La noche se había instalado mucho más rápido de lo que los jóvenes habían aventurado.
Clara y Miranda se habían puesto sus jeans rotos y esas remeras gastadas de una de las primeras giras de la banda, que habían heredado de su padre. No habían vuelto a hablar de los mellizos, mucho menos de Dante, Clara todavía intentaba entender qué había cambiado, no quería creer que le gustaba, era más chico que ella, no se parecía a ninguno de los chicos que le habían gustado en su adolescencia y sin embargo, allí estaba pensando en él, recordando la forma en que le había hablado, haciéndolo girar en su cabeza hasta quedar totalmente mareada.
Miranda por su parte seguía indignada, había creido leer las señales, había pensado que estaban en la misma sintonía y sin embargo, toda la ilusión de haber logrado el permiso para llegar hasta Melbourne se había evaporado, convirtiéndose en arrepentimiento por haberse alejado en navidad, en esa época que su familia siempre había honrado, de la que solo tenía buenos recuerdos, aunque ahora algunos dolieran.
-¿Se puede saber dónde te habías metido?- le preguntó Clara a Lola al verla entrar a la habitación .
-Creo que mejor no.- respondió la joven dejándose caer en la cama con gracia y Clara y Miranda olvidaron sus aflicciones para acercarse a ella.
-Ah, no claro que si… vas a tener que contarnos todo.- le dijo Miranda acomodándose a su lado con esa mirada incisiva que hacía difícil negarse.
-Es que creo que lo arruine.- respondió cubriéndose la cara con las manos mientras negaba con su cabeza.
-No entendemos nada. Podes comenzar por el principio.- respondió Clara que también se había sentado a su lado y había cruzado sus cortas piernas como si fuera una niña a punto de oír un cuento.
-El principio fue hace tanto.- respondió Lola liberando todo el aire de su pulmones.
-Estamos hablando de León, ¿no?- le preguntó Miranda conociendo la respuesta.
-León.. León.. ¿Cómo puede ser que alguien te genere tanta felicidad y tanto miedo a la vez?- se preguntó en realidad a sí misma, con la piel aun en llamas por su encuentro reciente.
-¿Qué es lo que te da tanto miedo, Loli? Mereces ser feliz y si es con él, qué más queres.- le dijo Miranda dejando las risas de lado para hablarle en serio.
-El es un hombre que ama su libertad, un alma rebelde que no es feliz en la estructura y yo tengo que atenerme al plan, tengo que seguir una vida casi cronometrada, con horarios de medicación y controles estrictos, sin terminar de saber a ciencia cierta hasta cuándo será así. No quiero condenarlo, no puedo hacerlo, cuando él es tan… perfecto.- dijo sin atreverse a abrir los ojos.
-Eso debería elegirlo él, Loli, no tiene nada de malo respetar horarios de pastillas o hacerse un control una vez por año..- respondió Clara mucho más directa de lo que su edad suponía.
-No sabe lo que es, puede suponerlo, puede imaginarlo, pero no quiero repetir ninguna historia. Se lo que es y no se lo deseo a nadie.- dijo dejando caer algunas lágrimas que llevaba demasiado tiempo conteniendo, porque sabía que si las dejaba escapar no sería capaz de frenarlas.
-Ay Loli, no digas eso, no tiene porque ser igual.- dijo Miranda fundiéndose en un abrazo al que Clara se unió liberando sus propias lágrimas.
El pasado podía doler demasiado.
Uno podía seguir adelante, podía cubrir las lágrimas con actividades, con nuevos anhelos, con ilusiones, con esperanza, pero las cicatrices tardan mucho en sanar y a veces, como en ese momento, volvían a desbordar, con la misma intensidad, con la misma fuerza, con la capacidad de revivir la pena, tatuada en el alma.
Era difícil convencerla de que la historia no iba a repetirse, porque ninguna sabía lo que les depararía el destino. En el pasado las cosas habían cambiado sin advertencia y el temor a que volviera a ocurrir se robaba las palabras, dejándolas apenas con sus lágrimas y sus abrazos. En una fusión que sonaba a poco, pero se sentía reconfortante.
-No puedo decirte nada para que dejes de pensar en eso, pero puedo decirte lo que siempre me enseñaron.- le dijo Miranda una vez que pudo controlar su propia emoción.
-No lo sabes hasta que no lo intentas.- le dijo buscando sus ojos, tan sinceros como siempre habían sido, con esa chispa que aún conservaba desde niña, alimentado la ilusión de que la princesa no había muerto, que la valentía que siempre había mostrado seguía allí y que la esperanza no estaba perdida.
Entonces las tres quisieron volver a creer y sin necesidad de más palabras, salieron a enfrentar el destino.
Regresaron al encuentro de quienes conseguían hacerlas vibrar, los alcanzaron en la playa y se dejaron llevar. Acompañadas por Evens, Dante, Mackny León comenzaron a andar.
Volvieron a reír, a cantar, a caminar y en la narcótica atmósfera de una noche sin inhibiciones se aventuraron a nadar en el mar.
Ninguna quiso hablar de nada que no fuera a generar una risa contagiosa y para ellos, así fue mejor. Como si volvieran a ser niños que se desvían por el amor, como si sus padres aun los miraran desde la orilla, con sus dientes brillantes y sus ojos mojados, como si la vida no hubiera decidido cambiar las cartas y Cloe, Liam, Ciro, Abril, Maite, Blas, Charly, MIlo, Emma y Enzo siguieran juntos. Haciendole honor al amor que habían sabido mantener, trazando familias que hoy deseaban renacer.
-No me mires si no estás dispuesto a mirarme de verdad…- le arrojó Miranda a Mack sumergiéndose en el agua helada mientras sus piernas largas se enroscaban en sus caderas firmes.
-Siempre me gusto mirarte y ahora mucho mas.- respondió él, por fin liberando ese deseo enorme que tenía de probar lo que su mente insistía en que sería increíble.
Entonces la olas fueron el refugio perfecto y la noche un cómplice audaz que les permitió por fin besarse, sin pensar en nada más.
Y el beso fue mejor de lo esperado y el deseo no quiso frenar. Y sin embargo, a veces, aunque se desee con el alma, no puede ser suficiente.
Porque el caprichoso destino había vuelto a actuar. Y mientras el agua helada cobijaba gozo entre los dos, su temperatura había aniquilado otro palpitar, el de un corazón débil, que aunque quisiera, no podía aguantar.
Un espasmo, un sollozo y después nada más.
Un grito desesperado, unos tatuajes cargando un cuerpo frágil sin quebrarse, hasta que las luces giratorias de una ambulancia decidieron que hasta allí podían llegar. Y entonces un nuevo corazón se sintió desesperar.
León comenzó a llorar, porque la vida no podía portarse tan mal. Ahora que sabía que no la quería dejar, se la habían arrebatado sin siquiera avisar. Ahora que sabía que en el pasado se había equivocado, ahora que sabía que no estaba dispuesto a huir de ella nunca más, ahora ya no tenía por quien pelear.