Massimo no quiere una prisionera

1748 Words
Massimo durmió como hacía años no lo hacía. El sonido de la lluvia, el perfume tenue de jabón sobre la piel de Greta, y la certeza de que por fin le pertenecía, lo llevaron a un sueño profundo, pesado, sin interrupciones. Cuando abrió los ojos, la madrugada aún asomaba tras las cortinas. El cuarto estaba en penumbra. Se giró y la vio. Greta permanecía despierta. Sus ojos abiertos, fijos en el techo, reflejaban la misma mezcla de miedo y desconfianza que él esperaba encontrar. No había reproches, ni preguntas, ni súplicas. Solo ese vacío helado en su mirada. Massimo la observó un momento, sin decir nada. Luego se incorporó y caminó hacia la ventana. Apartó un poco la cortina. —¿No dormiste? —preguntó, sin volverse. Greta no respondió. No necesitaba hacerlo. Lo sabía. Lo notaba en la rigidez de su cuerpo, en la manera en que apretaba las manos bajo la sábana. Massimo soltó un suspiro cansado. Encendió un cigarro y aspiró con calma. Siempre la había amado. Desde que Ludovico la trajo a la mansión, desde la primera vez que la vio entrar con su vestido de encaje blanco y esa expresión derrotada. Aquel día supo que esa mujer jamás debió pertenecerle a su hermano. Pero Ludovico, como todo lo que tocaba, la arrastró al fango. Los celos enfermizos, la violencia, los delirios constantes de que ella lo traicionaba con cualquier hombre que se le cruzara. Ludovico veía enemigos hasta en los sirvientes. Massimo había intentado mantenerse al margen. Hasta que una noche bajó a la bodega y escuchó los gritos. Después de eso, no pudo quedarse quieto. Comenzó a envenenar lentamente el licor de su hermano. Apenas unas gotas, lo suficiente para debilitarlo, para romperle esa hombría podrida que usaba para destruir a Greta. Cuando Ludovico se volvió incapaz de satisfacer sus deseos, la furia se desató de otro modo. Los golpes fueron peores. Las humillaciones aumentaron. Y Massimo comprendió que solo había una salida. Esa noche, cerca del club, bajo la lluvia, lo esperó armado. Fue un disparo limpio y preciso. Nadie volvería a tocarla. Y aunque sabía que no era un hombre bueno ni pretendía serlo, había líneas que incluso él no cruzaba. Dejó el cigarro en el cenicero y volvió a mirarla. —Voy a decirte algo —murmuró, sentándose en el borde de la cama. Greta bajó la mirada, esperando cualquier cosa. Massimo se pasó una mano por el rostro. Sus ojos, uno verde y uno marrón, se suavizaron apenas. —No voy a tocarte —dijo con firmeza—. No voy a hacerte daño. No a menos que tú quieras. La frase quedó suspendida en el aire. Greta frunció el ceño. No entendía. Todos los hombres que había conocido le exigían, le arrebataban, le golpeaban y nunca preguntaban. Massimo notó su desconcierto. Sonrió de lado, sin rastro de dulzura. —No porque sea un caballero. No te confundas —aclaró, inclinándose apenas—. Solo porque sé contenerme. Y porque prefiero que me odies lúcida… antes que me temas dormida. Ella cerró los ojos. Era peor así. Peor cuando no sabías de qué lado vendría el golpe. Massimo se puso de pie y tomó su maleta. —A partir de ahora, esta será nuestra casa. Tendrás todo lo que quieras. Harás lo que desees. Pero no escaparás. No intentes hacerlo, Greta. No va a salirte bien. El tono no fue amenazante, era un decreto. Greta apretó los dientes y no habló. Massimo caminó hacia la puerta. Se detuvo antes de salir. —Duerme un poco. Te vendrá bien. Yo… tengo cosas que resolver. Y se marchó, cerrando la puerta tras de sí. Greta quedó tendida, con las lágrimas atrapadas en los ojos. Por alguna razón retorcida Massimo, prefería disfrazar su veneno con caricias tibias y frases suaves. Greta sabía que tarde o temprano ese hombre mostraría sus verdaderos colmillos. Solo era cuestión de tiempo. Y ella no dormiría. No hasta entonces. Al siguiente día, Greta abrió los ojos despacio. La habitación estaba iluminada por una luz tenue que se filtraba entre las cortinas pesadas. Sentía el cuerpo adolorido, no por golpes… sino por la postura en la que se había quedado dormida, rígida e inmóvil, con las manos aferradas a la sábana como una cuerda de rescate. El estómago le gruñía con fuerza. Era un sonido desagradable, humillante, pero habitual. Había aprendido a ignorarlo. Se incorporó despacio y miró hacia la puerta. No había sonido alguno en el pasillo. Con Ludovico, ella no podía salir sin permiso. Si amanecía con los moretones demasiado oscuros o alguna marca en el rostro, debía permanecer encerrada lejos de la vista de los empleados. Todos lo sabían, pero todos callaban. Respiró hondo y se puso de pie. Fue entonces cuando buscó su refugio habitual. El único rincón donde su mente encontraba un leve respiro. Se estiró, se arrodilló sobre la alfombra y comenzó a moverse con una precisión casi antinatural. El yoga era su única forma de silenciar las emociones, de empujar el miedo a un rincón oscuro donde no pudiera alcanzarla. Adoptó una posición extraña, con una pierna sobre su cabeza y las manos apoyadas en el suelo. La postura exigía concentración absoluta, y en ese breve instante, Greta logró olvidar dónde estaba. La puerta se abrió de golpe. Ella se estremeció, pero no cayó. Mantuvo la postura mientras giraba el rostro con el rabillo del ojo. Massimo entró sin anunciarse. Llevaba una bandeja con desayuno: café humeante, panecillos recién hechos, fruta cortada en cubos perfectos. Sus pasos firmes resonaron en la habitación mientras se acercaba a la mesa. Dejó la bandeja con un golpe seco. No dijo nada. Se quedó de pie, observándola, los ojos heterocromáticos recorriéndola con esa mezcla de calma y amenaza latente. —¿Y por qué mierda no bajaste a desayunar? —soltó, con voz grave. Greta se enderezó lentamente y bajó la pierna con cuidado. No se acercó a la comida. Evitó mirarlo a los ojos. —No… no tenía hambre —murmuró. Una mentira miserable. Pero era mejor eso que decirle la verdad. Mejor mentir que admitir que había pasado toda la noche preguntándose si sería castigada por abandonar la habitación sin autorización. Massimo entrecerró los ojos. —Claro —ironizó—. No tienes hambre… pero te estás cayendo de delgada. Si te desmayas, no me voy a hacer cargo. No esperó respuesta. Se sentó en una de las sillas, desabrochó los primeros botones de su camisa y se sirvió una taza de café de la misma bandeja. El silencio era pesado. Greta se quedó de pie, indecisa. Él la miró de reojo. —Siéntate, carajo. El tono no fue amable. Ella obedeció de inmediato, sentándose al borde de la silla, con las manos juntas sobre las piernas. Massimo le deslizó el plato. —Come. Greta tomó un trozo de pan con los dedos temblorosos. Masticó despacio, aunque la garganta se le cerraba. Massimo no apartó la vista de ella. —No soy Ludovico —dijo, de pronto. Greta tragó saliva. No supo qué responder. Massimo soltó una risa breve, seca. —Pero tampoco soy un santo —añadió—. Así que será mejor que aprendas a moverte en este juego. El café humeaba entre sus dedos. —Aquí no vas a quedarte encerrada como una maldita prisionera, Greta. Saldrás todos los días de esta habitación, comerás con los demás cuando yo lo disponga… y no tendrás que esconder las marcas, porque nadie volverá a ponerte una mano encima. Ella levantó la mirada, confundida. —¿Entonces…? —se atrevió a preguntar, con la voz apenas audible. Massimo dejó la taza. Se acercó, inclinándose sobre ella, tan cerca que su aliento le rozó la mejilla. —Entonces nada —susurró—. Solo entiende que aquí mando yo. Y mientras sigas mis reglas, podrás respirar. Se alejó de nuevo. —Termina de comer. Te quiero presentable en media hora paseando por la casa. Y se marchó, dejando la puerta abierta tras de sí. Greta se quedó allí, con el pan en la mano, el estómago hecho un nudo y la certeza de que su infierno solo había cambiado de nombre. Pero seguía ardiendo igual. Greta salió despacio, como si esperara que en cualquier momento una voz grave le gritara que regresara a su habitación. Pero no hubo nada. Solo el canto de los pájaros y el sonido lejano de algún empleado podando los arbustos. Se detuvo en el jardín. Cerró los ojos y sintió el calor sobre la piel pálida, la brisa tibia movía su cabello recién lavado. Por un instante breve, sintió que podría desaparecer allí mismo, evaporarse con el sol. Pero el letargo era más fuerte. Greta no pensó en su ropa y bajó los escalones de piedra hacia la piscina. El agua azul se veía ajena, como de postal. Se sumergió de golpe, dejando que el frío le cortara la respiración. Era la única forma de ahogar los gritos que solo ella escuchaba. Emergió, jadeante. El agua seguía rodeándola, su cabello estaba pegado al rostro, el silencio sepulcral de esa casa enorme. Nadó hasta el borde, se sujetó de la orilla y apoyó la frente sobre los brazos. No lloró. No tenía fuerzas para hacerlo. Solo pensaba en cómo su vida la había vuelto a lanzar al mismo tablero maldito donde ya no era una mujer… sino una pieza, una reina prisionera en un juego sucio y sangriento. Había escapado una vez, o eso creyó. Y ahora, otra vez, estaba atrapada por Massimo. Ese nombre la helaba. Era su cuñado… El hombre que había visto pocas veces de cerca pero cuya presencia había sentido como una amenaza latente. Ahora era su esposo. Y aunque no había tocado un solo cabello suyo la noche anterior, Greta sabía que en algún momento la reclamaría. Pasó la tarde sin hablar con nadie. Solo se oía el sonido del agua al moverse y el roce de las hojas con el viento. Nadie vino a buscarla. Nadie preguntó si estaba bien. Cuando el sol empezó a caer, Greta salió del agua, se sentó en una tumbona y observó cómo la mansión comenzaba a vestirse de sombras. Y con la noche, siempre venía lo peor. El cielo se tiñó de n***o. Las luces de la casa se encendieron. El viento trajo consigo ese aroma a cigarro, a madera vieja, y a perfume masculino. El terror era un animal que empezaba a retorcerse en su pecho.
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