bonito collar me va a traer mala…   ¡Pas! Sin más, caí como saco de papas al piso y encima de mis varios libros. Bien, he aquí una de las razones del por qué la gente odia los libros (no toda, claro).           -        ¡Oh! ¡Bella! Cuanto lo siento yo…         -       Descuida -murmuré con cierto dolor. Miré al chico que me había tirado y sonreí débilmente al ver su cara de susto-. Oye, enserio estoy bien. Anda, ve a tu clase… Yo me encargo de mí.         -        Pero…         -        Vamos, John -dijo Adam llegando a su lado y pasando su brazo por los hombros del chico-. Tenemos que llegar a tiempo a clase -le recordó comenzando a caminar con él. Segundos después Adam giró la cara para solamente articular las palabras: “Mala suerte”.   Solo es coincidencia Bella… Solo eso. Que te tirara, tuvieras que ir a la enfermería, te vendaran el tobillo y luego te cayeras saliendo de la misma enfermería, no es mala suerte. Que por el nuevo golpe te pusieran un parche de la nariz que más tarde se desprendería por un balonazo en Educación Física y volvieras a caerte por un rodillazo, es solo un pequeño accidente. Solo eso. Y por supuesto, Adam aparecía siempre, por ejemplo, el segundo accidente…   Ugh, por fin salgo de la pocilga de esa enfermera.         -       Mala suerte -murmuré. Pensándolo bien, tal vez el choque con el chico fue solo coincidencia, nada importante-. Si eso…   ¡Zas! Que doy de cara con el piso.           -        Auch, auch, auch, auch -me quejé-. Duele -chillé sobando mi nariz. Me puse en pie algo mareada y me agarré de la pared. Cerré los ojos para calmarme y al abrirlos encontré un charco de jugo. Bien, supongo que me resbalé.   Me tambaleé un poco y antes de que casi cayera de nuevo, un brazo me sostuvo.           -        ¿Qué te pasó, chica Disney?         -        Resbalé -susurré-. ¿Qué haces fuera de clases, Adam?         -        Iba hacia el baño, pero eso no es importante… -rio. Se aclaró la garganta y sonrió burlón-. Mala suerte -tocó la puerta de la enfermería y me dejó ahí esperando a que la enfermera abriera. ¡Y como olvidarlo! Adam también hizo su acto de aparición en Educación Física.           -        ¡Cinco vueltas a la cancha, sin quejas! -gritó molesto el profesor en dirección a unos chicos. Yo por suerte, no debía correr por lo sucedido con mi tobillo-. ¡Los chicos del equipo de baloncesto, a entrenar! -volvió a gritar. Sonreí al ver a los nombrados entrar corriendo, y solo bufé al ver a Adam entrar junto a ellos.   Observé el calentamiento de los chicos de baloncesto y reía cuando algunos chicos se caían o festejaban al encestar el balón.           -        ¡Vamos morenazo! ¡Mete ese maldito balón a la canasta! -grité. A continuación, sin recibir una advertencia, estaba agarrando mi nariz y sobándome mi cara entera.         -        ¡Mittlemark! ¡¿Estás bien?! -gritó el entrenador.         -        ¡Bella! -gritó Gastón, quien corría con las chicas ya que no estaba en el equipo de baloncesto.         -        Sí -murmuré-. Aunque me siento algo mareada, de nuevo -así es, el balón había atacado mi rostro.         -        ¡Lo siento!         -        Adam… -gruñí. Me dejé de sobar la cara y dirigí mi mirada hacia él, este sonreía inocentemente mientras se rascaba la cabeza-. Hijo de…         -        ¿No quieres ir a la enfermería? -dijo el entrenador agarrándome la cara y revisando cada centímetro de ella.         -        No, estoy bien y… ¡Auch! -chillé, el balón me había golpeado nuevamente, pero esta vez en la rodilla-. ¡A la maldita canasta, Adam! ¡La canasta! ¡No yo!         -        ¡Lo siento! -río con sinceridad por primera vez. Continuó jugando y solo una vez se detuvo para mirarme y articular las palabras: “Mala suerte”.         -        Tal vez le caes mal -murmuró el entrenador sentándose a mi lado y tendiéndome una bolsa con hielos que algún jugador le dejó.         -        ¿A él? -señalé a Adam-. No, solamente me golpea para que crea que tendré mala suerte.         -        ¿Mala suerte?         -        Sí, por esto -le mostré el collar-. Adam dice que está maldito…         -        Oh, creo que lo he visto.         -        ¿Eh? ¿Dónde? Será… ¿En un bote de basura?         -        Oh, sí -asintió.         -        Ay no… -murmuré asustada-. Ahora vuelvo entrenador -le dije.   Salí corriendo para deshacerme de ese estúpido collar maldito. Solo esperaba no lastimarme más… Y… No pude deshacerme de él, cuando estaba por tirarlo, recordé que debía mantener mi orgullo, si lo tiraba parecería que le había hecho caso a Adam, y yo no quiero eso. Una clase más y podré descansar un rato. Una clase más y puedo saltarme dibujo para irme a casa. Solo debo pasar por la clase de matemáticas. Vamos, yo puedo. Entré al salón de matemáticas y me senté en el lugar que el Sr. Jeff me había asignado, o sea en el centro del salón alejada de la mayoría de las personas con las que me gusta hablar… O sea, todos.           -        Entonces… Empezamos -anunció el profesor-. Les pido que presten mucha atención a esta clase, ya que les ayudará a pasar su examen final… A menos que quieran hacer un examen de Química -sonrió burlón. Yo creo que mejor empiezo a estudiar Química.         -        ¿Examen de Química? -preguntó una chica al fondo.         -        La institución decidió hacer una prueba general a aquellos que no pasen el año para decidir si darles la oportunidad de continuar o no en nuestro establecimiento -explicó-. En fin, la clase pasada estábamos en…   Y me quedé dormida. Oigan, he tenido el día más asqueroso y odioso de mi vida. Merezco un pequeño descanso.           -        Maldito frío -murmuré-. Debí traer una chamarra -continué caminando y paré al toparme con un ciervo. Se me quedó viendo fijamente y se acercó obligándome a retroceder.         -        Bella, despierta ahora -dijo el ciervo. Como cualquier ser humano haría si un ciervo o cualquier otro animal le hablara, grité>>.           -        ¡Señorita Mittlemark! -gritó el profesor despertándome-. ¿Por qué demonios grita? -lo miré confundida. ¿Yo? Más bien, ¿por qué me grita él? El maestro volteó y de la nada se empezó a reír. Después de unos segundos se aclaró la garganta aguantando la risa-. ¿Quién lo hizo?         -        ¿Quién hizo qué? -murmuré. Entonces… Caí en cuenta de lo que estaba pasando. Tenía la cara pintada, ¿verdad?-. Oh vamos, creí que nos caíamos bien -exclamé en voz alta para todos-. ¿Quién fue? -reí. ¿Qué si estoy enojada? No, eso es poco.   Descubrir el autor de esta “bromita” fue sencillo. El salón entero delató al delincuente. Los chicos se empezaron a mover hasta dejar un camino hacia el chico que siempre se sienta al fondo, Adam.           -       Creí que te verías bien con bigote -sonrió con hipocresía-. Pero ahora veo que me equivoqué, terrible. Oh, el tener solamente una ceja no te queda -me guiñó el ojo y regresó su vista a su libro.         -        Por eso te odio…         .        Señorita Mittlemark, por favor vaya a lavarse la cara -me ordenó el profesor-. Y usted, eh, señor…         -        Dígame Adam.         -        Adam, espero que lo chistoso se te quite yendo a la dirección.         -        De acuerdo -bufó. Caminó hacia la puerta y se giró para hablar-. Aunque la verdad, no es mi culpa que ella se esté durmiendo en su clase -sonrió a medias enfadado y salió.         -        Bien, yo… Iré a lavarme la cara -reí nerviosa.   ¿Por qué Adam siempre es tan… Adam? ¿Por qué sus sonrisas llenas de arrogancia, hipocresía, burla y odio? ¿Debería enseñarle a sonreír? Cientos de preguntas pasaban por mi mente cuando iba de regreso a clases.           -        Seguro sabe cómo sonreír bien, solo debo darle un empujón -murmuré.   Yo en esos momentos estaba tan concentrada en la sonrisa de Adam que no me fijé en el maldito letrero de “cuidado, está mojado” y tampoco me fijé en el piso mojado… Por lo que resbalé.           -        ¡Auch! -lloré. Me dolía mucho esta vez mi tobillo.         -        ¿Bella?         -        Adam… ¿No entraste a la dirección? -le pregunté mientras masajeaba mi tobillo.         -        Sí, el director estaba ocupado y me dijo que sea lo que haya hecho iba a recibir mi castigo pronto.         -        Oh… -murmuré. Hubo un silencio incómodo y cuando Adam estaba por irse decidí pararme, o bueno… Al menos intentarlo-. Ugh, ¿Adam?         -        ¿Qué? -preguntó volteándose.         -        ¿Me ayudas? -sonreí nerviosa y alcé mis brazos.         -        ¿No puedes pararte?         -        No… Yo, me resbalé…         -        Sí, te vi.         -        ¿Eh?         -        Vi cuando te caíste -suspiró. Se agachó a mi lado y revisó mi tobillo-. Creo que es un esguince… -susurró-. Bien, será mejor que llames a un doctor. Nos vemos luego -se despidió.         -        ¿Eh? ¿Me vas a dejar aquí? -chillé-. ¿Podrías acompañarme a casa? -pedí.         -       Tengo cosas que hacer, no pienso desperdiciar este día tan importante en ti.         -        Bah, ¿por favor? -rogué-. Enserio no puedo caminar…         -        Lo sé.         -        ¿Entonces? -pregunté. Adam suspiró cansado y se agachó frente a mí.         -        Sube a mi espalda -indicó.         -        Bien -sonreí. Apoyé mis manos en sus hombros y me pegué a él para poder enrollar mis piernas en su torso-. Listo.         -        De acuerdo, ¿dónde vives?         -        ¿Conoces Esplanade?         -        ¿Vives en Esplanade? -exclamó abriendo los ojos con sorpresa.         -        Pues… No, vivo en el pueblo que está a su lado -murmuré. Esplanade era una de las zonas más ricas de Estrasburgo, sin embargo… Yo vivo en Forêt Noire, un hermoso y pequeño barrio.         -        ¿En qué lugar? -insistió irritado.         -        …F-Forêt Noire.         -        No lo conozco.         -        Eso dicen siempre -reí.   Adam me llevó en su espalda un buen rato y nos detuvimos en el pequeño parque que había cerca del colegio. Supongo que después de todo, Adam no es tan grosero, claro, a su manera.     Escena extra: Adam estaba recargado en la pared cerca de la dirección, ni loco entraría ahí, no después de los ruidos que escuchó cuando iba a entrar. Al parecer el director se estaba divirtiendo con su ex esposa, la enfermera.           -        Seguro sabe cómo sonreír, solo debo darle un empujón -murmuró una chica mientras caminaba perdida en sus pensamientos. Adam abrió los ojos exageradamente cuando vio que era Bella y que estaba por pasar por el piso resbaloso.         -        Be… -Adam no fue capaz de advertirle sobre el piso, solamente alcanzó a ver como Bella resbalaba y caía al piso.   Pensó en acercarse a Bella y ayudarla, pero se negó, ¿por qué debería? El no ganaba nada.           -        Auch… -se quejó. Adam suspiró dándose por vencido y se dejó ver.         -        ¿Bella?
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