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1011 Words
11 años atrás . . La noche de navidad no solo había sido la primera noche de amor de su vida, también había sido la más feliz que podía recordar de sus cortos 18 años. Y sin embargo había durado tan poco que se parecía mucho más a una estrella fugaz que solo pasa una vez que a un encuentro con la capacidad de quedarse tatuado en el corazón para siempre. Lola había pasado las fiestas junto a su familia, escabulléndose siempre que había podio junto a León para volver a amarlo cada vez más segura de que junto a él podía sentirse segura, habían viajado a la playa, habían festejado y habían logrado construir momentos a solas que atesoraría para siempre en su alma. Pero así como había sido maravilloso, había tenido un final que, si bien había imaginado, nunca había creído que pudiera hacerse realidad. León siempre le había hablado de sus planes de dejarlo todo, de sus ansias de seguir los pasos de su madre, de reconectarse con su pasado, de explorar su propio interior para saber quién era realmente. Ella lo escuchaba, lo entendía, lo amaba tanto que estaba dispuesta a seguirlo, pero así como lo entendía, su propia mente la había llevado a creer que a lo mejor, a su lado, cambiaría de opinión. Que si la amaba tanto como ella a él elegiría quedarse, que la eligiria a ella. Y sin embargo, los hechos se encargaron de demostrar que su amor no era suficiente. Cuando Lola le contó a Charly y Milo sus planes, no obtuvo la respuesta esperada. Todavía debía terminar el colegio, tenía que continuar con sus controles médicos, tenía que recibir la medicación costosa que ellos pagaban y eso volvía peligrosa su partida Pero entonces Lola no había podido aceptarlo. Se había enojado como nunca antes en su vida, se había mostrado evasiva y distante con ellos y había buscado refugio en un amor demasiado joven, que si bien era grande, no se había animado a desplegar sus alas. -Quedate, quedate conmigo, por favor.- le suplicó Lola sumergida en su torso desnudo, mientras acariciaba ese pequeño tatuaje que llevaba en su abdomen desde hacía poco tiempo. -No puedo, Lol, lo siento, yo siempre fui sincero con vos, siempre te conté mis planes, es lo que siento que debo hacer.- le respondió tragando saliva para no dejarse vencer por ese grito insistente que le pedía que no fuera un tonto. -Se que me lo dijiste mil veces, pero pensé que ahora las cosas habían cambiado…- le confesó dejando correr una lágrima rebelde por su mejilla, sin molestarse en secarla. -No puedo con esta vida, no sirvo para ser como Emma y mi papá. Me siento ahogado, me asfixio en la ciudad persiguiendo un sueldo digno para pagar un colegio caro, para comprar una casa de dos plantas en un barrio aceptable. No sería feliz con esa tradición, no lo soy ahora.- le arrojó sin saber cuánto le dolía eso a la joven Lola que ahora sí había comenzado a frenar sus lágrimas. -No soy suficiente para vos.- dijo en voz baja apesadumbrada. Entonces él se incorporó para buscar sus ojos y acunar sus mejillas. -Lol, vos siempre vas a ser lo mejor de mi vida.- le dijo queriendo que le creyera, pero ella apenas pudo fingir una sonrisa. No le creía. Había perdido las esperanzas de hacerlo cambiar de opinión y sabía que no podía acompañarlo. Eso la dejaba en la penosa situación de despedida, de aceptar que lo que había imaginado como un para siempre, en realidad, no sería más que un recuerdo fugaz de un amor intenso pero perecedero. -No puedo culparte.- respondió Lola comenzado a aceptar su destino en la vida. Ella era frágil, era dueña de un corazón débil que dependía de controles y medicina, dueña de una vida breve seguramente, que no podía prometer nada. Era lógico que se alejara, incluso si la quería como decía, era lo más sabio que podía hacer, porque sino dolería demasiado. León la miró sin terminar de entenderla, su mente estaba demasiado confundida. Sabía que alejarse podía costarle muy caro, pero no podía hacer otra cosa. De no hacerlo siempre viviría con esa incertidumbre molesta que lo acompañaba cada día, con el recuerdo de haberlo hecho por otro, con la fantasía de que si lo hubiera intentado, de seguro sería más feliz y no quería eso para ellos. No quería una pareja sobre reproches, porque ella era todo lo que siempre había estado bien en su vida. -Somos jóvenes Lol, tenemos toda la vida por delante y se que esto no va a ser una despedida. Tenes tanto por vivir todavía.- le dijo descubriendo el instante exacto en el que su corazón se fragmentaba haciendo sus ojos brillantes, en un intento inútil por ocultar que sus palabras le dolían. -Si, es verdad. León. Esto es lo mejor.- respondió tragando su angustia, fingiendo aceptación y resignando sus sentimientos para hacerlo feliz. No quería que se quedara porque ella lloraba o porque ella suplicaba. Si se quedaba debía ser porque la amaba tanto como ella a él, porque la elegía, porque sabía que juntos valían mucho más que cualquier aventura, que su unión era libertad, porque cuando se ama de verdad el motor impulsa a hacer al otro feliz. Y aunque lo dejó hacerle el amor una vez más, esa noche no pudo disfrutarlo, porque las despedidas duelen y la futura ausencia comenzaba a ahogarla. Y sin embargo, ya no había nada que pudiera hacer. -No tenía que ser.- le susurró al oído antes de partir y dejó una carta en su mesa de noche suplicándole que no se despidiera, porque no se sentía capaz de soportarlo. Y entonces regresó a los únicos brazos que nunca la habían defraudado, lloró entre los rizos de Charly, apretó sus lunares y bebío sus susurros, dejándose consolar por la única persona que le había demostrado que el amor sí existía. La única persona que siempre había sido valiente, la única que siempre la hacía feliz. Su mamá.
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