Capítulo V: Perdida y Encontrada.

2816 Words
        -        Ni siquiera sé por qué hago esto -bufó Adam.         -        Porque te caigo bien -sonreí-. Oh, y también porque por tu culpa no puedo caminar.         -        ¿Por mi culpa?         -        Así es, ¿crees que soy tonta? -pregunté algo molesta-. No, no contestes. Sé que dirás sí -bufé-. Todo lo que supuestamente me había pasado por mala suerte, lo hiciste para engañarme.         -        No -dijo burlón-. La resbalada de hace un rato no la planeé, esa sí fue mala suerte.         -        Bah, como sea.   ¿Cómo habrá planeado todo lo demás siquiera? Continuamos el camino a mi casa en silencio. Al pasar vi varios globos rojos, rosas o blancos. También había cientos de chicos abrazándose y besándose. Entonces recordé, hoy es catorce de febrero, el día en el que todos festejan al tener amigos o pareja.           -        Oye… ¿Quieres ir a comer conmigo? -pregunté.         -        ¿A comer? ¿Contigo?         -        Oh, bueno, si es que no tienes planes con una chica o algo así, amigos y eso.         -        ¿Chica? ¿Amigos? -preguntó viéndome como si estuviera loca. ¿Acaso no es normal para el que le pregunten por su chica o por sus amigos?-. Ah, ¿lo dices porque hoy es el día del amor y la amistad? -dijo burlón-. Así que, tu forma de reponer mi catorce de febrero, ¿es invitándome a comer…contigo?         -        Pues olvidé traerte tu regalo… ¡Hip! -obviamente ese regalo no existía. ¿Cómo iba a considerarlo mi amigo? Me reí al ver su cara de incomodidad-. Era bro…         -        ¿Por qué me darías un regalo? -me interrumpió.         -        Porque somos amigos, ¿no?         -        No, no lo somos y tampoco lo seremos.         -        Entonces… Supongo que no querrás ir a comer conmigo.         -        Así es, además no tengo hambre.         -        ¿No tienes…? -antes de que pudiera terminar, su panza lanzó un gruñido.  Me ataqué de risa y aplaudí tratando de recuperar la respiración ¡Eso había sonado como un oso!         -        Yo…         -        ¿Seguro que no tienes hambre?         -        Sí -contestó. Otro rugido sonó-. Bueno, tal vez un poco, pero eso no significa que vaya a comer contigo.         -        ¿Por favor? -pedí sonriente. Creo que era más que seguro que comeríamos juntos, pero parecía que Adam disfrutaba que le suplicaran. Que mimado.         -        No -gruñó.         -        Y te compro un globo…         -        No quiero un globo.         -        ¿Un chocolate? Nadie se puede negar a un chocolate…         -        Pues yo sí. No quiero un chocolate.         -        ¿Un helado? ¡No! ¡Dos helados! -Adam pareció reconsiderar mi propuesta.  Por favor, este chico en serio que es difícil. ¡Si no acepta en definitiva terminaré por darle una buena patada!         -        ¿Dos?         -        Sí -asentí-. Dos helados…-sonreí. Ya lo tenía atrapado. Nadie puede negarse a mis ofertas.         -        ¿Del sabor que yo quiera?         -        Yep, del sabor que tú quieras…         -        Bien.         -        ¿Enserio? -chillé. ¡Bingo!         -        Sí, enserio.         -        De acuerdo, vamos a comer -sonreí-. Pero… ¿Me cargas? Aún me duele el tobillo.         -        No, ya voy a comer contigo, ¿ahora quieres que te cargue?         -        Por favor -le rogué jalando su brazo.         -        No.   Apreté mis puños conteniendo las ganas de golpearlo fuertemente. ¿Íbamos a iniciar otro debate? No me sorprende que con tal actitud le sea difícil hacer amigos. Pero, una vez más me pregunto, ¿Qué demonios le ven las chicas que no sea su físico?           -        Ándale, o no vamos a comer. Es San Valentín, y por tus desastres no pude irme con mis amigos -me crucé de brazos.         -        Excelente, dos pájaros de un tiro.         -        No, no “dos pájaros de un tiro”, te quedarías sin tus helados…         -        Puedo comprarme los helados que yo quiera.         -        Entonces, ¿por qué me haces comprarte dos helados a cambio de que comas conmigo? -lo miré disgustada. ¿Por qué si quiera me esfuerzo en pedirle esto?         -        Porque así no gasto dinero…         -        Adam… -bien, si no acepta esta oferta, está frito.         -        ¿Qué? -dijo exasperado.         -       Te compro tres helados…         -       Hecho -contestó rápidamente. Adam se paró y sin avisarme me alzó.         -        Oye, ¿por qué no mejor voy en tu espalda?         -        No quiero terminar con problemas en la columna a una edad tan temprana -bromeó-. Y también porque es más cómodo para mi -supongo que no le debe agradar poner sus manos en mis piernas…         -        Oh, de acuerdo -murmuré.  Tardé unos minutos en saber dónde acomodar mis brazos. Podía ponerlos en su cuello, también en su torso o… dejarlos colgados. Al final me decidí por dejarlos al aire, o sea, colgando.           -        Enreda tus brazos en mi cuello -dijo Adam sin expresión alguna-. Pareces muerta y la gente me empieza a ver raro.         -        Oh, está bien -reí-. Todo para que no crean que me has asesinado.         -        Así es…   Llegamos a un puesto de tacos después de dar vueltas porque no logré recordar donde estaba el restaurante al que quería llevar a Adam. Había comida de todo el mundo: tacos, hamburguesas, pizza, panqueques y demás. Ambos pedimos y yo acordé pagarlo todo… Sin saber que Adam era un jodido tragón con cuerpo de anoréxico. ¿Será que tiene algún tipo de problema así?           -        Alguien si tenía hambre -me burlé.         -        Cállate -bufó mi acompañante.         -        De acuerdo.   Me encantaría decir que comimos entre risas y momentos felices, pero fue todo lo contrario. Adam me regañó porque sin querer me limpié las manos en mi pantalón, también por sorber mi bebida al terminármela y al final solamente me regañó por comer poco.           -        Es imposible comer contigo -me regañó-. Como sea, te espero en el puesto de helados que está por allá -señaló a su derecha y antes de que pudiera reclamarle, se fue.         -        Demonios, espero que tenga dinero suficiente -hice una mueca-. Y todavía me faltan sus helados lloriqueé.         -        ¡Oye, Bella! -gritó Adam mientras regresaba.         -        ¿Has venido a ayudarme con la cuenta?         -        ¿Qué? No, venía a decirte que quiero un helado de limón, otro de vainilla y el último de fresa y moras.         -        Ugh, ya voy… Oh, pero, ¿me cargas para poder ir?         -       ¿Ya se te hizo costumbre? No -sonrió burlón-. Te espero allá.         -        Maldito.         -       Son dieciséis con doce -me dijo el señor.         -        De acuerdo -murmuré desanimada.   Después de entregarle mi dinero, salté en un pie hasta el puesto de helados.           -       ¡Adam! -dije tratando de calmar mi respiración.         -        ¿Mm?         -        Ya llegué…         -        No me digas, no me había dado cuenta -exclamó con sarcasmo-. Si no me dices yo ni enterado -rodó los ojos.         -        Ya entendí, ya entendí -ambos nos quedamos en silencio.         -        ¿Y?         -        ¿Y qué?         -        ¿Mis helados?         -        Oh, cierto… Iré por ellos.         -        Anda.   Arrastré esta vez mi pie (puesto a que era más fácil que brincar en un pie) y llegué a la caja para ordenar. Había una chica de cabello n***o atendiendo y a su lado otra chica, quien servía los helados.           -        Buenas tardes, ¿qué desea?         -        Helados…         -        Sí -se aclaró la garganta-, pero de qué sabor…         -        Ah, uno de limón, otro de vainilla y uno de fresa con moras…         -        Entiendo, enseguida le entregamos sus helados.         -        Gracias -¿por qué no deja de mirar a Adam?         -        Son tres con setenta euros.         -        Sí -asentí-, antes de pagarle… Me encantaría hacerle una pregunta, ¿puedo?         -        Dígame…         -        ¿Qué le ve a ese chico que está por allá? -señalé a Adam.         -        Oh, yo… No me malinterprete, no estoy interesada en su novio -contestó asustada-, o en algún chico.         -        ¿Eh?         -        Pues, su novio es muy buena persona, solo estaba viendo como ayudaba a esa señora a calmar a su bebé…         -        ¿Qué? -murmuré. Me giré hacia Adam quien tenía en brazos a un bebé y le hacía muecas para que esta riera.  ¡Ja! ¿Él solo es amistoso con bebés?           -        Si, eh, bueno. Su orden está lista.         -        Oh, si… Gracias. Aquí tiene el dinero.         -        Gracias por su compra.         -        Gracias a usted… -suspiré. Estaba por llegar a donde estaba Adam cuando recordé que la chica lo había nombrado mi novio. Como la chica infantil que soy, regresé para aclarar el malentendido.         -        Oh, regresó -sonrió la chica.         -        No es mi novio -negué-. Si quiere hasta se lo regalo.         -        Eh, no… ¿Por qué querría regalarlo? ¿Está bien?         -        Yo… A-Adiós.   Caminé hasta Adam aguantando mi dolor en el tobillo y concentrándome en que los helados no se me cayeran. Ignoré las palabras de la chica de pelo n***o de la heladería y me recordé que Justin Bieber y yo aún teníamos una oportunidad, y si no, con Niall Horan.           -        Eres más amigable con el bebé que conmigo  -le susurré a Adam al oído. El dio un brinco asustado y el bebé rio. La madre del bebé también sonrió, se veía tan desgastada y sus ojeras colgaban debajo de sus ojos.         -        Tú eres molesta, el bebé no -bufó. Besó la frente del bebé y lo acomodó en la carriola que estaba al lado de la señora.         -        Gracias suspiró la madre del niño. Tomó la carriola y se alejó canturreando una suave canción para su bebé.   Hice una pequeña mueca. El amor de esa madre por su bebé debía ser muy especial. ¿No lo debería ser el de todas las madres? Sacudí mi cabeza alejando todo pensamiento.           -        Así que… ¿Te gustan los bebés?         -        Solo estaba ayudando a la señora… El bebé no paraba de llorar y ella estaba volviéndose loca. Me pareció correcto ayudarle.         -        Aw, ¡Adam al rescate!         -        Ya cállate.         -        Ay… Bien, ahora, es momento de que seas bueno conmigo y me ayudes con los helados porque se me van a caer.         -        ¿Los compraste ya? -dijo mientras tomaba con cuidado dos helados-. Me refiero a que, en lugar de comprar uno por uno, compraste los tres de una vez…         -       Ajá.         -        ¿Esperas que me los coma todos ya? Se van a derretir.         -        Oui, cómelos todos ya si no quieres que se derritan, genio.         -        Por eso no soy amigable contigo.         -        … ¿Porque te compré tres helados?         -        Sí.         -        Si yo le comprara tres helados a Gastón, me amaría.         -        ¿Más de lo que ya te ama? ¾preguntó mientras lamía su helado de limón.   ¿Amarme? Pensé en mi amigo gigantón y de cuerpo flácido. Si lo ponía de ese modo, muchas cosas cobraban sentido, como las declaraciones de amor que me hacía cada mes. Oh no, yo siempre creí que eran de broma. ¿He estado diciéndole que es como un hermano cuando yo le gusto? ¿Qué?           -        ¿Qué?         -        Sí -dijo concentrado comiendo sus helados-. Le gustas a ese amigo tuyo… Gabriel, Ganchón, Garrón… ¿Garret? Acabas de decir su hombre.         -        Gastón -bufé-. ¿Le gusto a Gastón?         -        Oye, ¿no quieres el helado de vainilla? No me lo voy a terminar, y bueno, como es tu dinero…         -        No me gusta el helado, solo las paletas de hielo.         -        ¿Qué demonios eres? -preguntó viéndome como si fuese todo menos humano.  Típica reacción.         -        Soy Barney.         -        Eso explica por qué estás rellenita.         .        ¿Me acabas de llamar gorda?         -        Mm… De cierta forma, puede ser que… Sí.         -        ¿Cómo te atreves? -gruñí.         -        Es la verdad, aunque…         -        No, no me refiero a eso. Bueno sí, pero aparte, ¿cómo te atreves a cambiar de tema tan fácilmente?         -        Oye, puedo ver que no quieres hablar de los sentimientos de tu amigo Garret…         -        Gastón -le corregí.         -        Ese, así que… Si no quieres no veo la necesidad de hablar de ello.         -        Gracias -suspiré-. Siento arruinar tu San Valentín.         -        Disculpa aceptada.         -       ¡Oye! Se supone que debías decir: “No lo has arruinado, de hecho… Ha sido el mejor San Valentín de todos”.         -        ¿Entonces debo mentir? El mejor San Valentín que he tenido ha sido con muchas chicas a mi alrededor -sonrió. Realmente dudo que, siendo como es, haya tenido un San Valentín con muchas chicas. Presumido.         -        ¿Quién eres y qué le hiciste a mi pequeño hijo de perra?         -        ¿Tu pequeño hijo de perra?         -        Ajá…         -        ¿Soy tu pequeño hijo de perra?         -        No mío, mío, pero sí.         -        En tus sueños seré tuyo.         -        No, eso sería en mis pesadillas -reí-. Oye, ya sé… Puedes escoger cualquiera de las chicas que están solas por aquí y salir con una de ellas.         -        No gracias, no me voy a arriesgar a s-ser violado o secuestrado.         -        ¿Por una mujer? -su semblante se volvió serio, pero solo bufó.         -        Oye, las mujeres también violan y secuestran.         -        Oh.         -        Sí, ‘oh’. Eso fue incómodo.         -        ¿Te das cuenta de que cambiamos muy rápido de tema sin darnos cuenta?         -        Sí -contestó. Adam tomó su último helado y, a pesar de que prácticamente ya era agua, se lo comió y bebió sin problema.   Maldito llorón.           -        ¿Ves? Te los has acabado sin problema.         -       Si, aunque no pude disfrutarlos bien.         -        Bueno. Y… ¿Cómo acostumbras pasar San Valentín?         -        Nada de temas familiares chica Disney.         -        Oh, ya veo, ¿San Valentín incluye a tu familia? ¿Hacen alguna mega fiesta o algo así?         -        Bella, basta.         -        Lo siento, siempre hablo de más. Pero… Descuida, si tus papás fallecieron, todo va a estar bien. Puede ser difícil, y seguramente debes extrañarlos mucho, es normal… ¿Quién no extrañaría a sus padres? Es decir…         -        ¡Ya cállate, Bella! -gritó. Todo el parque se calló.         -        Lo siento.         -        ¿Nunca sabes cuándo parar?   Me encogí en mi lugar. Adam es bien conocido en la escuela por su actitud explosiva. No es sorpresa que los de grados menores le teman, era difícil verlo sin hacer un escándalo porque alguna chica lo andaba molestando o un par de chicos quisieron jugarle una broma. De ahí en fuera, Adam parecía no existir. Deambulaba por los pasillos como fantasma.           -        Lo siento.         -        Siempre te disculpas, como si eso sirviera de algo para tanta tontería que dices. ¿Tu padre nunca te ha puesto el ejemplo del vaso roto?         -        No…         -        A ver, si rompes un vaso y le pides perdón, ¿se arregla?         -        No.         -        ¿Entonces?         -        ¿Entonces qué? -sonreí.         -        Adiós Bella -suspiró Adam.         -        ¿Qué? ¿A dónde vas?         -        A mi casa, está lejos y no pienso atrasarme por alguien como tú.   ¿Qué? Pero estoy lastimada, ¿de verdad es tan cruel para dejarme aquí. Si no se explica, ¿cómo sabré qué dije mal?           -        ¿Y cómo voy a llegar a mi casa?         -        No lo sé, de tantas malditas cosas que tu boca dice, debe salir una idea -sonrió con hipocresía.         -        Adam…         -        Nos vemos, Bella -dijo antes de darse la vuelta y desaparecer caminando. De verdad es muy cruel.           -        ¿Y ahora qué hago? .susurré. Comencé a caminar ignorando el dolor que sentía en mi tobillo y las veces que se me doblaba por pisar mal.   Tres o cuatro horas después, no estoy segura, perdí el camino a casa. Un trueno resonó por toda la ciudad, varias gotas comenzaron a caer del cielo y la gente apresuró el paso. Me quedé parada donde estaba y después me tiré ahí mismo. En algún momento mi zapato había creado una cortada en mi tobillo, y este sangraba exageradamente.           -        Estoy perdida -murmuré.         -        No, yo ya te encontré.   Escena extra: Adam se alejó molesto por… ¿Por qué? Ni el mismo lo sabía. Su familia es un tema delicado, ni siquiera deja que Sandra (su única amiga con la que seguía en contacto), mencione a sus padres. Para Adam… Ellos están muertos.           -        ¿Por qué demonios no puede cerrar la boca? -gruñó.   Un rayo iluminó el cielo seguido por un trueno. Varias gotas cayeron y Adam corrió para esconderse debajo de una carpa, la cual quitaron segundos después. Cansado caminó para sentarse en unas escaleras sin importar que el agua lo estuviese empapando. > recordó la voz de aquella niña pelirroja que alguna vez adoró.
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