Capítulo 1
Mi madre llevaba tres semanas ingresada en el Mount Sinai, los números rojos del banco se acumulaban en mi mesa como una cuenta regresiva hacia el abismo, y yo apenas dormía más de cuatro horas al día. El insomnio se había convertido en mi compañero de cama más fiel.
Con una hipoteca y pronta ejecutar, otra si no encontraba otro trabajo extra, iba inmersa en el conteo de cada centavo que debía en esta ciudad que si bien me acogió, también me quitó muchas cosas.
El sonido de un motor potente, de esos que cuestan más que mi vida entera, me sacó de mis pensamientos. Un Maybach n***o como la noche, brillante incluso bajo la tormenta, se detuvo a mi lado con una precisión exacta. El neumático trasero pasó por encima de un charco y me salpicó de agua sucia desde los tobillos hasta los muslos.
Me quedé paralizada.
La ventanilla trasera se deslizó hacia abajo, con un zumbido que parecía anunciar el fin de todo lo que conocía.
—¿Señorita Lía Fernández? —preguntó una voz grave, aterciopelada, peligrosa.
Un hombre estaba sentado en el asiento trasero como si el automóvil fuera su trono personal. Su traje era de un n***o absoluto, sin una sola arruga. Sus manos descansaban sobre su rodilla con una calma que me pareció antinatural.
—¿Quién pregunta? —mi voz salió más firme de lo que me sentía, pero mis manos temblaban tanto que tuve que esconderlas detrás de la espalda.
—Alguien que quiere ayudarte con tus problemas económicos. —Sus labios se curvaron en una sonrisa que no llegaba a sus ojos azul hielo. Esos ojos me miraban como si pudieran verme el alma—. Suba. La llevaré a ver a su madre.
Di un paso atrás.
—No acepto viajes de desconocidos. Y mucho menos de hombres que aparecen de la nada sabiendo mi nombre y mi situación económica. Menos que me llevará a ver a mi madre.
—No soy un desconocido. —La puerta del auto se abrió sola, como si el vehículo mismo me estuviera invitando a mi propia perdición—. Soy Sebastián Montenegro.
Dijo el nombre como si debiera significarme algo. Y vaya que lo hacía. Hasta una piedra sabía quién era Sebastián Montenegro: el CEO más poderoso y despiadado de la costa este, dueño de Montenegro Holdings, un imperio que abarcaba desde bienes raíces hasta medios de comunicación. Su rostro aparecía en las portadas de Forbes y Fortune. Su nombre se susurraba en los círculos de poder con una mezcla de admiración y terror. Y yo trabajaba en su empresa.
—Y usted, señorita —continuó, sin esperar mi reacción—, tiene exactamente tres días para pagar trescientos mil dólares de la cirugía de corazón de su madre, la señora Elena Fernández. También tiene una deuda pendiente con el Banco de Brooklyn por ciento veinte mil dólares, más los intereses que no ha podido cubrir en los últimos seis meses. ¿Me equivoco en algo? O también debo mencionar la hipoteca de la casa. Creo que debería pensárselo y subir al auto por lo menos para que no continúe mojándose.
Mi sangre se congeló en las venas. No por la lluvia, sino por el shock moral que acabo de tener al saberme desnuda delante del hombre.
—¿Cómo sabe todo eso? —susurré, y odié lo pequeña que sonaba mi voz—. ¿Me ha estado investigando?
—Investigar lamentablemente no es la palabra correcta Srta. Fernández. Yo prefiero decir que me informo antes de hacer una inversión. Y poner a trabajar a alguien en mi empresa.
—¿Inversión? —El corazón me latía con tanta fuerza que podía sentirlo en la garganta—. ¿Yo? Usted disculpe, pero no me considero ninguna inversión y menos para usted porque no lo conozco de nada —sus ojos se abren con asombro, pero no dura mucho.
—Todavía no. —Se inclinó hacia la ventanilla, y el aroma a Ferrari y whisky caro me golpeó como un muro—. Pero pretendo que lo seas, ahora sube al auto, no quiero salir y hacer que entres a la fuerza.
—¡Por supuesto que no! —me retiro unos pasos mas —. No entiendo su interés y definitivamente la intención no me parece graciosa.
—No pretendía que lo fuera. —Su sonrisa desapareció, dejando al descubierto al verdadero hombre con expresión pétrea que producía temor aunque no tengo ni idea de donde saqué las palabras para negarme—. Te voy a hablar con honestidad porque el tiempo es dinero, y el mío cuesta más de lo que tú ganarás en diez vidas. Tu madre se muere. Necesita esa cirugía en las próximas cuarenta y ocho horas o el daño será irreversible. Tú no tienes el dinero. Nadie te lo va a prestar. Y los prestamistas con los que te endeudaste ya se están cansando de esperar.
—¿Cómo sabe lo de los prestamistas? —el pánico me subió por la espalda—. ¿Usted trabaja con ellos?
—Trabajo con todo el mundo. Pero ellos son animales. Yo soy un hombre de negocios. —Abrió la puerta del auto—. Sube. Hablemos. Realmente no quiero obligarte a hacerlo porque a quien le debes es a mi —tambaleo hacia atrás —. De todas maneras, no tienes nada que perder porque no cuentas con la liquidez para salvar a tu madre. Si no te gusta lo que te ofrezco, te bajas en la siguiente esquina y nunca volverás a verme. Pero al menos lo habrás intentado.
—Esta bien, escucharé lo que tiene que decirme, pero solo por amor a mi madre.
No debí hacerlo.
Cada fibra de mi ser me decía que huyera, que cruzara la calle corriendo, que me subiera en el primer autobús, aunque fuera sin pagar. Pero pensé en mi madre. En su respirador. En los médicos que me miraban con lástima cuando pedía más tiempo. Pensé en su futuro destrozado por las deudas de una familia que nunca supo salir a flote.
Así que crucé la acera.
Me senté en el cuero tibio de ese asiento de ensueño.
Y sellé mi destino sin saberlo.