Massimo se puso de pie, se sacudió la camisa mojada y sin más, salió de la habitación, dejando las flores tiradas sobre la cama. La puerta se cerró con un golpe seco. Greta cerró los ojos y respiró hondo. No sabía qué clase de infierno era ese. Si Ludovico era el demonio, Massimo era un enigma oscuro que podía arrastrarla a otro abismo distinto, pero igual de cruel. Minutos más tarde, los pasos firmes de Massimo resonaron nuevamente en el pasillo. Greta apretó la mandíbula, conteniendo la respiración. Creyó que vendría furioso, tal vez a gritarle, a recordarle quién mandaba en esa maldita casa… pero no fue así. La puerta se abrió con suavidad. Massimo entró, ya cambiado de ropa. Llevaba una camisa limpia, gris perla, remangada hasta los antebrazos y el cabello húmedo, como si se

