ALESSANDRO La noche en los muelles de Palermo huele a pescado podrido. Enzo patea la puerta de metal oxidado del almacén y entramos con las armas en alto, flanqueados por seis de mis mejores hombres, no hemos venido a negociar, hemos venido a exterminar. Había rumores sobre un nuevo grupo intentando establecer una red de trata de personas en mi territorio, mujeres, niños, pero en mi territorio no permito a esa escoria. En la Cosa Nostra tenemos reglas, se vende droga, se venden armas, se cobra protección, pero no se vende gente, no bajo mi guardia y mucho menos cuando mi mujer está embarazada en casa. El tiroteo es breve y brutal, los traficantes, ratas cobardes que se esconden tras la oscuridad, no son rivales para mi guardia pretoriana y caen uno tras otro, manchando el suelo de cemen

