ARIADNA
El ruido de las hélices del helicóptero todavía me retumbaba en los oídos cuando pusimos un pie en el helipuerto de la mansión, pero no era nada comparado con la mirada de acero de Isabella Moretti. La Reina Roja nos esperaba con rostro imperturbable ante el rastro de sangre que Matteo iba dejando por nuestro camino.
—Tu padre está en el salón, Ariadna —soltó Isabella, sin siquiera un qué bueno que están vivos—. Y no vino a tomar el té.
Miré a Matteo, estaba pálido, con la mandíbula tan apretada que parecía que se le iba a romper, pero no soltaba mi mano. Quise soltarme, recordarle que esto solo era un contrato, pero algo en la forma en que me sujetaba me dijo que, si lo hacía, el Don se derrumbaría ahí mismo.
—Entra y cámbiate —me ordenó Matteo, su voz era un hilo ronco pero autoritario—. Yo me encargo de él.
—Es mi padre, si cree que me han faltado al respeto en Catania, va a ponerse en un estado que no nos conviene —le respondí, sosteniéndole la mirada—. Y por cómo te ves, dudo que puedas sostener un vaso de agua, mucho menos una negociación con un Valenti.
Entramos a la mansión y en el gran salón, mi padre, estaba de pie frente a la chimenea. Al vernos llegar, su expresión no fue de alivio, sino de una furia contenida que me hizo enderezar la espalda por puro instinto.
—¿Qué es esto, Moretti? —rugió mi padre, señalando mis ropas destrozadas y el hombro vendado de Matteo—. Te entregué a mi hija para sellar un pacto, no para que la usaras de escudo humano en un puerto de mala muerte.
—Nadie la usó de escudo, suegro —contestó Matteo, dando un paso al frente a pesar de que casi se tambaleaba—. Nos pusieron una trampa. Sandro tiene ojos en todos lados, incluso en los muelles que se suponen seguros.
—Entonces no eres el Don que me prometieron —mi padre se acercó a mí, tomándome del rostro con una brusquedad que me hizo apretar los dientes—. Mírate Ariadna, estas hecha un desastre. Si los Moretti no pueden darte la seguridad que tu apellido exige, este matrimonio se acaba hoy mismo.
—Yo no voy a ningún lado, papá —solté, apartando su mano de un tirón—. No soy una mercancía que puedas devolver porque el empaque se dañó. Matteo recibió una bala que era para mí. Si eso no es cumplir con el pacto, no sé qué lo sea.
Mentí, la bala no era para mí, pero necesitaba que mi padre se calmara. Matteo me miró de reojo, sorprendido por mi defensa, pero no dijo nada. Isabella intervino con esa elegancia venenosa que la caracterizaba, invitando a mi padre a una oficina privada para ajustar los términos.
Dante ayudó a Matteo a subir las escaleras mientras yo me quedaba en el vestíbulo, sintiendo que las paredes de la mansión se me venían encima. Vi a Gia pasar rápidamente por el fondo del pasillo que daba a las cocinas. Iba cabizbaja, evitando cualquier contacto visual. El recuerdo de ella en el muelle con los binoculares me quemó el estómago.
Subí a la suite matrimonial con el corazón acelerado. Matteo estaba sentado en la orilla de la cama, mientras un médico de la familia terminaba de limpiarle la herida. Al verme entrar, le hizo una seña al doctor para que se retirara.
—¿Por qué mentiste? —preguntó Matteo en cuanto nos quedamos solos.
—Porque no quiero volver a Milán como una fracasada y porque si mi padre te declara la guerra ahora, Sandro ganará sin disparar un solo tiro más.
Me acerqué a él y me senté a su lado, con cuidado de no tocar su hombro. La tensión s****l que habíamos dejado suspendida en la lancha seguía ahí, vibrando entre nosostros.
—Tienes que descansar —le dije, suavizando el tono sin querer—. La fiebre va a subir en cualquier momento.
—No puedo descansar, alguien me traicionó, vi a Gia y ahora tu padre está aquí oliendo debilidad.
—Yo me encargo de Gia —solté sin pensarlo—. Tú encárgate de no morirte, necesito que estés lúcido mañana para la reunión con los capitanes.
Matteo me tomó por la nuca con su mano sana y me obligó a acercarme.
—Si descubro que sabías algo de Gia y me lo ocultaste... —susurró, dejando la amenaza en el aire.
—No sé nada todavía, pero lo sabré. Ahora acuéstate.
Lo ayudé a recostarse. La fiebre como predije empezó a reclamar su cuerpo; durante un par de horas Matteo estuvo entre la vigilia y el delirio, se movía inquieto, murmurando nombres de personas que ya no estaban. En un momento de la madrugada, su mano buscó la mía con una desesperación que me partió el alma.
—Papá... —susurró, con los ojos cerrados y el rostro empapado en sudor—. Ya casi los tengo... no dejes que ella se vaya...
Se me detuvo el corazón. ¿De quién hablaba? ¿De su madre? ¿De Vittoria? ¿O de mí? Me quedé sentada en el suelo, junto a la cama, sosteniendo su mano hasta que su respiración se volvió pesada y regular.
Cuando estuve segura de que dormía profundamente, me levanté. Necesitaba aire, salí al pasillo oscuro caminando en silencio hacia la habitación de Gia, pero antes de llegar algo me hizo detenerme cerca de la suite de Isabella.
La puerta de la Reina Roja estaba entreabierta. Un hilo de luz escapaba hacia la alfombra. Escuché un susurro, una voz masculina, profunda y familiar que no debería estar ahí.
—Aún no es el momento, Isabella. El cachorro tiene que aprender a lamer sus propias heridas antes de liderar a la manada.
Me pegué a la pared, conteniendo el aliento. Esa voz... la había escuchado en grabaciones, en las historias de terror que contaban sobre el Don Alessandro, se suponía que estaba muerto, se suponía que lo habíamos enterrado, yo estuve ahí.
Escuché el sonido de unos pasos que se alejaban hacia el balcón de la habitación. Me asomé con el corazón en la garganta, pero solo vi las cortinas ondeando y a Isabella sentada en su sillón, con una copa de vino en la mano y una sonrisa de satisfacción que me dio escalofríos.