El viaje fue un borrón de luces de neón y silencio incómodo. El motor del Maybach apenas se escuchaba, como si el mundo exterior hubiera quedado suspendido en otro plano. Sebastián no me quitaba los ojos de encima durante todo el trayecto. Me miraba como quien estudia una pieza de museo antes de comprarla en una subasta secreta.
—¿Adónde me lleva? —pregunté por fin, odiando el temblor de mis palabras.
—A mi apartamento.
—¿Para qué?
—Para firmar un contrato.
Mi corazón golpeó contra las costillas como un animal enjaulado.
—¿Qué tipo de contrato?
Él inclinó la cabeza hacia un lado, y aquella sonrisa depredadora volvió a aparecer en sus labios perfectos. Sus ojos azules brillaron con un destello que me heló la sangre.
—Usted pone su compañía por tres meses. Exclusividad total. Sin objeciones. Sin escapatorias. —Cada palabra salía de su boca como una sentencia—. Yo pago las deudas de su familia. La cirugía de su madre. Y le garantizo una vida que jamás podría soñar por sí sola.
—¿Me está pidiendo que me convierta en su...?
—¿Prostituta? —completó la palabra con una naturalidad que me revolvió el estómago—. No. Eso es vulgar. Demasiado ordinario para lo que tengo en mente. Yo prefiero llamarlo... Una acompañante.
—Está loco. —Intenté abrir la puerta del auto, pero estaba bloqueada—. ¡Déjeme salir!
—Tranquila. —No se inmutó—. Las puertas se abren cuando yo lo decido.
—¡Esto es secuestro!
—Esto es una oportunidad. —Se inclinó hacia mí, y su aroma me envolvió por completo—. En tres días, Lía, tu madre estará muerta. No tendrá un hogar donde ir. Y tú... tú terminarás en la calle, o peor, en las manos de esos prestamistas que te buscan. Porque sí, lo sé todo. También sé que anoche encontraron tu dirección. ¿Crees que te quedan muchas opciones?
El color se drenó de mi rostro.
—¿Qué quiere de mí exactamente?
—Todo. —La palabra cayó entre nosotros como una losa—. Quiero que me pertenezcas. En cuerpo y alma. Durante tres meses. Sin preguntas. Sin condiciones. A cambio, salvo a tu madre.
—Eso no es un contrato. Eso es una condena.
—Las condenas son para los criminales. Yo te estoy ofreciendo la salvación. —El auto se detuvo frente a un rascacielos de cristal y acero que perforaba las nubes como un cuchillo—. Pero tienes razón en algo: no hay vuelta atrás.
Un portero uniformado con guantes blancos abrió mi puerta. El frío de la noche me golpeó el rostro con violencia, pero fue nada comparado con el hielo que recorrió mi espalda cuando sentí la mano de Sebastián en la curva de mi cintura.
—No me toque —dije, apartándome.
—Vas a tener que acostumbrarte. —Su voz era un susurro venenoso cerca de mi oído—. El contrato no especifica que pueda tocarte... da por sentado que lo haré. Cada vez que quiera. Donde quiera. Como quiera.
Respiré hondo. El aire olía a dinero, a poder, a algo oscuro que me llamaba desde el fondo del abismo.
—¿Por qué yo? —pregunté, mirando hacia arriba. El ático brillaba en la cima del edificio, una joya negra en medio de la tormenta—. Hay miles de mujeres que aceptarían esto sin dudarlo. Más bonitas. Más dóciles. ¿Por qué buscarme a mí?
Sebastián Montenegro me miró a los ojos, y por un segundo, solo un segundo, vi algo humano detrás de esa máscara de hielo.
—Porque no eres dócil. —Su pulgar acarició mi barbilla—. Porque me has dicho que estoy loco. Porque tienes miedo y aún así has subido a este auto. Porque vas a firmar ese contrato odiándome, y eso... —sonrió—... eso hará que todo sea mucho más interesante.
—No tengo nada que perder —susurré, más para mí que para él.
—Oh, cariño. —Su risa grave me erizó la piel desde la nuca hasta los tobillos—. Eso es justo lo que más te equivocas. Vas a perderlo todo. Tu libertad. Tu orgullo. Tu capacidad de decir que no.
—Entonces, ¿por qué lo haría?
—Porque voy a ganarlo todo. Y tú vas a descubrir que hay placer en la derrota. —Se apartó y señaló la entrada del edificio—. Última oportunidad. Subes por tu propia voluntad... o te vas. Pero si te vas, te aseguro que en una semana no te quedará nada por lo que valga la pena vivir.
Cerré los ojos.
Respiré hondo.
Y di el primer paso hacia mi perdición.
El ascensor privado se cerró tras nosotros con un susurro metálico. Los números de los pisos subían uno tras otro: 10, 20, 30, 40. El mundo quedaba abajo, empequeñecido, insignificante.
—No voy a firmar nada sin leerlo antes —dije, buscando recuperar algo de control.
—Por supuesto que no. —Él se apoyó en la pared de espejos del ascensor, sus brazos cruzados—. Soy un hombre de negocios, no un monstruo.
—Eso está por verse.
—Lo harás. —Su seguridad era absoluta—. Lo harás porque soy tu única salida. Y porque en el fondo... en ese fondo que ni siquiera tú conoces... quieres saber qué se siente estar en manos de alguien como yo.
El ascensor se detuvo.
Las puertas se abrieron.
Y frente a mí apareció un ático de ensueño: paredes de vidrio que mostraban toda la ciudad iluminada, un suelo de mármol n***o que reflejaba mi figura empapada y patética, una chimenea encendida que crepitaba en la penumbra.
—Bienvenida a tu nuevo hogar, Lía —dijo Sebastián a mi espalda—. Por tres meses... esto es todo lo que queda de tu mundo.
Todo lo que vino después empezó en ese momento.
Y nada volvió a ser igual.