Massimo parecía un de.predador en pausa

1270 Words
Pasaron varias horas. El reloj sobre la cómoda marcaba las doce y media cuando el sonido volvió a cortar el silencio de la mansión. Greta seguía sentada en la cama, abrazando sus piernas contra el pecho. Entonces, los pasos regresaron, firmes y seguros. La manija de la puerta giró. Greta se tensó. El corazón le latía fuertemente. La puerta se abrió. Y allí estaba otra vez. Massimo Ferrara. Entró sin decir nada al principio, arrastrando una maleta de ruedas negra. Cerró la puerta tras de sí con un golpe seco. Caminó hacia la ventana opuesta y la abrió de par en par. El viento frío de la noche entró de golpe, agitando las cortinas, apagando la vela sobre el buró. Greta apenas se movió. Tenía los ojos enrojecidos. Las lágrimas no habían cesado. Sus mejillas ardían. Pero ya no sabía si por el miedo o la humillación. Massimo se giró hacia ella. Se apoyó contra el marco de la ventana, cruzando los brazos. —Supongo que ya aceptaste —dijo, con esa voz grave que le helaba los huesos—. Que ahora soy tu esposo. No lo dijo como quien comparte una noticia. Lo dijo como quien dicta una sentencia. Greta bajó la mirada. No respondió. Las palabras se le habían acabado desde hacía mucho. Massimo soltó una risa corta y seca. —Vaya… tan calladita —ironizó—. Eso me gusta. Dio un par de pasos hacia la cama. Greta sintió cómo todo su cuerpo se tensaba. Quiso retroceder, pero sus piernas no respondían. Se limitó a apretar los puños. Massimo dejó la maleta junto al armario. La abrió. Sacó de su interior una prenda de tela suave, color rosa pálido, cubierta de pequeños corazones bordados. Era una pijama de peluche, simple, casi infantil. Hasta parecía un insulto deliberado. La sostuvo frente a ella. —Ponte esto —ordenó—. Ve a ducharte. No quiero verte usando ni una maldita prenda que haya tocado Ludovico. Greta levantó lentamente la mirada. Sus ojos verdes estaban empañados de dolor. Massimo arqueó una ceja. —¿Necesitas que te lo repita? —su tono se endureció. Greta tomó la pijama con manos temblorosas. —N-no… —susurró apenas. Se puso de pie. Sintió cómo las piernas le fallaban, pero se obligó a caminar. Cruzó la habitación hasta el baño, evitando mirarlo. Sentía su mirada clavada en su espalda. Antes de cerrar la puerta, escuchó su voz de nuevo: —Y no tardes. Greta entró y cerró con seguro. Apoyó la frente contra la fría madera de la puerta. Sus lágrimas brotaron sin control. Sabía lo que seguía. Sabía lo que él quería. Ya lo había vivido antes. Encendió la ducha. Se desnudó despacio, como si deshacerse de cada prenda le costara la vida. La ropa cayó al suelo, testigo mudo de su humillación. El agua caliente le quemó la piel, pero no logró borrar la suciedad que sentía por dentro. Era como un animal marcado. Una propiedad más de los Ferrara. Afuera, Massimo encendió un cigarro. Caminó por la habitación, abriendo el armario, revisando los cajones. Se deshizo de varias prendas de Greta, tirándolas en una bolsa. —No quiero rastros de ese bastardo —murmuró para sí. El viento agitaba las cortinas. El olor a tabaco impregnaba el aire. Cuando Greta salió del baño, la pijama le quedaba holgada, la tela suave contrastaba con la crudeza de la situación. Mantuvo la cabeza gacha, tenía los cabellos mojados pegados a su rostro. Massimo la observó de arriba abajo. —Así está mejor —dijo con una sonrisa torcida. El vapor aún flotaba en el aire. Caminó descalza, con la pijama de peluche cubriéndole hasta las muñecas. Sus manos seguían temblando. Massimo estaba junto a la ventana. Fumaba otro cigarro. La luz tenue de la lámpara iluminaba parte de su rostro, y la cicatriz en su ceja se marcaba más bajo la sombra. Greta se detuvo, esperando lo peor. Él apagó el cigarro en un cenicero de cristal. Se giró. La observó, pero no dijo nada. Solo hizo un leve gesto con la cabeza hacia la cama. —Acuéstate. Su voz sonó seca, sin matices. Greta tragó saliva y obedeció. Se acercó con pasos cortos y se sentó al borde del colchón. Esperaba sentir la mano dura en cualquier momento, o una orden obscena, o una humillación. Pero no ocurrió. Massimo caminó hacia ella. Tomó la sábana y la levantó. La arropó con cuidado como si fuera una niña enferma. Greta frunció el ceño, confundida. ¿Era una nueva forma de tortura? ¿Un juego psicológico? La cubrió hasta los hombros. Entonces fue al baño y regresó con un paño limpio. Lo colocó sobre su cabeza, cubriéndole el cabello mojado. Greta lo miró de reojo. No entendía nada. —Para que no te enfermes —murmuró él, sin emoción. Su tono no fue tierno. No fue cruel. Solo… distante. Luego se alejó, apagó la luz, dejando apenas la claridad de la lámpara pequeña. Caminó hacia la cama, y sin quitarse la camisa, o los pantalones, ni siquiera el cinturón, se dejó caer en el lado opuesto. No la tocó, ni habló más. Solo quedó ahí. El silencio se hizo insoportable. El sonido de la lluvia seguía en las ventanas. Greta tragó saliva. No sabía si debía agradecer o temblar más. Se quedó quieta y tensa. Ese hombre no podía ser benigno. No era posible. Lo había visto. Ese rostro no conocía la piedad. Y sus manos, cubiertas de tatuajes, estaban hechas para la violencia. Entonces, lo escuchó. Su respiración cambió. Se hizo profunda y pesada. ¿Se había dormido? Greta entrecerró los ojos. Observó cómo su pecho subía y bajaba con lentitud. Sus párpados estaban cerrados. Tenía una línea de expresión que se marcaba en su frente. ¿Qué estaba pasando? Greta tragó saliva. Su mente no dejaba de pensar. ¿Por qué no la tocaba? ¿Por qué no la había obligado? ¿Qué clase de tortura era esta? Quizá quería cansarla. Romperla con la espera. Jugar con su miedo. Quizá estaba fingiendo dormir. O peor… tal vez pretendía ganarse su confianza antes de arrastrarla a algo más cruel. Greta apretó las manos bajo la sábana y se quedó quieta. No debía confiarse. No con un Ferrara. No con Massimo. Recordó las historias que había escuchado en susurros. Que él era peor que Ludovico. Más violento. Más impredecible. Que había matado a hombres con sus propias manos. Que no tenía ley ni dueño. Y ahora… estaba a su lado. Durmiendo como si nada. Como si esa cama no hubiera sido un altar de tortura hasta hacía dos días. ¿Y si estaba planeando algo peor? Greta mordió su labio inferior. Las lágrimas se le agolparon otra vez. Pero no dejó que rodaran. No le daría ese placer. Miró al techo y escuchó la tormenta afuera. No podría dormir esa noche. Cada minuto que pasaba sin que Massimo hiciera nada era una tortura en sí. ¿Por qué no la golpeaba? ¿Por qué no la forzaba? ¿Qué estaba tramando? Se giró levemente para mirar su rostro dormido. Era un rostro duro. Frío incluso al dormir. La cicatriz cortaba su ceja derecha y la luz tenue se reflejaba en su piel. Tenía el cabello peinado hacia atrás y el cinturón aún estaba en su cintura. Era como un depredador en pausa. Uno más frío. Más retorcido que Ludovico. Cerró los ojos. Pero no logró conciliar el sueño. Solo podía pensar en Clara. En cómo debía escapar. Pero mientras Massimo respirara en esa habitación… ella no cerraría un solo ojo.  
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD