La tensión en el cuarto era palpable. Cuando aquel hombre sintió cómo sus huesos crujían bajo el agarre del que era su yerno, miró a su hija con súplica. —Leane, por favor, detén a tu marido —el agarre se apretó más fuerte y aquel hombre se vino al suelo —. ¡Aaaaaa! Me duele, me duele. Me has fracturado la mano. —No, no lo he hecho —él la miró con indiferencia y luego la apretó más fuerte —fue solo una fisura, pero si apretó un poco más es probable que termine por hacer una bella fractura de la que no se va a recuperar, solo hace falta que haga esto. Arthur colocó su otra mano en este agarre y apretó más fuerte. Todos escucharon no solo los gritos del padre de Leane, sino también el crujir de huesos. —Arthur —Leane habló y su marido la miró —es suficiente, no tienes que seguir. Aquel

