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1018 Words
El cartel sobre los flyers de la ciudad eran solo un recordatorio de cómo la vida puede cambiar de un minuto a otro. El show estaba cancelado hasta nuevo aviso. Habían tenido que reprogramarlo, con la esperanza de poder llevarlo a cabo algunos días más tarde. Como si la línea de tiempo hubiera retrocedido en décadas, una vez más, una sala de espera de un hospital, se había poblado y si bien las líneas de expresión marcaban sus surcos con determinación, el gesto de preocupación era exactamente el mismo. Aunque esta vez, se acompañaban de nuevos rostros. Liam estaba sentado con su cabeza entre sus manos, respiraba agitado intentando contener la frustración de verse involucrado nuevamente en esa situación. Los recuerdos eran demasiados dolorosos y la incertidumbre lasciva. Ciro estaba parado a su lado apoyado contra la pared, sin atreverse a quitarse las gafas oscuras para no revelar que llevaba los ojos borrosos a causa del temor de sufrir un nuevo final. Habían pasado más de doce horas desde que Lola había sido ingresada y las noticias parecían llegar a cuentagotas. -Que no vengan es buena señal.- dijo Liam, alzando su vista para encontrarse con un León, aún descalzo, con su ropa marcada por la sal del mar en el que había estado riendo apenas horas antes, creyendo que la vida le había regalado una segunda oportunidad, creyendo que esta vez sería diferente, que ella lo había perdonado, que por fin se había animado a ser feliz. Y sin embargo la había perdido, de nuevo. -Es verdad, si no vienen es porque siguen en quirófano y eso es buena señal, recuerdo que Enzo nos lo había explicado.- agregó Ciro. asumiendo un nuevo rol en aquella circunstancia. Él y Liam eran los adultos ahora, los que debían llevar calma y contener a los jóvenes que parecían perdidos en una nueva sensación. La del temor a lo desconocido. León pensó en su padre y en ese momento deseó no haber dejado la carrera, al menos así podría estar en ese quirófano, haciendo algo mucho más útil que desesperar. Los mellizos habían ido con Miranda en busca de café y Dante se había sentado junto a Clara, que no podía dejar de llorar y en un movimiento intuitivo había pasado su brazo por sus hombros. -No tengo recuerdos de Lola que no sean siendo valiente.- le dijo y ella lo miró regalándole una sonrisa breve pero genuina. -Es verdad.- respondió dejándose abrazar, con la nueva certeza de que le gustaba. -Pero qué injusta es la vida.- agregó volviendo a caer en las lágrimas Entonces Dante la acurrucó entre sus largos brazos uniendo su boca a su cabello enrulado mientras cerraba sus ojos con frustración. Claro que que era injusta, demasiado injusta, pensó en silencio sin poder evitar disfrutar de tenerla entre sus brazos por primera vez, aunque no fuera en las circunstancias que había imaginado. -Ella tiene que salir de esta y nosotros tenemos que aprender a no perder el tiempo en estupideces, Clari. - le dijo una vez que su respiración había mermado su frecuencia y ella volvió a mirarlo algo incrédula, creía entender qué estaba insinuando algo, pero no podía permitirse pensar en ellos en ese momento. -Tiene que salir.- se animó a responder regalándole una nueva sonrisa que fue suficiente como para que los dos se entendieran sin hablar. Entonces el grito de León los sobresaltó a todos. Estaba enfurecido, desesperado por tener noticias de ella, indignado por no haberse dado cuenta antes, arrepentido de haberla llevado al mar, enojado con la vida que lo castigaba una vez más por no haber seguido a su corazón en el pasado, condenandolo al mismo destino libre pero solitario que había tenido su madre. Liam y Ciro se apresuraron a acercarse a él pero no pudieron abrazarlo. Él se había alejado golpeando la pared con su puño para liberar la furia contenida. -Tranquilo León, dejate ayudar.- le dijo Ciro, pero tampoco pudo oír, estaba ahogándose en su impotencia, con los ojos absortos en un abismo doloroso que le recordaba lo mucho que dolían las ausencias. Asilado, herido, sepultado. Sin encontrar la salida, una voz sonó como una soga que acababa de caer por la única salida del hoyo oscuro en el que se había caído y sin pensar en nada más, giró en su dirección, para dejarse atrapar por un par de brazos enorme, tatuados como los de él, que lo recibieron con el mismo amor que recordaba desde el primer día en el que la vida los había presentado. Enzo lo apretó con toda la fuerza que pudo, lo extrañaba, lo extrañaba mucho más de lo que sus pensamientos le habían indicado y poder ayudarlo siempre había sido lo que más le había gustado en la vida. Emma observaba la postal con los ojos cargados de lágrimas, de la mano de su pequeña Molly y con su brazo libre entrelazado entre los de Abril y los de Maite, que habían sufrido el mismo destino que ella, dejándose ganar por la emoción. Unos pasos más atrás Cloe avanzaba entre sus hijos, aferrada a sus manos de tan contrastante color como si aquella escena le hubiera recordado lo agradecida que debía ser con la vida. Y como si la postal no hubiera estado completa, un nuevo rostro cubierto por una gorra desgastada, pero de moda, dejó caer su dolor, tomando al, ya no tan pequeño Nino, del brazos. Milo avanzó devastado, dejando a su hijo junto a Liam para interrumpir el abrazo de Enzo y León. -Vamos a averiguar algo.- le pidió al médico, ahora más canoso, pero con la misma habilidad de darle la confianza que necesitaba. Y Enzo asintió, dándole un último beso a su hijo en la frente, para convocar a Cloe y repetir unos pasos que nunca les era sencillo dar. Solo alguien no había llegado, alguien que ya no podía hacerlo, pero que igualmente estaba presente, porque ahora vivía en un lugar imperturbable de cada uno de los que estaban allí. Y si había algo que todos elegían creer, era que Charly no se la llevaría aún
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