—Cariño, tienes que relajarte, no has dejado de observar a Aleksandra. —¿Me estás dando órdenes, Vera? —No, cariño, ¿cómo crees? Solo que siento que todos nos están observando. —La observé como si fuera a asesinarla. ¿Quién carajos se ha creído esta mujer para ordenarme cosas? Me acerqué a su oído y susurré: A mí me importa una mierda que todos estén observando lo que yo haga o deje de hacer en mi maldita fiesta. Es mi problema y, si quiero pasar toda la noche vigilando a Aleksandra Koslov, lo haré. La dejé plantada en plena pista de baile y me fui a la barra, donde pedí un trago doble, el cual tomé de golpe. —Quiero otro. Dos tragos no fueron suficientes para aplacar toda la ira contenida. Y es que desde aquí podía observar todo el panorama; ella disfrutaba como si no hubiera un mañ

