9 LA MARCA DEL DON

1115 Words
MATTEO La puerta de la suite se cerró con un estruendo, no hubo palabras, solo el sonido de nuestras respiraciones chocando en la oscuridad. Acorralé a Ariadna contra la madera de la puerta, devorando su boca con una sed que me estaba volviendo loco. Mis manos torpes por la adrenalina, buscaron la cremallera de su vestido, ella no se quedó atrás; me jalaba del cabello, me mordía el labio inferior y gemía contra mi boca con una urgencia que me estaba volviendo loco. La cargué, sintiendo sus piernas enredarse en mi cintura, y la tiré sobre la cama. Me deshice de mi ropa en segundos, pero cuando me incliné sobre ella para arrancarle la lencería, Ariadna se tensó de golpe. Sus ojos verdes, antes nublados por el deseo, se abrieron con un destello de pánico que me detuvo en seco, tenía las manos apoyadas en mi pecho, empujándome débilmente. —Espera —susurró, con la respiración entrecortada—. Detente un segundo. —¿Qué pasa? ¿Te arrepentiste ahora que estamos aquí? —mascullé, tratando de controlar el pulso que me martilleaba en la sien. —No, es que... nunca lo he hecho, Matteo. Soy virgen. Me quedé helado. En este mundo de lobos y traiciones lo último que esperaba encontrar en una mujer con su fuego esa pureza. El instinto primitivo de posesión me golpeó con fuerza. Ser el primero, ser el único que dejaría una marca en ella, me hizo sentir el dueño de su existencia. Mi furia se transformó en algo más denso, más oscuro y protector. —Mírame, pelirroja —le dije, bajando el tono hasta que mi voz fue un gruñido bajo—. Voy a ir despacio, solo confía en mí. Me deslicé entre sus piernas con una paciencia que no sabía que poseía. La besé con una lentitud tortuosa, recorriendo su cuello y sus hombros mientras mis dedos la preparaban. Ariadna arqueaba la espalda, soltando jadeos cortos, aferrándose a mis hombros como si fuera su único anclaje. Cuando finalmente me abrí paso, sentí la barrera física, me detuve en seco, enterrando el rostro en su cuello mientras ella soltaba un gemido ahogado de dolor que me caló hasta los huesos. —Respira conmigo, Ariadna. Ya pasó —le susurré al oído, conteniendo mis propias ganas de embestir con salvajismo. Poco a poco, su cuerpo cedió y el dolor se transformó en una tensión eléctrica que nos consumía. Cuando el ritmo se estabilizó, la delicadeza se fue al diablo. La pasión nos arrastró y terminé reclamándola con una intensidad que me dejó vacío, marcándola como mía ante cualquier ley de este mundo, pero ella no se quedó como una espectadora. En cuanto recuperó el aliento, me empujó contra las almohadas y se subió sobre mí, cabalgándome con una determinación que me dejó mudo. Ella dictaba el ritmo ahora, se movía con un hambre salvaje, ignorando la molestia física, disfrutando de la forma en que mis manos apretaban su cintura. Yo gruñía su nombre como una oración, mis músculos tensos bajo sus dedos mientras ella me llevaba al límite. Fue un duelo de voluntades donde los cuerpos hablaban lo que nuestras bocas callaban, cuando terminamos por segunda vez, caímos rendidos, entrelazados en un nudo de sábanas y sudor. Me quedé observándola mientras dormía acurrucada contra mi costado. Tenía el rostro relajado y un rastro de lágrimas secas en las comisuras de los ojos. Sentí una punzada de algo parecido a la ternura, una debilidad que me asustó. Ella era mi mujer ahora, de verdad, y eso me hacía sentir más fuerte, pero también peligrosamente vulnerable. Me levanté sin despertarla, vistiéndome en silencio mientras la luz de la luna bañaba su silueta, parecía frágil, casi inocente. Salí de la habitación para buscar un trago, pero en el pasillo me encontré con Enzo. Su rostro estaba pálido y sostenía un sobre de manila que me extendió con una rigidez que me puso los pelos de punta. —Don Matteo, perdón por la hora. Pero tiene que ver esto, es del puerto de Catania. Abrí el sobre y sentí que el mundo se me caía encima. Eran fotos, en una, Ariadna le entregaba un sobre a Gia en la cocina, justo antes de subir a mi cama. En otra, se veía el collar de esmeraldas de los Valenti sobre una mesa de madera en un almacén de los Contti. La última era un registro de mensajes del teléfono de Ariadna a un número vinculado con Sandro: "El pago está hecho, mantén el trato". La sangre se me convirtió en lava, regresé a la habitación hecho un demonio, pateando la puerta con tanta fuerza que el marco crujió. Ariadna se despertó de un salto, cubriéndose con la sábana, con los ojos dilatados por la confusión. —¡Matteo! ¿Qué pasa? —preguntó, tratando de incorporarse, pero soltó un quejido por el dolor de su zona íntima, ver su fragilidad me dio asco. —¡Levántate! —le rugí, tomándola del brazo y jalándola fuera de la cama sin ninguna delicadeza, el cuerpo me pedía matarla. —¡Suéltame! ¡Me lastimas, idiota! —gritó ella, tratando de cubrirse mientras tropezaba con las sábanas. —¡Me viste la cara! ¡Usaste tu virginidad para que yo bajara la guardia! ¡Me vendiste mientras yo me desangraba! —le estampé las fotos en el rostro, obligándola a verlas—. ¡Dime qué es esto! ¡Dime que no le diste tus joyas a Gia para pagarle a mis enemigos! ¡Dime que no mandaste ese maldito mensaje! Ariadna miró las fotos y su rostro pasó de la confusión al horror absoluto. Sus labios temblaron, pero no salieron palabras de ellos. Ese silencio fue mi sentencia de muerte, la mujer que hace una hora me hacía sentir en la gloria, ahora era el ser que más odiaba en la tierra. —Matteo, yo... no es lo que piensas, Gia estaba... —¡Cállate! ¡No quiero oír una sola mentira más saliendo de tu boca! —la solté con un empujón que la hizo caer de nuevo en la cama—. Te entregaste a mí para sellar tu traición. Me usaste de la forma más baja posible. Me giré sintiendo que, si me quedaba un segundo más, perdería el control de mis manos sobre su cuello. —Vístete, tu padre está abajo. Vamos a ver si él también es parte de este plan o si solo crió a una víbora —salí de la suite sin mirar atrás, con el pecho ardiendo y la certeza de que nunca volvería a confiar en nada que tuviera el cabello rojo y ojos verdes.
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