Salieron del registro civil con unas enormes sonrisas clavadas en el rostro, esquivando el arroz que caía sin cesar del cielo, riendo por la felicidad que los llenaba desde bien adentro. Se besaron con ganas en la puerta de aquel edificio judicial mientras que Clara se aferraba a su marido, a ese ser con el que iba a compartir el resto de su vida, cada segundo hasta el final de su propia existencia. Ese mismo con el que habían planeado viajar hasta Buenos Aires y celebrar su unión allí, ya que toda la familia del rubio era originaria de aquel espacio porteño, mientras que, por parte de Clara, solo contaba con su hermana, habitando actualmente en la capital argentina, y Estella, la muchacha que viajó desde Corrientes en la parte trasera de su auto, de ese que Nicolás había comprado sólo par

