Rafael abrió la puerta del cuarto y cruzó el pasillo del edificio en dos pasos. Enfrente, la puerta de la señora Gruber estaba entreabierta, y el llanto salía por la rendija cada vez más fuerte.
Rafael la empujó con dos dedos.
La señora Gruber estaba en la sala de su departamento, en bata, meciendo un bulto envuelto en una manta rosada. Levantó la vista hacia él y después hacia Noemi, que llegaba detrás, y frunció el ceño.
—Ya, ya, pequeña —murmuró, mientras le palmeaba la espalda a la bebé—. Tiene hambre, niña. Te dije que no iban a ser diez minutos.
—Gracias, señora Gruber. Ya me la llevo.
Noemi intentó pasar, pero Rafael no se movió de la puerta, sino que miró a la anciana con una cortesía que daba miedo.
—Disculpe, señora. ¿Es su nieta?
La señora Gruber soltó una risa corta.
—¿Mi nieta? Pero si yo no tengo nietos, joven, nunca me casé. —Miró a Noemi con reproche—. Ya le dije a esta muchacha que no sé mentir.
El silencio que siguió fue peor que cualquier grito.
Rafael se volvió despacio hacia Noemi, y ella no bajó la mirada, aunque sentía el corazón en la garganta.
—Me dijiste que tu hermana lo había perdido.
—Y lo perdió.
—Entonces, ¿de quién es esa niña?
—Mía.
Noemi le quitó la bebé a la señora Gruber de los brazos y la apretó contra el pecho. La niña dejó de llorar casi de inmediato y se acomodó contra su cuello.
—Es mi hija —repitió, más firme—. Y no es asunto tuyo.
Rafael la miró a ella y después a la bebé: una estudiante de veinticuatro años, sin pareja, que hacía nueve días había perdido a su hermana, y una recién nacida que no podía tener más de dos semanas.
—¿Cuántos días tiene?
—¿Para qué quieres saberlo? ¿Para ofrecerle un médico discreto a ella también?
La señora Gruber se llevó la mano a la boca. Rafael, en cambio, no se inmutó, aunque dio un paso hacia ellas.
En ese momento la bebé giró la cabeza y la manta se deslizó un poco. Justo debajo de la oreja, en la piel blanca del cuello, había una mancha pequeña y clara, con forma de gota.
Rafael se quedó quieto, y Noemi vio cómo su mano derecha subía, casi sin que él lo notara, hasta el cuello de su propia camisa, donde se quedó apretando la tela.
Después la bajó.
—Volvamos a tu cuarto —dijo, con la voz más baja que ella le había escuchado.
—No vamos a ir a ningún lado contigo.
—Noemi. —Era la primera vez que decía su nombre así, sin filo—. Al cuarto. Ahora.
Ella cruzó el pasillo con la bebé en brazos, solo porque no quería que la señora Gruber escuchara lo que venía, y Rafael entró detrás y cerró la puerta.
Durante un rato ninguno de los dos habló. Noemi se sentó en el borde de la cama, sacó del bolso una lata nueva de fórmula y preparó el biberón con una mano, sin soltar a la niña, mientras Rafael la miraba desde la ventana, junto a la urna, sin quitarle los ojos de encima.
—¿Cómo se llama? —preguntó al fin.
Noemi no contestó.
Rafael sacó una chequera del bolsillo interior del abrigo, escribió algo sin sentarse y arrancó la hoja, que dejó sobre la mesa, al lado del primer biberón.
—Cuarenta y dos mil francos. Págale al hospital.
Noemi miró el cheque sin tocarlo.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que una agencia de cobranza siga dando tu dirección a cualquiera que llame. Hoy fui yo, pero mañana puede ser otra persona.
—¿Y la grabación?
—La grabación sigue en mi oficina. —Se abrochó el abrigo—. Mañana a las nueve, en la sede de Vargas & Asociados en la Bahnhofstrasse, vas a traer el teléfono de tu hermana, los mensajes originales y todos los respaldos que hiciste.
—¿Y si no voy?
Rafael miró a la bebé, que tomaba el biberón con los ojos cerrados.
—Entonces vuelvo yo, con mis abogados y una demanda para pedir una prueba de ADN. Y te aseguro que sé cómo ganarla.
—Si te acercas a ella —dijo Noemi, poniéndose de pie—, te juro que te destruyo. No me importa si termino presa. Te destruyo.
—Ya lo intentaste anoche. —Abrió la puerta—. Y mira dónde estamos.
Salió sin mirar atrás, pero apenas había bajado tres escalones cuando la puerta de la señora Gruber se abrió otra vez y la anciana se asomó, sujetándose la bata con una mano.
—Joven.
Rafael se detuvo.
—Esa muchacha no ha dormido una noche entera desde que llegó —dijo la señora Gruber—. Se pasa la noche caminando con la niña en brazos para que no despierte a nadie.
—Lo sé.
—No, no lo sabe. —Lo miró de arriba abajo, sin miedo—. Usted tiene cara de no haber cargado nunca a un bebé.
Cerró la puerta antes de que él pudiera contestar.
Cuando salió a la calle, levantó la vista hacia el tercer piso. Noemi estaba en la ventana con la niña en brazos, y después de mirarlo un segundo empujó la caja de cartón contra el vidrio hasta taparse por completo.
En el auto, Rafael no encendió el motor. Se desabrochó los dos primeros botones de la camisa, inclinó el espejo retrovisor y giró la cara hacia la izquierda.
Ahí estaba: debajo de la oreja, del tamaño de una lenteja y con forma de gota. La misma que tenía su padre y que había tenido su abuelo.
Se quedó mirándola hasta que el teléfono vibró en su mano. Era Ettore.
—Tenías razón —dijo el investigador, sin saludar—. Conseguí la copia del acta en el registro civil: Léonie Aubert dio a luz el mismo día que murió. Una niña. En el espacio del padre dice "desconocido".
Rafael cerró los ojos.
—Hay algo más —siguió Ettore, y su voz cambió—. No eres el primero que pide esa acta, porque alguien solicitó una copia hace cuatro días.
—¿Hace cuatro días? —Rafael abrió los ojos—. Noemi no me escribió hasta anoche.
—Por eso te llamo. Fue una mujer que pagó en efectivo y no dejó nombre, aunque tuvo que anotar una dirección para recibir el documento.
—¿Cuál?
Ettore tardó en responder.
—Via Montenapoleone, número dieciocho, piso cuarenta. Milán.
Rafael sintió que el aire del auto se volvía demasiado espeso.
Era la dirección de su oficina.
Nota de autor: 🔥 ¡Bomba! Alguien pidió el acta de nacimiento de la bebé cuatro días antes que Rafael... ¡y dejó la dirección de su propia oficina! 😳 ¿Quién creen que fue? ¿Alguien de su oficina, alguien de su familia o una enemiga del pasado? Quiero leer todas sus teorías en los comentarios 💬. Agreguen la historia a su biblioteca 📚 y no olviden su voto ⭐ y sus regalitos 🎁. ¡Las quiero! ❤️