Su boca se abrió muy grande cuando la vio en esa sala, de espalda a la entrada, dejando que su mano recorriera aquellos trazos que ya estaban marcados debajo, pintando sobre esas otras capas, haciendo magia pura, completa. —Podés pasar — dijo Lucía sin mirarlo pero sabiendo que estaba allí, detrás de ella. —Permiso — susurró y dio un pasito al interior de aquel lugar lleno de latas de pintura, cuadros por todos lados y ese olor extraño que le hacía picar la nariz. —¿Desayunaste? — indagó la morocha dejando su pincel y girando su cuerpo para verlo de frente, tan impecable como siempre. —Sí, señorita, el señor me dió una taza de leche con chocolate y algunas facturas — explicó retorciendo sus manitos con vergüenza, ya que quería pedir algo pero no tenía idea cómo, no sabía si era correc

