MATTEO
Encuentro a Gia temblando en el pasillo de las cocinas, no la dejo escapar; la sujeto del brazo y la arrastro hacia la despensa, cerrando la puerta tras de nosotros. La niña tiene los ojos rojos, se nota que ha llorado y las manos le tiemblan tanto que apenas puede sostenerse.
—Dime la verdad ahora mismo, te vi en el puerto con los binoculares, le miento. Sé que fuiste tú quien dio el aviso —le siseo, apretando su agarre.
—¡No es lo que parece! ¡Por favor, no se lo digas a Matteo! ¡Él me va a matar! —se desploma en el suelo, sollozando con una desesperación que me revuelve el estómago.
—¿Por qué lo hiciste? ¿Por dinero? ¿Por Sandro?
—¡Por amor! —grita ella, tapándose la boca de inmediato—. Conocí a alguien... un hombre del bando de los Contti. Tiene una deuda enorme, si no pagaba esta semana, lo iban a colgar de un puente en Catania, me pidió información a cambio de su vida. Él me ama, te lo juro, él no quería hacerme daño.
Me quedo helada, la maldición de las mujeres en este mundo: sacrificarse por hombres que solo nos usan como moneda de cambio. Miro a la niña y en lugar de asco, siento una compasión que me quema. Si Matteo se entera, Gia no verá el amanecer.
—Escúchame bien, no voy a decir nada, pero tienes que cortar esto ahora —me arranco el collar de diamantes y esmeraldas, un regalo de mi padre que vale una fortuna en el mercado n***o, y se lo pongo en la mano—. Toma esto. Empeñalo, paga su deuda y dile que se largue de Italia, si vuelves a pasar una sola información, yo misma te entregaré a Matteo. ¿Entendido?
Gia asiente frenéticamente, escondiendo la joya bajo su ropa antes de salir huyendo. Me quedo sola en la oscuridad, sabiendo que acabo de cavar mi propia tumba si esto sale a la luz.
Subo a mi habitación y ahí está Matteo inconsciente, me cuesto tratando de no molestarlo pero el se acomoda y con su brazo sano me jala hacia el y me abraza de la cintura.
Al día siguiente por la tarde, estoy en el salón principal para la reunión de los capitanes. Matteo está sentado en la cabecera, con el hombro vendado bajo el traje, pero con una mirada que podría congelar el infierno. Me siento a su derecha, manteniendo la espalda recta. Rocco, uno de los capitanes más jóvenes y ambiciosos de Palermo, no ha dejado de recorrer mi cuerpo con la mirada desde que entré.
—Don Matteo, la alianza con los Valenti parece sólida —dice Rocco, con una sonrisa ladeada que me da asco—. Pero me pregunto si la señora Ariadna no se siente demasiado sola en esta mansión tan grande mientras usted se encarga de la guerra.
Matteo aprieta el vaso de cristal hasta que sus nudillos se ponen blancos. La tensión en la mesa es una bomba de tiempo.
—Mi esposa está perfectamente atendida, Rocco. Asegúrate de que tus hombres estén tan atentos a la frontera como tú lo estás a mi mesa, o podrías perder la vista antes de un parpadeo —responde Matteo, su voz es un susurro letal.
Rocco no se amilana, se levanta para servirse más vino y al pasar por mi lado, su mano roza deliberadamente mi hombro. Matteo se pone de pie de un salto, ignorando el dolor de su herida, y estampa la mano de Rocco contra la mesa de madera.
—¡Fuera! ¡Todos fuera! —ruge Matteo.
Los capitanes salen en silencio, sabiendo que el Don está a punto de estallar. Mi padre me mira con sospecha antes de retirarse, pero no dice nada. En cuanto nos quedamos solos, Matteo me toma del brazo y me arrastra hacia las escaleras, no dice una palabra hasta que entramos en nuestra habitación y patea la puerta para cerrarla.
Me acorrala contra la madera, atrapando mis manos sobre mi cabeza. Su respiración es errática, caliente, cargada de una furia que se confunde con el deseo.
—¿Te gusta, verdad? —me sisea, pegando su cuerpo al mío—. Disfrutas ver cómo esos perros se babean por ti, disfrutas provocarme hasta que pierdo la cabeza.
—Tú eres el que no tiene control, Matteo. Rocco es un idiota, pero tú eres el que está actuando como un animal —le respondo, desafiándolo con la mirada.
—Porque eres mía, Ariadna. Por contrato, por ley y por sangre y si tengo que matar a cada hombre que te mire para que lo entiendas, lo haré.
—Entonces empieza conmigo, porque no soy tu propiedad.
Matteo baja la cabeza, rozando mis labios con los suyos. Siento el latido de su corazón contra mi pecho, una descarga eléctrica que me recorre la columna. Sus manos aprietan mis muñecas con fuerza, y por un segundo, el odio desaparece, dejando solo una necesidad oscura y hambrienta.
—Dime que me detenga —gruñe él, hundiendo su rostro en mi cuello—. Dime que no me quieres cerca, pelirroja, miénteme ahora mismo.
No respondo, le suelto una mano y la enredo en su cabello, tirando de él para que me mire.
—No me voy a detener, Matteo —susurro contra su boca—. Así que hazlo de una vez.
Él suelta un gruñido gutural y me besa con una violencia que me deja sin aliento. Ya no hay vuelta atrás, la guerra que hay en esta habitación apenas va a comenzar.