Capitulo 31

4028 Words
cargada de sentimiento, flotaba en el aire. ______ reconoció la canción antes de abrir los ojos. Era Edith Piaf y su Non, je ne regrette rien. Una excelente elección. Al abrir los ojos, se encontró con que Tom la estaba contemplando con una sonrisa. Parecía un ángel caído. Un ángel de pelo oscuro, una boca hecha para pecar y unos ojos cafés y penetrantes. Se había cambiado de ropa. Llevaba pantalones negros y camisa negra, con las mangas remangadas, dejando a la vista unos poderosos antebrazos. —¿_____? —La invitó a acompañarlo, ofreciéndole la mano. Ella se la cogió y él la guió hasta el comedor, donde había puesto la mesa. ______ se fijó en el mantel de hilo blanco y los candelabros de plata. En la vajilla de porcelana, las copas de cristal, la cubertería de plata y lo que parecía ser una botella de champán francés. «Veuve Clicquot Ponsardin vintage 2002», leyó en la etiqueta. —¿Te gusta? —le preguntó Tom a su espalda, acariciándole los brazos. —Es precioso —susurró ella, observando la botella con desconfianza. —Permíteme. —Tom le separó la silla y, cuando ella se sentó, le dio la servilleta—. He hecho un segundo intento con las flores. Por favor, no las destroces como las otras —dijo, sonriendo irónicamente y señalando el ramo de jacintos lila que había colocado en un jarrón alto, de estilo moderno—. Si te portas bien, te dejaré leer la tarjeta —añadió, sirviéndole una copa de champán. Sin esperar a ver cómo lo probaba, regresó a la cocina. Mirando por encima del hombro para asegurarse de que no la estaba vigilando, _____ sacó la tarjeta del centro del ramo y leyó: Querida ______: Si quieres saber lo que siento por ti, sólo tienes que preguntármelo. Tuyo, Tom. «Petulante cabrón», pensó, devolviendo la tarjeta a su sitio. Mientras estaba allí, esperando enfadada, varias cosas captaron su atención. Tom había elegido a Edith Piaf como música de fondo. En esos momentos, estaba cantando La vie en rose. El mantel, la vajilla, el champán, las flores... no se había tomado tantas molestias con Rachel. Ambos estaban encendidos, en llamas, tras la tremenda discusión en el aula y la pasión en el despacho. Los besos que se habían dado... A ______ nunca la habían besado así, ni siquiera él. Se estremeció al recordarlo. Era una sensación nueva, pero no desagradable. «Preliminares.» Era consciente del esfuerzo que le había supuesto a él dejar de besarla. Había tenido que luchar contra sí mismo. En aquel momento, la tensión s****l entre los dos había sido palpable. Sabía que Tom era un hombre muy s****l, al que nunca le faltaba compañía femenina. Y ahora que la había probado estando sereno, seguía deseándola. Era una sensación abrumadora, ser deseada por una criatura tan sensual. Se sentía como Psique siendo cortejada por Cupido. No podía negar la atracción que sentía por él ni los estremecimientos de deseo que le recorrían el cuerpo cada vez que la besaba. Pero a ______no le gustaba compartir a su pareja, así que todas las demás consideraciones, románticas o sexuales, dejaban de tener importancia. Pero pensó que la ensalada era un poco pronto para confidencias. Cuando Tom se sentó a su lado a la cabecera de la mesa y alzó su copa para brindar con ella, _____ se dio cuenta de que él no estaba tomando champán. —¿No tomas Veuve Clicquot? —le preguntó, incrédula. Tom sonrió y negó con la cabeza. —Non, seulement de l’eau ce soir, mon ange. ______ puso los ojos en blanco al oírlo hablar en francés y no precisamente porque su pronunciación fuera mala. —Sé que te costará de creer, pero no bebo constantemente. Sin embargo, no espero que te acabes la botella tú sola. Guardaremos lo que sobre y prepararemos Mimosas para desayunar. ______ levantó las cejas. «¿Para desayunar? Estás muy seguro de ti mismo, Casanova.» —He buscado una botella de la cosecha de 2003, pero no he encontrado ninguna, así que tendremos que conformarnos con una del 2002. ________ tardó unos segundos en comprender la trascendencia de la fecha. Cuando lo hizo, se ruborizó y se miró las manos. Tom la miró por encima de su plato de ensalada, pero no dijo nada. Había esperado una respuesta; no obstante, asumió que estaba abrumada por los acontecimientos del día. «Está nerviosa; está temblando y se ha ruborizado.» De vez en cuando, Tom alargaba la mano y le acariciaba la muñeca para tranquilizarla. Cuando sus miradas se cruzaban, él dejaba de hacer lo que fuera que estuviera haciendo para dedicarle una sonrisa de ánimo. Esperaba que en algún momento ella se decidiera a hablar, pero en vez de eso, ______bajaba la cabeza y miraba el plato. Hasta que empezaron a sonar los acordes de una canción: Bésame, bésame mucho... Tom la observó con atención. Cuando _____, que se había ruborizado aún más, lo miró, él le guiñó un ojo. —¿Recuerdas esta canción? —Sí. —¿Qué tal llevas el español? —le preguntó expectante. —No lo llevo. —Es una lástima. La letra es muy bonita. Sonrió con melancolía y ella apartó la vista. Tom cantó algunas de las frases de la canción. Cuando no estaba cantando, la observaba atentamente, sin perderse detalle del movimiento de sus ojos, de cómo se retorcía las manos, del rubor de su piel. Cuando la canción acabó, él volvió a sonreír, se levantó y le dio un largo beso en la coronilla. Luego recogió los platos de la ensalada, le rellenó la copa y sirvió el primer plato: Spaghetti al limone, con alcaparras y langostinos. Era un plato poco habitual y uno de los favoritos de ______. Le extrañó que Tom hubiera elegido prepararlo. Tal vez Rachel... Negó con la cabeza. Aquello era entre Tom y ella, y punto. Excepto por el espectro de Paulina, que los estaba atormentando a ambos. —No eres el mismo hombre que conocí en el huerto —dijo ella finalmente, cuando el champán le soltó la lengua. Tom dejó el tenedor en el plato y juntó las cejas. —Tienes razón. Soy mucho mejor ahora. ______se echó a reír con amargura. —Imposible. Él fue muy amable y cariñoso conmigo. Nunca me habría tratado con la frialdad con que tú lo has hecho. —No sabes lo que estás diciendo —replicó él, con los ojos brillantes—. Nunca te he mentido. ¿Por qué iba a empezar a hacerlo ahora? Ella se ruborizó, pero esta vez a causa del enfado. —No dejaré que tu oscuridad me consuma. Tom se sorprendió por ese súbito arranque de hostilidad y estuvo a punto de pedirle explicaciones, pero en vez de eso ladeó la cabeza. Mojó un dedo en su agua Perrier y empezó a frotar el borde de la copa, lenta y sensualmente. Pronto, la melodía del cristal llegó a sus oídos. Tom se detuvo bruscamente. —¿De verdad crees que la oscuridad puede consumir a la luz? Es una teoría interesante. Vamos a ver si funciona. —Movió la mano ante el candelabro—. Ya está. Acabo de arrojar parte de mi oscuridad a esas velas. ¿Ha funcionado? Con una sonrisilla irónica, volvió a comer. —¡Ya sabes a qué me refiero! —dijo ella—. No seas tan condescendiente. Los ojos de Tom se ensombrecieron. —No tengo ningún interés en consumirte, pero no te mentiré. Tu luminosidad me atrae. Si yo soy la oscuridad, entonces tú eres las estrellas. Y también me siento muy atraído por la luce della tua umilitate. —No dejaré que me folles. Esta vez, Tom se echó hacia atrás en la silla, con una expresión de sorpresa y rechazo. En silencio, decidió que _____ya había bebido bastante. —Disculpa, ¿te lo he pedido? —preguntó, con una voz tan suave y calmada que ella aún se alteró más. «Embustero, embustero, esos preciosos ojos cafeces me están follando por entero.» Tom sonrió con impertinencia, mirándola por encima de la copa. Se secó los labios con la servilleta y se acercó hasta que sus caras casi se rozaron. —Si te pidiera algo, señorita Mitchell, sería otra cosa. —Sin dejar de sonreír, volvió a acomodarse en la silla y acabó de cenar. ______ estaba furiosa. Sabía que él no apartaba la vista de ella. Sentía sus ojos clavados en su cara, en su boca, en sus hombros temblorosos. Nada escapaba a sus penetrantes ojos. Era como si pudiera leerle el alma. —_______—dijo él finalmente, deslizando la mano por debajo de la mesa. Le agarró la muñeca y, al hacerlo, le rozó el muslo. Su voz era un suave murmullo. _______ notó su calor deslizársele por la pierna hasta los dedos de los pies. —Mírame. Ella trató de apartar la mano, pero Tom la sujetó con más fuerza. —¡Mírame cuando te hablo! _____ levantó los ojos hacia los suyos. No eran tan amenazadores como el tono de su voz podía hacer creer, pero sí la miraban con mucha intensidad. —Nunca, y cuando digo nunca quiero decir nunca, te follaría. ¿Está claro? Uno no se folla a un ángel. —Entonces, ¿qué hace alguien como tú con un ángel? —preguntó con voz temblorosa. —Alguien como yo la valoraría, la apreciaría. Trataría de conocerla y comprenderla. Empezaría tal vez por ser su amigo. Ella se revolvió inquieta en la silla. —¿Un amigo con derecho a roce? —_______—le advirtió él, soltándole la mano—. ¿Tan difícil es creer que quiero conocerte? ¿Qué quiero tomarme las cosas con calma? —Sí. Tom maldijo en voz baja y luego dijo: —Todo esto es nuevo para mí. Tus prejuicios están justificados hasta cierto punto, pero tampoco hace falta que me provoques deliberadamente. —Todo el mundo sabe que los profesores y las alumnas no son amigos. —Nosotros podríamos serlo —murmuró él, retirándole el pelo con suavidad por encima del hombro y aprovechando para rozarle el cuello—, si eso es lo que quieres. Sin saber cómo responder, ______se apartó de él. —No me dedico a seducir vírgenes, ______. Tu virtud está a salvo conmigo. —Y dicho eso, se levantó y, llevándose los platos, desapareció en la cocina. ______ se acabó el champán de dos rápidos sorbos. «Está mintiendo. Si no me hubiera negado, me habría sonreído y habría estado desnuda y con las piernas abiertas antes de que las bragas hubieran llegado al suelo. Y probablemente me habría pedido que reprodujéramos alguna de las posturas de las fotos de su dormitorio. Y Paulina habría llamado justo en ese momento.» Cuando regresó, Tom le retiró la copa y la botella. Unos minutos después, le llevó un café exprés servido con un trozo pequeño de piel de limón. _____ abrió mucho los ojos. Le costaba imaginarse a Tom pelando limones, pero ahí estaba, una piel de limón fresca, acabada de cortar. —Gracias. Las cápsulas de café Roma son mis favoritas. Él la miró con suficiencia. —He pensado que ya era hora de pasar a una bebida sin alcohol, antes de que me vomitaras encima. ______ frunció el cejo. Se sentía perfectamente. Un poco más desinhibida de lo normal, pero mantenía el control de sus facultades. O eso creía. —¿Qué ponía en la nota que dejaste en el porche? Tom se puso tenso. —¿No la leíste? —Estaba enfadada. —En ese caso, mejor que no la leyeras —dijo él, encogiéndose de hombros antes de volver a desaparecer. ______ se bebió el café lentamente, tratando de adivinar qué podía haber escrito. Tenía que haber sido algo bastante íntimo, porque se había molestado. Se preguntó si los trozos de la nota seguirían entre las flores y si sería posible recomponerla. Poco después, Tom regresó con un único trozo de pastel de chocolate y un tenedor. —¿Te apetece postre? —le preguntó, moviendo la silla para sentarse más cerca de ella. Demasiado cerca, de hecho. —______—insistió, con voz cantarina—. Sé que te gusta el chocolate. Lo he comprado para complacerte. Cortó un trozo y se lo puso debajo de la nariz para que le llegara el aroma. ______ se pasó la lengua por los labios involuntariamente. Olía de maravilla. Alargó la mano para quitarle el tenedor, pero él lo escondió. —No. Tienes que dejar que te lo dé yo. —No soy una niña pequeña. —Pues deja de comportarte como si lo fueras. Confía en mí, por favor. Ella apartó la cara, negándose a ver cómo él se llevaba el tenedor a los labios y probaba la cobertura con la punta de la lengua. —Hum. ¿Sabes?, dar de comer a alguien es un acto de profundo afecto. Te estás entregando a través de la comida. —Le colocó otro trozo de pastel bajo la nariz—. Piénsalo. Nos alimentan en la eucaristía. Nos alimentan nuestras madres cuando somos niños de pecho. Nuestras madres y padres por igual cuando somos pequeños. Nuestros amigos cuando nos invitan a cenar. Los amantes se alimentan el uno al otro cuando se dan un festín con sus cuerpos y, en ocasiones, con sus almas. ¿No quieres que te alimente? Ya sé que no quieres darte un festín con mi cuerpo, pero al menos, dátelo con el pastel. Cuando ______ no respondió, Tom se echó a reír y siguió comiéndose la tarta. ______ frunció el cejo. Si pensaba captar su atención con ese despliegue de pornografía alimenticia y excitarla hasta convertirla en una marioneta sin voluntad...... había acertado. La visión de él comiendo pastel de chocolate era lo más erótico que había visto nunca. Saboreaba cada pedazo, lamiéndose los labios y el tenedor cada vez. De vez en cuando, cerraba los ojos y gemía, con sonidos salvajes y guturales que le resultaban dolorosamente familiares. Sus movimientos eran lentos y sinuosos. Los tendones del brazo se le marcaban con cada gesto. No apartó los ojos de los suyos en ningún momento mientras marcaba un ritmo lento y obvio, adelante y atrás. Antes de que se hubiera acabado el trozo de pastel, a ______ le pareció que en la habitación había subido mucho la temperatura. Se notaba las mejillas encendidas, la respiración alterada y pequeñas gotas de sudor formándosele en la frente. Y más abajo. «¿Qué está haciendo conmigo? Es como si...» —Última oportunidad, ______—dijo él, haciendo bailar el tenedor ante sus ojos. Ella trató de resistirse. Empezó a volverse, pero al separar los labios para negarse, Tom le metió el pastel en la boca. —Hummm —dijo él y sonrió, mostrando sus perfectos dientes blancos—. Ésta es mi gatita. ______ se ruborizó todavía más y se pasó los dedos por los labios, recogiendo las últimas migas del pastel. Tom tenía razón. Estaba delicioso. —No ha sido tan grave, ¿no? ¿No te parece agradable que alguien se ocupe de ti? ¿Que yo me ocupe de ti? Ella empezaba a preguntarse si tenía alguna posibilidad de resistirse a su seducción. Sabía que le había dicho algo sobre su virtud, pero no recordaba qué. Tom le agarró la muñeca y se acercó sus dedos a la boca. —Te has dejado un poco de chocolate —susurró, entornando los ojos—. ¿Puedo? ______ inspiró bruscamente. No sabía qué pretendía hacer, así que no respondió. Él sonrió travieso antes de meterse los dedos de ella en la boca, uno a uno, chupándolos y pasándoles la lengua sin prisa por la yema. ______ se mordió el labio inferior para ahogar un gemido mientras la piel se le prendía en llamas. «¡Joder, Tom!» Cuando él se dio por satisfecho, ella cerró los ojos y se secó el sudor de la frente. Tom la observó en silencio durante lo que le pareció una eternidad. —Estás exhausta —dijo de repente, apagando las velas—. Hora de acostarse. —¿Y nuestra conversación? —Ya hemos hablado bastante por hoy. La conversación será larga y deberíamos tener la cabeza clara cuando por fin hablemos. —Por favor, Tom, no lo hagas —le suplicó ella en voz baja y desesperada. —Una noche. Pasa una noche conmigo y, si quieres marcharte mañana, no te detendré. Muy suavemente, la ayudó a levantarse de la silla y la apretó contra su pecho. ______ no dijo nada, sintiendo cómo sus últimos vestigios de autocontrol la abandonaban. Estaba agotada. Tom la había agotado y había diezmado su resistencia. Tal vez había sido el champán. O las emociones del día. O su explosivo encuentro en el despacho. No importaba la causa. Ya no tenía fuerzas para seguir resistiendo. El corazón le latía acelerado. Las entrañas se le derretían por el calor que le recorría el cuerpo. En el vientre sintió el aleteo nada sutil del deseo. «Me consumirá, en cuerpo y alma.» En sus sueños, siempre le entregaba la virginidad a Tom. Pero no de ese modo. No con ese sentimiento de desesperanza ni con esa mirada inclasificable en sus ojos. Él la cogió en brazos, la llevó hasta su dormitorio y la depositó suavemente sobre la gran cama medieval. Encendió unas cuantas velas y las colocó alrededor de la misma, en las mesitas de noche, en el vestidor, en la cómoda, bajo el retrato de Dante y Beatriz. Tras apagar todas las luces de la casa, desapareció en el cuarto de baño. _______ quiso aprovechar la ocasión para mirar de nuevo las fotografías en blanco y n***o, pero habían desaparecido. Las paredes estaban desnudas, con la excepción de la reproducción del cuadro de Holiday. Seis alcayatas eran los únicos testigos de la previa presencia de las fotos. «¿Por qué las habrá quitado? ¿Y cuándo?» Se alegraba de que lo hubiera hecho. Estaba segura de que a la luz de las velas habrían tenido un aspecto amenazador, casi satánico, mostrando de manera cruda lo que sería su destino, ya sellado. Sería un nuevo ser desnudo, sin nombre, sin rostro, sin alma... Sólo le quedaba esperar que la última foto, la más agresiva de las seis, no fuera lo que él tenía en mente para su primera vez. ¿Sería eso lo que querría? ¿Lo que le exigiría? ¿Le arrancaría la ropa, la pondría boca abajo en la cama, se clavaría en ella por detrás... sin ni siquiera mirarla a los ojos mientras le arrebataba la virginidad, sin besos, sin hacer el amor...? ¿Habría sólo agresión y dominación? Lo único que sabía de sus gustos sexuales era lo que había visto en las fotografías. Eso y que había descrito lo que hacía con las mujeres que llevaba a su casa como «follar». A medida que el pánico se apoderaba de ella, la respiración se le aceleraba. Oyó una voz conocida en su cabeza burlándose y hablando de follar como animales. Logan regresó con una camiseta de color verde cazador y unos pantalones de pijama de cuadros escoceses verdes y azul marino. Tras dejar un vaso de agua en la mesita de noche, retiró la colcha y levantó a ______ para volver a depositarla, esta vez, bajo las sábanas. Ella se encogió, pero él fingió no darse cuenta. Acercándose las piernas de ______ al pecho, le desató los cordones de las zapatillas deportivas y se las quitó, junto con los calcetines. Luego le acarició las plantas de los pies y los dedos, provocándole un gemido a su pesar. —Relájate, ______. No te resistas. Se supone que debe ser agradable. Mientras le acariciaba los pies, iba murmurando de vez en cuando. En algún momento, a ______ le pareció que decía la sua immagine, pero no estaba segura. Su voz no era más que un murmullo, como un suspiro o una plegaria. Se preguntó si se estaría refiriendo a ella o a Beatriz, y a qué dioses depravados debía de estar rezando. En silencio, les rogó que la ayudaran a escapar. «Por favor, no dejéis que me consuma.» —Creo recordar que te gustaron mis bóxers del Magdalen College. Están en el cajón de arriba, por si quieres ponértelos. A mí me van pequeños. _______ inspiró por la nariz. —Las fotos... las que estaban aquí... ¿es eso lo que esperas de mí? Las manos de Tom se detuvieron en seco. —¿De qué estás hablando? Los ojos de ella se volvieron hacia el lugar donde había estado colgada la sexta foto. La expresión de Tom pasó de la sorpresa al horror. —¡Por supuesto que no! ¿Por quién me tomas? —se defendió con un susurro ofendido—. Estás agotada. No quiero correr el riesgo de perderte una vez más, antes de tener ocasión de hablar. —Sonrió antes de continuar—: Quiero prepararte una bandeja de desayuno con perejil y gajos de naranja, no arrebatarte la virginidad. Desde luego, no así. —Parecía asqueado—. No soy un bárbaro. Al ver que ella no respondía, le tapó los pies con las sábanas. Luego acabó de taparla hasta la barbilla y le dio un beso en la frente, como si fuera una niña. —Tratemos de perdonarnos, por favor. Los dos nos hemos hecho daño y hemos perdido mucho tiempo. No perdamos más sacando conclusiones sin sentido. Se levantó y se frotó los ojos. —Aunque sé que es posible que mañana no haya cambiado nada —murmuró, perdido en sus pensamientos. Volviendo a la realidad, sonrió y le dijo—: Llámame si necesitas algo. Mientras _______ daba vueltas, sola en la cama, él escuchaba música. Aunque ella no reconoció la canción, el sonido de unos arpegios que recordaban una cascada la ayudó a conciliar el sueño. Más tarde, esa misma noche, Tom estaba tumbado en la cama de invitados, cubriéndose los ojos con un brazo, a medio camino entre el sueño y la vigilia, cuando notó un movimiento a su izquierda. Un cuerpo cálido avanzaba hacia él y tiraba de las sábanas. El cuerpo se metió en la cama y se pegó a su costado. Notó unos rizos largos y suaves acariciarle el pecho, ahora desnudo. Oyó un suspiro satisfecho cuando un brazo le cubrió los abdominales y se quedó descansando allí. Tom besó la cabeza que estaba apoyada en su tatuaje y luego, con mucha cautela, le rodeó los hombros con un brazo y le apoyó la mano en la parte baja de la espalda, por debajo de la camiseta, hasta entrar en contacto con su piel suave y cálida. Notó unos hoyuelos justo por encima de la goma de los calzoncillos, que le iban demasiado grandes. El cálido cuerpo volvió a suspirar y le dio a él un suave beso en la barba de pocos días que le crecía en el cuello. —He tratado de mantenerme apartada —murmuró—, pero no he podido. —Y yo he tratado de no lamerte el chocolate de los dedos —replicó Tom, con una voz que quería ser traviesa, pero no podía ocultar la tristeza—, pero no he podido. —Hum —dijo ella, medio dormida, al recordar el chocolate—. ¿Por qué has descolgado las fotos de la habitación? Él se movió inquieto. —Porque me daban vergüenza. —¿Y antes, no? —Eso fue antes de que decidiera llevar un ángel a mi cama. Unas manos soñolientas pero curiosas le acariciaron el pecho, explorándolo con suavidad, castamente. Dos alientos se unieron en la noche, salpicados por algún suspiro ocasional. Los latidos de dos corazones se sincronizaron al reconocerse el uno al otro. Y dos mentes atormentadas por fin encontraron reposo. Justo cuando Tom se estaba quedando dormido, la oyó hablar en sueños. No eran palabras. Eran sonidos cada vez más asustados, que culminaron con la pronunciación de un nombre que no había oído hasta ese momento: —Simon.
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