La lluvia seguía cayendo con desgano cuando Greta se levantó de la cama. Había pasado horas allí, recordando, llorando en silencio. Pero ya era suficiente. No podía seguir escondiéndose.
Abrió el armario y buscó un vestido n***o. Era sencillo, sin adornos ni encajes. No porque guardara luto por Ludovico, sino porque sabía que de ese modo pasaría desapercibida. Nadie se atrevería a preguntarle nada, nadie intentaría acercarse a una viuda vestida de luto.
Se peinó deprisa, recogiendo su cabello en un moño bajo. Tenía el rostro pálido, los ojos hinchados. Pero no le importó. Bajó las escaleras sin decir una palabra a nadie y tomó un coche hacia el orfanato.
Durante el trayecto, su corazón latía con fuerza. No de miedo… sino de impaciencia.
Había esperado tanto por ese momento.
Por fin podría recuperar a su hermana. La única persona por la que había resistido todo ese infierno. Ludovico siempre la había despreciado. Nunca se refería a ella por su nombre. Solo la llamaba esa mocosa. Y como él pagaba una generosa cuota al orfanato, allí se hacía lo que él decía.
Nunca le permitieron acercarse demasiado, solo cartas, visitas fugaces, vigiladas. Eso cambiaría ahora.
Al llegar, Greta bajó del coche sin paraguas. La lluvia le caló la ropa, pero no se detuvo. Caminó firme hasta la puerta principal. La Madre Superiora la recibió en el vestíbulo con una expresión tensa.
—Señora Ferrara —saludó sin sonreír—. Lamento la pérdida de su esposo.
Greta no respondió esa hipocresía.
—Vengo por mi hermana —dijo de inmediato—. Quiero avisarles que en cuanto se lea el testamento me haré cargo de ella. Prepararé todo para su custodia.
La monja la miró en silencio unos segundos. Bajó la voz.
—Me temo que eso no será posible, señora.
Greta frunció el ceño.
—¿De qué habla? Ludovico está muerto. Yo soy su esposa, su heredera. No hay nadie más que pueda decidir sobre ella.
La Madre Superiora se acercó un poco más y dijo en un tono seco:
—Usted no es libre para decidir. La custodia de la niña… ahora depende de su nuevo esposo.
Greta sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Mi… qué? —balbuceó.
—Su nuevo esposo —repitió la mujer con frialdad—. Así está dispuesto en los documentos que firmó al casarse con Ludovico Ferrara. No tiene autoridad para reclamar a la niña. La decisión recae sobre él.
Por un momento, Greta no supo qué responder. Se quedó allí, de pie, sin entender del todo.
—¿De quién me está hablando? —preguntó finalmente, con un hilo de voz.
—De Massimo Ferrara.
A Greta se le heló la sangre.
Massimo.
Nadie pronunciaba ese nombre en la casa Ferrara.
Todos le temían. Había oído cosas horribles. Incluso Ludovico, con todo su poder, bajaba la cabeza cuando se mencionaba a su hermano menor.
Massimo Ferrara era un demonio disfrazado de hombre.
La Madre Superiora observó su expresión y soltó un suspiro.
—Le aconsejo que no discuta conmigo, señora. No ganará nada haciéndolo.
Greta se apartó sin decir más. El pecho le pesaba. Apenas podía respirar. Salió del orfanato bajo la lluvia, empapándose hasta los huesos. El conductor la esperaba al pie del coche.
—¿Todo bien, señora? —preguntó con cautela.
Greta negó con la cabeza.
—Llévame a casa.
Durante el camino, su mente iba a mil.
¿Qué significaba todo eso?
¿Por qué Massimo?
¿Cómo era posible? Y entonces lo recordó. Aquel contrato nupcial.
Lo firmó sin leer, porque Ludovico la obligó. Solo quería que se casara rápido, sin preguntas, sin condiciones.
Se mordió los labios.
Maldita ingenua.
Dejó pasar las horas. Cuando el reloj marcó las cinco de la tarde, se presentó en el estudio de la mansión Ferrara.
Estaba puntual. Vestida de n***o, destrozada por dentro, pero sin perder la compostura.
El abogado llegó minutos después.
—Señora Ferrara —saludó con una leve inclinación.
—Le agradecería que fuera breve —dijo Greta con voz firme—. No quiero perder tiempo.
El hombre asintió, sacando unos papeles de su maletín.
—Por voluntad del difunto Ludovico Ferrara, en calidad de heredero universal, y según lo estipulado en actas firmadas y legalizadas en presencia de notario… todos los bienes materiales, propiedades, cuentas y sociedades quedan a disposición de Massimo Ferrara. Asimismo —hizo una pausa, leyendo con mayor cuidado—… Su esposa legal, Greta de Ferrara, pasará a ser, desde la fecha de fallecimiento de Ludovico Ferrara, esposa legal y legítima de Massimo Ferrara.
Greta se quedó helada.
El abogado continuó.
—Señora… usted firmó este anexo el día de su boda, como condición de su matrimonio. Está aquí su firma.
Le mostró la hoja.
Greta la reconoció al instante. Su rúbrica estaba allí, impresa en tinta negra.
—No… —susurró.
El abogado la observó con una mezcla de incomodidad y resignación.
—No existe laguna legal. Ni posibilidad de anularlo. Era parte del acuerdo nupcial. En caso de fallecimiento de Ludovico Ferrara, usted pasaría a ser esposa de su hermano menor.
El nombre volvió a retumbar en su cabeza como un eco maldito.
Massimo Ferrara.
Greta sintió que las piernas le flaqueaban.
—¿Y… y si no acepto? —preguntó con la voz temblorosa.
El abogado la miró con dureza.
—No es una opción, señora. Está legalmente unida a él desde el momento en que Ludovico fue declarado muerto.
El silencio se hizo pesado. La lluvia golpeaba los ventanales. Greta apenas podía respirar.
Si Ludovico fue un infierno… Massimo sería algo peor.
Peor que la muerte.
Se llevó una mano al pecho, sin poder evitarlo. El corazón le latía desbocado.
El abogado cerró el testamento con un chasquido seco.
—Eso es todo por hoy.
Greta no dijo nada. No podía. La garganta le ardía, como si hubiese tragado cristales.
Se quedó sentada en ese despacho oscuro, rodeada de retratos de los Ferrara, mientras una certeza helada le recorría todo el cuerpo.
Definitivamente, Greta había salido de un infierno… para aventurarse en otro. No cabía duda.
…
La mansión Ferrara se sentía aún más fría esa noche. Los largos pasillos oscuros, las cortinas pesadas, las lámparas viejas que parecían parpadear con cada ráfaga de viento. Greta estaba sentada en el borde de su cama, con las manos entrelazadas, mirando hacia la ventana cubierta de lluvia. El aire olía a humedad y encierro.
No había paz. Ni siquiera ahora.
Había imaginado que, con Ludovico muerto, su tormento acabaría. Había soñado con ese día tantas veces. Y sin embargo, aquí estaba, atrapada de nuevo. Como una marioneta que cambiaba de manos.
«Debo huir…»
La idea le cruzó la cabeza una y otra vez. Podría salir en medio de la noche, tomar las joyas que aún guardaba en una caja de madera y escapar por los establos traseros. Tal vez sobornar al chófer. Tal vez pagarle a alguien para que la llevara lejos, hasta un puerto. No era imposible.
Pero entonces, como una cruel cadena que la sujetaba al suelo, el rostro de Clara aparecía en su mente.
Su hermana. Era su única razón.
Ella seguía en ese orfanato maldito, bajo las órdenes de quien ahora decidía su destino: Massimo Ferrara.
No podía dejarla atrás. No podía salvarse sola. Era impensable.
Greta se cubrió el rostro con las manos.
—Dios mío… —susurró entre dientes—. ¿Qué hice para merecer esto…?
El reloj marcó las once.
Y entonces, un sonido la sacudió de golpe.
La puerta principal se abrió de par en par y un portazo violento, retumbó en toda la casa.
Greta se quedó inmóvil. El corazón se le subió a la garganta. Ese sonido… era inconfundible. Exactamente así solía llegar Ludovico.
Furioso e impaciente. Primero el eco de las botas sobre el suelo, luego el crujido de la puerta al cerrarse de un golpe.
El terror la invadió.
Instintivamente, se deslizó de la cama y se arrodilló sobre la alfombra, frente a la puerta de su habitación.
Bajó la cabeza. Cruzó las manos sobre su regazo. Así era como Ludovico la obligaba a recibirlo. Humillada y sumisa. Sin alzar la vista.
Los segundos pasaban lentos.
Se escuchó el eco de los pasos acercándose. Pesados y firmes pero sin prisa. Como un animal acechando a su presa.
El pomo de la puerta giró.
Greta contuvo la respiración y cerró los ojos. El miedo le quemaba la piel.
La puerta se abrió.
Los pasos entraron en la habitación. Y entonces, una voz áspera, grave, distinta a la de Ludovico, habló:
—Levanta la cabeza.
Era una orden. No una sugerencia.
Greta dudó.
No quería hacerlo.
Pero sabía que negarse sería peor. Así que obedeció. Lentamente, alzó el rostro. Y lo vio.
El gran Massimo Ferrara.
El hombre que estaba frente a ella era más alto. Amplio de hombros y de brazos largos, marcados por tatuajes oscuros que le cubrían la piel desde las muñecas hasta el inicio del cuello. Sus ojos… uno verde, el otro marrón.
Una cicatriz le atravesaba la ceja derecha, dándole un aire fiero y salvaje.
Llevaba el cabello n***o, prolijo, peinado hacia atrás. Tenía la mandíbula afilada. Y a diferencia de Ludovico, no llevaba barba. Su rostro era limpio, pero no por eso menos temible.
Vestía un abrigo n***o, largo hasta las rodillas. Bajo él, una camisa impecable y pantalones oscuros. En la mano izquierda sostenía un cigarro apagado.
La habitación se llenó de su presencia.
Greta sintió cómo todo su cuerpo temblaba.
Él dio un par de pasos más y se inclinó un poco para quedar a su altura.
—Así que tú eres mi esposa —murmuró con una media sonrisa torcida.
Greta tragó saliva.
No supo qué decir.
El hombre la observó en silencio unos segundos más. Luego se incorporó y caminó hacia la ventana. Apartó un poco la cortina, mirando la noche lluviosa.
—Pensé que encontraría algo más… —hizo una pausa, y giró la cabeza para mirarla—. No sé… menos asustado.
Greta quiso hablar. Pero no le salieron palabras.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, aunque ya lo sabía.
—Greta… —susurró ella.
Él asintió despacio.
—Greta —repitió, probando su nombre como si fuera una amenaza.
Se giró completamente hacia ella y soltó:
—Yo soy Massimo Ferrara. El nuevo dueño de tu vida.
Massimo se acercó de nuevo y la rodeó, caminando en círculos alrededor de ella, como un depredador examinando a su presa.
—He escuchado cosas de ti… —murmuró—. Que eras buena para obedecer. Que sabes cuál es tu lugar.
Greta bajó la mirada, intentando no romperse.
Él se agachó junto a ella, alzándole el mentón con dos dedos.
—Bien —dijo, sus ojos heterocromáticos brillando con amenaza—. Me gustan las mujeres que saben lo que se espera de ellas.
La soltó y se puso de pie.
—Desde ahora —añadió—. No respires sin que yo lo permita.
Y sin esperar respuesta, salió de la habitación, cerrando la puerta de golpe.
Greta se quedó allí, de rodillas, temblando.
Lo peor de todo, lo supo en ese instante, Massimo Ferrara no necesitaba gritar para aterrorizar. Su sola presencia helaba la sangre.
Greta apretó los ojos y las lágrimas rodaron por su rostro.
Sabía que debía mantenerse viva por Clara.
Y porque el infierno que acababa de empezar… aún tenía mucho que mostrarle.