Capítulo 3

1402 Words
El ático era un monumento al exceso. Todo olía a dinero nuevo, a poder absoluto, a algo que jamás debía cruzar el umbral de mis posibilidades. Y sin embargo, ahí estaba yo. Empapada. Temblorosa. Con los zapatos llenos de agua sucia y el alma hecha jirones. —Quítate los zapatos —ordenó Sebastián a mis espaldas, cerrando la puerta del ascensor con un pitido electrónico—. No quiero que ensucies el suelo. —Huy cuidado. —Mi voz sonó ridícula, pequeña, patética—. No hay problema, además no tengo medias para ensuciarlo. —No me importa. Quítatelos. Me agaché con torpeza, sintiendo sus ojos perforándome la nuca. Cada movimiento era un recordatorio de mi vulnerabilidad. Mis dedos temblorosos lucharon con los cordones mojados hasta que finalmente logré descalzarme. El mármol n***o estaba frío contra mis plantas, pero no tanto como el hielo que corría por mis venas. —Bien. —Él pasó a mi lado, desabrochándose los gemelos de oro con una calma que rozaba lo obsceno—. Ahora sígueme. Caminó hacia un estudio contiguo, una habitación de paredes forradas en madera oscura y estanterías repletas de libros que probablemente jamás había leído. Un escritorio de caoba presidía el espacio, y sobre él descansaba un documento de varias páginas, encuadernado en cuero n***o, con un bolígrafo Montblanc a un lado. Mi estómago se contrajo. —Siéntate —dijo, señalando una silla de cuero frente al escritorio. —Prefiero estar de pie. —No me importa lo que prefieras. Siéntate. Sus palabras no eran una sugerencia. Eran un látigo. Mis piernas obedecieron antes de que mi cerebro pudiera protestar. Me hundí en la silla, sintiéndome más pequeña que nunca frente a la imponente figura de Sebastián Montenegro, que ahora se sentaba al otro lado del escritorio como un juez dictando sentencia. —Esto —dijo, deslizando el documento hacia mí— es tu salvación. Léelo. Tómate tu tiempo. Mis manos rozaron el cuero n***o. El material era suave, caro, obscenamente lujoso para contener lo que suponía que era: la hoja de ruta hacia mi propia esclavitud. —¿De verdad tengo que leerlo? —pregunté, levantando la vista hacia él—. ¿O va a darme igual lo que diga? —Te sorprendería lo mucho que me importa que entiendas cada cláusula. —Se recostó en su sillón, cruzando una pierna sobre la otra—. No quiero que después digas que no sabías a lo que te atabas. Abrí el documento. La primera página decía, en letras doradas: CONTRATO DE ACOMPAÑAMIENTO EXCLUSIVO Entre el señor Sebastián Montenegro Villanueva, en adelante "EL CONTRATANTE", y la señorita Lía Fernández Castro, en adelante "LA CONTRATADA". Duración: 90 días a partir de la fecha de la firma. Cláusula 1: Exclusividad. LA CONTRATADA se compromete a mantener una relación exclusiva con EL CONTRATANTE durante la vigencia del presente acuerdo, absteniéndose de cualquier interacción romántica, s****l o afectiva con terceras personas. —¿Exclusividad? —levanté la vista—. ¿Eso significa que no puedo ver a nadie? —Significa que no puedes acostarte con nadie. —Su voz era plana, como si estuviera leyendo el menú de un restaurante—. Ni siquiera pensarlo. Tu cuerpo me pertenece durante tres meses. Pasé a la siguiente página. Cláusula 2: Disponibilidad. LA CONTRATADA se compromete a residir en el domicilio designado por EL CONTRATANTE durante toda la vigencia del acuerdo, salvo expresa autorización por escrito para ausentarse. —¿No puedo salir? —Puedes salir cuando yo lo decida. —Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio—. Y siempre acompañada por mi seguridad. No por desconfianza, Lía. Por protección. Hay gente a la que no le gusta que me lleve lo que es mío. —No soy tuya. —Todavía no. Pasé a la cláusula siguiente, y el corazón se me paró. Cláusula 7: Deberes conyugales. LA CONTRATADA se compromete a mantener relaciones sexuales con EL CONTRATANTE siempre que este lo solicite, sin límite de frecuencia, duración o práctica, siempre dentro de los límites de la legalidad y la seguridad física. LA CONTRATADA no podrá negarse sin justificación médica fehaciente. Leí la cláusula tres veces. Cuatro. Las palabras bailaban ante mis ojos, pero su significado era inapelable. —¿Esto es legal? —pregunté, con la voz rota—. ¿Se puede obligar a alguien a...? —No se puede obligar a nadie. —Sebastián no parpadeó—. Por eso tienes que firmar. Tu firma es tu consentimiento. Sin ella, no hay contrato. Sin contrato, no hay dinero. Sin dinero... ya sabes lo que pasa. —Esto es... —busqué la palabra— ...inhumano. —Esto es negocios. —Se levantó de su silla y rodeó el escritorio hasta quedar a mi lado. Su mano se posó en mi hombro, y su calor me atravesó la ropa mojada—. Yo te doy todo lo que necesitas. Un techo. Comida. Seguridad. La vida de tu madre. A cambio, tú me das algo que yo no puedo comprar en ningún otro lado. —¿El qué? —levanté la vista hacia él—. ¿Mi dignidad? —No. —Sus dedos acariciaron mi nuca con una lentitud que me erizó la piel—. Tu entrega. No es lo mismo. La dignidad la puedes conservar si quieres. Muchas lo hacen. La entrega... la entrega es algo que decides darme cada día. O no. —¿Puedo decir que no? —Claro que puedes. —Su aliento rozó mi oreja—. Pero entonces todo esto termina. Y tu madre también. Las lágrimas brotaron sin que pudiera contenerlas. Rodaron por mis mejillas calientes, mezclándose con el agua de lluvia que aún empapaba mi cabello. —Eres un monstruo —susurré. —Soy un hombre que sabe lo que quiere. —Se apartó y volvió a su sitio al otro lado del escritorio—. Y lo que quiero, Lía, eres tú. No sé por qué. No me preguntes. Hay algo en tus ojos, en tu miedo, en esa forma de mirarme como si fuera el demonio... que me hace querer devorarte entera. —¿Y si firmo? —Mi voz era un hilo—. ¿Qué pasa después? —Después, te conviertes en mía. —Deslizó el bolígrafo hacia mí—. Y yo me convierto en lo que necesites. Amo. Amo si te portas bien. Verdugo si me obligas. Pero siempre, siempre, el hombre que te protege del mundo exterior. Porque afuera, Lía, hay cosas mucho peores que yo. Cosas que no dudarían en destrozarte solo por diversión. Miré el bolígrafo. Miré el contrato. Pensé en mi madre, en su mano huesuda sujetando la mía en la UCI. En su voz débil diciendo "no te preocupes, hija, todo va a estar bien". En sus ojos preocupados, que ya habían visto demasiado sufrimiento. Pensé en los prestamistas que habían encontrado mi dirección. En los golpes en la puerta a las tres de la madrugada. En el miedo constante, perpetuo, de saber que cualquier noche podía ser la última. —Firmo —dije, sin reconocer mi propia voz. —Sabía que lo harías. Tomé el bolígrafo. Mi pulso temblaba tanto que la primera letra de mi nombre salió torcida, un garabato patético sobre la línea punteada. Lía Fernández Castro. Una firma que no valía nada en el mundo real, pero que aquí, en este ático de pesadilla, valía mi vida entera. Cuando terminé, Sebastián tomó el contrato, lo examinó como si fuera un billete de lotería, y sonrió. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Una sonrisa de lobo. —Bienvenida a mi vida, Lía. —Cerró el documento con un golpe seco—. Ahora, vamos a llevarte a tu habitación. Estás empapada. Y no quiero que te resfríes. —¿Te preocupas por mi salud? —pregunté con ironía. —Me preocupo por mis posesiones. —Se puso de pie y me tendió una mano—. Y tú, desde ahora, eres la más valiosa de todas. No tomé su mano. Me levanté sola, tambaleándome sobre el mármol frío, y lo seguí hacia el pasillo que llevaba a las habitaciones privadas. A mi nuevo hogar. A mi nueva jaula. A la jaula dorada donde, durante tres meses, aprendería lo que significaba pertenecerle a Sebastián Montenegro. Y lo que significaba desear a tu propio verdugo.
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