Capitulo 30

3124 Words
Los alumnos del seminario permanecieron sentados en el aula, súbitamente silenciosa, atónitos. La mayor parte de ellos no eran expertos en Dante y no tuvieron problema en aceptar el altercado como un debate entretenido, aunque algo aberrante. Todo el mundo sabía que los académicos se apasionaban mucho cuando discutían sobre su materia. Al parecer, algunos, como ______ o el profesor Kaulitz, eran más apasionados que el resto. Se veía venir que el seminario de ese día iba a acabar en desastre. Aunque Paul había presenciado cosas peores durante el seminario de la profesora Singer sobre métodos de tortura medieval el semestre anterior. Un curso que había resultado ser más... práctico de lo que cabía esperar. Cuando los estudiantes se convencieron de que el enfrentamiento se había acabado y de que no habría segundo asalto (ni palomitas), empezaron a marcharse. Los últimos en salir fueron Christa, Paul y ______. Tras fulminar a ______ con la mirada, Christa salió en busca de El Profesor como un patito detrás de su madre.Paul cerró los ojos y gruñó. —¿Tienes tendencias suicidas? —¿Qué? —_____ parecía acabar de despertarse de un sueño. —¿Por qué lo has provocado de esa manera? ¡Está buscando una excusa para librarse de ti! Ella empezó a darse cuenta de la magnitud del lío en que se había metido. Era como si, durante la clase, se hubiera convertido en otra persona. Había soltado veneno y rabia por la boca sin acordarse de que no estaban solos. Y en esos momentos se sentía desinflada como un globo pinchado después de una fiesta de cumpleaños. Recogió sus cosas lentamente, preparándose para lo que sabía que iba a ser una conversación difícil y desagradable con El Profesor en su despacho. —Me parece que no deberías ir —le dijo Paul. —No quiero hacerlo. —Pues no vayas. Envíale un correo electrónico. Dile que estás enferma. Y que lo sientes. _____ se lo planteó seriamente durante un momento. Era muy tentador. Pero sabía que su única posibilidad de salvar su carrera académica pasaba por echarle... ovarios y aceptar el castigo que Tom quisiera imponerle. Después ya se ocuparía de recoger los trocitos de su vida personal. Si era posible. —Si no voy se enfurecerá aún más. Tal vez me expulse directamente. Necesito los créditos del seminario si quiero graduarme en mayo. —En ese caso, te acompañaré. Es más, hablaré con él antes que tú —dijo Paul, enderezando la espalda y flexionando los brazos. —No, tú tienes que mantenerte al margen. Iré, me disculparé y dejaré que me grite todo lo que quiera. Cuando hayamos saldado cuentas, tendrá que dejarme ir. —«La compasión debe entregarse voluntariamente» —murmuró Paul, citando a Shakespeare, porque las palabras de _______ le recordaron a El mercader de Venecia—. Aunque El Profesor no sabe mucho de compasión. ¿Se puede saber a qué ha venido todo eso? Dante nunca tuvo una amante llamada Paulina. ______ parpadeó varias veces. —Leí un artículo sobre Pia de Tolomei. Paulina era uno de sus apodos. —Pia de Tolomei no fue amante de Dante. Tienes razón en que se rumorea que tuvo varias, incluso hijos ilegítimos, pero me temo que, en esto, Kaulitz tiene razón. Nadie cree que Pia fuera amante de Dante. Nadie. _______ se mordió el interior de la mejilla. —Pero no me dejaba explicarme y me ha puesto nerviosa. Al final, he explotado. —Oh, sí, has explotado. De eso no cabe duda. Si fueras cualquier otro alumno, te estaría dando palmaditas en la espalda y pensando que Kaulitz se lo tenía bien merecido. Es un idiota y un engreído. Pero en tu caso sabíamos que no te iba a dejar pasar una. —Paul negó con la cabeza—. Deja que hable con él. —Es tu director de tesis. No es sensato que lo hagas enfadar. Si se pasa con los gritos, me marcharé y le pondré una denuncia por acoso. Paul la miró con preocupación. —Esto no me gusta nada. Está furioso. —No puedo negarme. Él es el profesor malvado y yo la pequeña alumna indefensa. Tiene todo el poder. —El poder tiene efectos muy raros en la gente. —¿Qué quieres decir con eso? Paul asomó la cabeza para asegurarse de que no había nadie escuchando en el pasillo. —Kaulitz es un pervertido. Estuvo liado con la profesora Singer y eso significa que... —Se detuvo de repente y negó con la cabeza. —¿Qué significa, Paul? —Si te ha estado acosando, o tratando de obligarte a hacer ciertas cosas, avísame y te ayudaré a poner una denuncia. ______ lo miró sin entender. —No, nada de eso. Es un tipo malhumorado al que no le gusta que le contradigan, pero no hay nada siniestro aquí. Me tragaré el orgullo, iré a su oficina y, con suerte, no me expulsará. —Espero que tengas razón. Siempre se ha comportado con mucha profesionalidad con los alumnos, pero contigo parece otra persona. Paul la acompañó hasta el despacho de El Profesor y llamó a la puerta. Kaulitz abrió en seguida, con los ojos brillantes y duros como el lapislázuli. —¿Qué quiere? —le preguntó a Paul, sin apartar los ojos de _______. —Sólo un minuto de su tiempo. —Ahora no. Mañana. —Pero profesor, yo... —Mañana, señor Norris. No me presione. Paul le dirigió una mirada preocupada a ______ mientras le decía «Lo siento» en voz baja. Tom esperó a que el chico desapareciera por la esquina del pasillo, antes de apartarse y permitir que ________ entrara en el despacho. Tras cerrar la puerta, se dirigió a la ventana. «Los que entráis aquí, abandonad toda esperanza...» El despacho de El Profesor estaba oscuro, iluminado sólo por la lamparita de sobremesa. Había corrido las cortinas y estaba lo más lejos posible de ella, frotándose los ojos con los dedos manchados de tinta. _______ se puso la mochila ante el pecho y la abrazó con fuerza, como si fuera un escudo. Como él no decía nada, se entretuvo mirando a su alrededor. Lo primero que llamó su atención fue una silla. Era la incómoda silla de Ikea en la que le había dicho que se sentara durante su primera y fatídica entrevista, en septiembre. La silla estaba rota, hecha pedazos y esparcida por toda la alfombra persa.Los miró alternativamente a él y los trozos del mueble. «Ha roto una silla. ¡Ha hecho pedazos una jodida silla metálica!» Tom abrió los ojos y, en sus profundidades, _______ vio una calma extraña y amenazadora. El dragón estaba en su cueva y ella iba desarmada. —Si fueras cualquier otra persona, ya te habría expulsado. ______ empezó a temblar en cuanto oyó su tono de voz. Era engañosamente suave y calmado, como la seda deslizándose sobre la piel. Pero, por debajo, era duro y frío como el acero y el hielo. —Lo que acaba de pasar ha sido la exhibición de comportamiento infantil más desagradable que he tenido que presenciar. Tu falta de respeto es absolutamente inaceptable. Y no tengo palabras para expresar lo enfadado que estoy por lo que has dicho sobre Paulina. No vuelvas a hablar de ella nunca más. ¿Me explico? ______ tragó saliva para responder, pero no pudo hacerlo. —He preguntado si me explico —gruñó él. —Sí. —Me estoy controlando haciendo un gran esfuerzo. Te aconsejo que no me provoques. Y me gustaría que te defendieras sola y no manipularas a Paul para que te rescate de tu propia estupidez. Él ya tiene su ración de problemas. _______ clavó la vista en la alfombra, evitando mirarlo a los ojos, que parecían brillar en la oscuridad. —Creo que querías que perdiera el control, que me enfadara y montara una escena para tener una excusa para salir corriendo. Querías que me comportara como todos los demás imbéciles que te han maltratado en la vida. Bueno, pues entérate, yo no soy un maltratador y no voy a comportarme como uno sólo para estar a la altura de lo que esperas. _______ miró de reojo hacia los restos de la silla —una buena silla sueca que no le había hecho daño a nadie en su corta vida— y luego volvió a mirar a El Profesor, pero no discutió.Él se pasó la lengua por los labios. —¿Todo esto te parece un juego? ¿Qué pretendes? ¿Quieres enfrentarnos como si Paul y yo fuéramos personajes de una obra de Prokofiev? Él es Pedro y yo soy el lobo. ¿Qué eres tú? ¿El pato? ______ negó con la cabeza. —Lo que ha pasado hoy en el seminario no puede volver a suceder, ¿lo entiendes? —Sí, profesor. _______ intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave. —Pediré disculpas delante de toda la clase. —¿Para que aumenten los chismorreos? No, mejor que no. ¿Por qué te has negado a hablar conmigo? Una llamada de teléfono. Un encuentro. Habría aceptado hacerlo a través de la puerta cerrada si me lo hubieras pedido. ¡Por el amor de Dios! Y en vez de eso, decides comunicarte conmigo ¡en medio del jodido seminario! —Has dejado un sujetador en mi casillero. He pensado que... —¡Usa la cabeza! —exclamó él—. Si te lo hubiera enviado por correo, habría dejado una prueba en papel. Habría sido muy comprometedor. Y no iba a dejarte el iPod en el porche durante una tormenta. ______ no entendió el cambio de tema, pero no dijo nada. —Yo soy responsable de haber empezado este desastre al cambiar la clase, pero tú eres responsable de la debacle final. Tu respuesta ha sido una especie de bomba de hidrógeno. No vas a abandonar el curso, ¿me oyes? No vas a dejar la universidad. Vamos a actuar como si esta hecatombe nunca hubiera ocurrido y a rezar para que el resto de alumnos esté demasiado ocupado con sus asuntos para darse cuenta de lo que ha pasado. Tom le dirigió una mirada impasible. —Ven aquí —dijo, señalando un espacio despejado en la alfombra. Ella dio varios pasos al frente. —¿Has devuelto ya la beca? —Aún no. El director del Departamento de Estudios Italianos está enfermo. —Pero ¿has pedido cita con él? —Sí. —Así que pediste cita con el director, pero no te molestaste en enviarme a mí un mensaje de dos palabras cuando estaba desesperado por saber cómo te encontrabas —refunfuñó. ______ parpadeó. —Cancela la cita. —Pero no quiero el dinero... —Vas a cancelar la cita, a aceptar el dinero y a mantener la boca cerrada. Tú has organizado este desastre; ahora me toca a mí recoger los pedazos. —Con una mirada sombría, añadió—: ¿Está claro? ______ contuvo el aliento y asintió a regañadientes. —El correo que me enviaste fue una vergüenza. Una auténtica bofetada después de todos los mensajes que te dejé. ¿Llegaste a escucharlos o los borraste directamente? —Los escuché. —Los escuchaste pero no te los creíste. Y, desde luego, no los respondiste. Usaste la palabra «acoso» en tu correo. ¿Qué pretendías? —Eh... No lo sé. Tom se acercó hasta quedar a pocos centímetros de ella. —Es muy posible que alguien ya haya sido alertado sobre el contenido del mensaje. Incluso después de haberlo borrado, cosa que ya he hecho, pueden seguirle la pista. Un correo electrónico deja una huella imposible de borrar, ______. No vuelvas a hacer algo así nunca más. ¿Está claro? —Sí. —Eres la única persona capaz de alterarme de esta manera. De todas las maneras. Ella miró de reojo a la puerta, deseando huir. —Mírame —susurró él. Cuando lo hizo, Tom siguió hablando: —Voy a tener que hacer control de daños. Acabo de hablar con Christa y ahora, gracias a ti, voy a tener que hablar también con Paul. Christa es un peligro público, pero Paul era un buen ayudante de investigación. «¿Era?» —Por favor, no lo despidas. No es culpa suya. Me aseguraré de que no le diga nada a nadie. Por favor. —¿Es a él a quien quieres? —preguntó Tom. Su voz se había vuelto un murmullo glacial. ______ jugueteó con la mochila. —Respóndeme. —Lo intenté. —¿Y? —Y nada. —No es lo que parecía cuando os he visto abrazados ante los casilleros. No es lo que parecía cuando ha llamado a la puerta como un caballero andante, dispuesto a protegerte. ¿Por qué no eres capaz de admitir lo que quieres, _______? ¿O es que sólo respondes si te llaman Conejito? —preguntó, supurando sarcasmo. Ella abrió mucho los ojos, pero no dijo nada. No sabía qué decir. —Bien. Me rindo —añadió Tom, señalando la puerta con la mano de un modo despectivo—. Paul gana. El cerebro de ______ tardó unos segundos en procesar lo que había oído. Podía marcharse. Con la cabeza gacha y los hombros encogidos, se dirigió hacia la puerta. Parecía una mariposa a la que le hubieran arrancado las alas. Pero no la había expulsado del seminario ni de la universidad. Había perdido cosas mucho más importantes, pero algo era algo. Tom permaneció inmóvil mientras ella buscaba a tientas la cerradura por debajo de la mochila. Cuando la vio tratar de girar la llave sin conseguirlo, soltó un gemido. Se acercó y le rodeó la cintura con un brazo para abrir la puerta, acariciándole la cadera. Al ver que no se encogía por el contacto, le dijo al oído: —Entonces, ¿toda esta agonía ha sido en vano? ______ sintió el calor del cuerpo de Tom a su espalda. Irradiaba de su pecho y se extendía por sus hombros. La seda de la pajarita le rozó el pelo, provocándole un estremecimiento. —¿Nos has expuesto a los chismorreos maliciosos por nada? —Has sido muy cruel. —Tú también. —Me has hecho daño. —Y tú a mí. ¿Satisfecha con la venganza? —siguió susurrando Tom. Su cálido aliento le acarició la mejilla—. Has dejado de ser un conejito y te has transformado en una gata furiosa. No lo niego, hoy me has clavado las uñas bien clavadas. Me has hecho sangrar con cada palabra. ¿Estás contenta? Me has humillado delante de mis alumnos sacando todos mis pecados a la luz. Ha sido una auténtica hoguera de las vanidades y has sido tú quien ha encendido la llama. Le acercó los labios un poco más a la oreja, provocándole un nuevo escalofrío. —Eres una cobarde —susurró. —No lo soy. —Eres tú la que se marcha. —Me lo has dicho tú. Has dicho que me vaya con Paul. —¡Maldita sea! ¿Haces todo lo que te dicen? ¿Dónde se ha escondido la gatita furiosa? —No soy más que una estudiante, profesor Kaulitz. Tú tienes todo el poder. Podrías... destruirme. —Bobadas. ¿No lo dirás en serio? ¿Piensas que esto son jueguecitos de poder? —Le arrancó la mochila que sujetaba con los dedos agarrotados y la tiró a un lado. Luego la obligó a volverse y le sujetó la cara entre las manos—. ¿De verdad crees que sería capaz de destruirte, con nuestra historia? —No soy yo la que tiene problemas de memoria. Y no, claro que no estoy satisfecha. ¿Crees que era esto lo que buscaba? Soy muy infeliz. Cuando finalmente te encuentro, después de todos estos años, ¡has cambiado tanto que apenas te reconozco! —No me has dado la oportunidad de demostrarte cómo soy en realidad. ¿Y cómo voy a saber lo que esperas de mí si no hablas conmigo? ¡No me explicas nada! —¡A gritos no vas a conseguir que hable contigo! Tom le aplastó la boca con la suya, brevemente pero con mucha pasión, antes de volver a susurrarle al oído: —Habla conmigo —le ordenó, acariciándole el lóbulo de la oreja con los labios. ______ permaneció en silencio, sintiendo cómo la energía fluía entre los dos como una serpiente de furia y de pasión devorándose a sí misma. —Dime lo que quieres o márchate. Al ver que ella no respondía, Tom se apartó lentamente. Ella sintió su ausencia de inmediato y habló sin filtrar las palabras: —Nunca he querido a nadie más. Él la miró a los ojos antes de besarla. Sus labios se unieron con firmeza, juntando sus alientos, sus bocas húmedas y resbaladizas. Tom le acarició la mejilla y la oreja antes de sujetarla por la nuca. Mientras le aprisionaba la boca con la suya, le acariciaba la piel, para tranquilizarla. Sus labios flotaban juntos, deslizándose, devorándose entre sí. Tras unos instantes, él le echó la cabeza hacia atrás rogándole sin palabras que separara los labios. _____ no respiraba. Era imposible. Las sensaciones eran demasiado intensas: el sabor a licor de menta, el aroma de Aramis, su aliento, que la consumía. Ante la falta de respuesta de ella, Tom le recorrió el labio inferior explorándolo con precaución, antes de apoderarse de él hábilmente y de metérselo en la boca. _____ ahogó una exclamación ante la sensación, extraña y tan íntima. Tom jugueteó con su labio entre los suyos. Todo era nuevo, pero al mismo tiempo curiosamente familiar. Labios, dientes, el dulce juego de la lengua. La pasión permaneció, pero la rabia se transformó en energía eléctrica que ardió y chisporroteó a su alrededor cuando ____ por fin respondió a su invitación y se abrió a él.Tenía la mandíbula muy tensa. Al notarlo, Tom empezó a acariciársela para relajarla. Al ver que lo lograba, se volvió más atrevido. Le acarició el labio inferior con la lengua antes de tirar de él y penetrar en su boca. El primer contacto fue tímido, como si sus lenguas fueran viejos amigos que se reencontraban. Pero en seguida se volvió sensual y erótico, como el de dos amantes. El calor se apoderó de ellos y el baile de dos se convirtió en un tango de uno. Fue mucho mejor de lo que Tom podría haber imaginado. Mucho mejor que cualquier sueño. Porque ella era real. Beatriz era real. Y mientras sus labios estaban unidos y le exploraba la boca con la lengua, ella era suya, en cuerpo y alma. Aunque sólo durara unos momentos. «Tan dulce —pensó ______—. Tan cálido.»
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