11 EL DESTIERRO

1059 Words
ARIADNA El dolor físico entre mis piernas no era nada comparado con el frío que sentí al ver a Matteo transformado en un extraño. Me vestí temblando, con los dedos torpes, mientras él me esperaba en el umbral de la suite, no me dejó ni recoger el cabello; me tomó del brazo con una fuerza que me dejó marcas moradas y me arrastró por el pasillo. —¡Matteo, suéltame! ¡Te digo que Gia no es una traidora, solo está asustada! —le grité, tratando de frenar mis pasos sobre el piso. Él no respondió ni siquiera me miró, bajamos las escaleras hacia el salón principal, donde las luces estaban encendidas y el ambiente apestaba a tabaco, mi padre estaba de pie junto a la chimenea, con una copa de coñac en la mano, Isabella y Enzo estaban en las sombras. —¿Qué es este escándalo, Moretti? —rugió mi padre, dejando la copa en la mesa—. Son las cuatro de la mañana. Matteo me soltó con un empujón que me hizo trastabillar frente a mi padre, tiró el sobre de manila sobre la mesa, desparramando las fotos y el registro de mensajes. —Su hija es una rata, Don Valenti —soltó Matteo, su voz era fría tanto que me cortó el aliento—. Usó mi cama para cubrir el pago a los Contti. Aquí están las pruebas: el collar que usted le regaló, entregado a una informante de Sandro en mi propia cocina. Mi padre tomó las fotos, sus ojos recorrieron las imágenes de mi encuentro con Gia. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Sabía cómo se veía aquello desde afuera: una Valenti conspirando con la servidumbre para hundir al Don. —Ariadna... —mi padre me miró con una decepción que me dolió más que cualquier golpe—. ¿Es esto cierto? ¿Entregaste las joyas de nuestra familia a los enemigos de tu esposo? —¡Lo hice para salvar a Gia, papá! —exclamé, con la voz quebrada—. Ella está enamorada de un hombre que tiene deudas y la estaban chantajeando. ¡No es una conspiración contra Matteo! —¿Y el mensaje? —intervino Isabella, saliendo de las sombras con una sonrisa gélida—. El mensaje desde tu teléfono confirmando que el pago estaba hecho al bando de Sandro. ¿También eso fue caridad, querida? Me quedé muda, yo no había enviado ese mensaje. Miré a Matteo suplicando con la mirada que viera la verdad en mis ojos, pero él solo me miraba con un asco profundo, con el odio de un hombre que se siente estafado en su momento más vulnerable. —Yo no escribí eso, Matteo. Te lo juro por mi vida —susurré, dando un paso hacia él. —¡No vuelvas a jurar nada! —rugió él, dando un paso al frente que me obligó a retroceder—. Anoche te entregaste a mí, me dejaste ser el primero solo para que no sospechara de ti. Eres la mujer más baja que he conocido en mi vida. —¡Matteo, fui virgen por elección, no por estrategia! —le grité, sintiendo las lágrimas de rabia quemarme las mejillas—. ¡Lo hice porque creí que podíamos ser algo más que un maldito contrato! —Pues te equivocaste —Matteo se giró hacia el centro del salón, con los ojos rojos de furia—. ¡Enzo! ¡Dante! Bajen a Gia al sótano. Quiero que confiese cada maldita palabra de este plan y tú Enzo... no te muevas, tú también vas a ser interrogado, tu negligencia nos costó la paz. Enzo palideció, pero asintió con la cabeza gacha, escoltado por los propios hombres que antes comandaba, Matteo se giró de nuevo hacia mi padre. —Don Valenti, el pacto se rompe hoy. No quiero a esta víbora bajo mi techo ni un segundo más, llévesela de Palermo antes de que decida que la traición se paga con sangre, incluso si lleva su apellido. Mi padre me miró con una frialdad que no conocía, el orgullo de los Valenti era más fuerte que la sangre. Si yo era una traidora, ya no era su hija. —Si Matteo dice que eres culpable y las pruebas están aquí, no tengo nada que decir en tu defensa, Ariadna —dijo mi padre, dándome la espalda—. Has avergonzado a nuestra familia de la forma más vil, te desheredo y a partir de este momento, no tienes padre ni apellido. El silencio que siguió fue absoluto. Me quedé ahí, en medio del salón, sola contra todos. Miré a Matteo, el hombre que hace unas horas me abrazaba con una ternura desesperada, ahora me miraba como si fuera basura que necesitaba ser barrida. —Está bien —dije, enderezando la espalda y limpiándome las lágrimas con un gesto brusco—. Me voy, pero recuerda una cosa Matteo Moretti: cuando descubras quién te puso este dedo, cuando te des cuenta de que me echaste por creer en un papel y no en la mujer que se abrió para ti... será muy tarde, porque la confianza que rompiste hoy, no se compra con ninguna joya. Caminé hacia la salida con la frente en alto, cada paso me dolía, recordándome nuestra noche. —¡Ariadna! —gritó Matteo cuando llegué a la puerta. Me detuve, pero no me giré. —Si vuelves a poner un pie en Sicilia, te mataré yo mismo —sentenció él—. Vete ahora. Salí de la mansión bajo una lluvia baja. No tenía dinero, ni llaves, escuché cómo el portón se cerraba tras de mí. Me detuve un momento para mirar hacia atrás, Matteo estaba en el balcón, una silueta oscura. —Me perdiste, Matteo —susurré al viento—. Y esta vez, no habrá contrato que pueda traerme de vuelta. Empecé a caminar por la carretera costera, sola en la oscuridad. De pronto, un coche n***o frenó en seco frente a mí, una figura bajó del vehículo, no pude verle la cara, pero su porte era inconfundible. —Sube al auto pequeña —dijo la voz profunda que ya había escuchado antes—. El mundo cree que estás sola, pero un Moretti nunca deja sus deudas sin pagar y Matteo te debe la vida.
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