Capítulo 4

1633 Words
La habitación era tan inmensa como el resto del ático. Una cama grande con sábanas negras de seda, rodeada de cuatro columnas que sostenían un dosel de terciopelo granate. En un rincón, una bañera ovalada de mármol blanco humeaba con agua a punto, como si alguien hubiera sabido exactamente cuándo llegaría. Como si hubieran estado esperándome. —Esta es tu habitación —dijo Sebastián desde la puerta, apoyado en el marco con las manos en los bolsillos del pantalón—. Tendrás todo lo que necesites. Ropa, joyas, libros, música. Solo tienes que pedirlo. —¿Y si pido salir? Se quedó en silencio un segundo demasiado largo. —No abuses de mi paciencia, Lía. Empiezo a pensar que te gusta verme enfadado. —No me gusta nada de esto. —Mientes. —Se separó del marco y caminó hacia mí con la elegancia de un felino—. Tus pupilas se dilatan cada vez que me miras. Tu respiración se acelera cuando me acerco. Y cuando te toqué el hombro hace un momento... sentí cómo temblabas. Pero no era miedo, ¿verdad? Di un paso atrás. Mis talones chocaron contra la cama. —No te acerques más. —No me digas lo que tengo que hacer. —Su cuerpo estaba ahora a centímetros del mío, tan cerca que sentí el calor de su pecho a través de su camisa de seda—. Acabo de pagar trescientos mil dólares por tu madre. Ciento veinte mil por tu deuda bancaria. Más los intereses. ¿Sabes cuánto dinero es eso, Lía? —No me interesa. —Seiscientas cuarenta mil razones por las que deberías empezar a portarte bien conmigo. —Su mano subió hasta mi barbilla, atrapándola con firmeza—. Pero no voy a pedirte nada esta noche. Estás asustada. Empapada. Agotada. Sería cruel. —¿Acaso te importa ser cruel? —Me importa que disfrutes cada puto segundo de estos meses —Inclinó la cabeza, y sus labios rozaron mi mejilla—. Porque si no lo disfrutas, si solo te limitas a sobrevivir... esto se va a hacer muy largo para los dos. Y yo no tengo paciencia para el aburrimiento. Su boca bajó hasta mi cuello. No un beso. Algo más leve, más peligroso. Un roce de labios sobre mi piel húmeda, un suspiro caliente que me erizó cada vello del cuerpo. —Hueles a tormenta —murmuró contra mi nuca—. A lluvia. A miedo. A algo salvaje que no sabe que está a punto de ser domesticado. —No voy a ser domesticada me oyes. —Ya lo eres. —Sus dientes mordieron suavemente el lóbulo de mi oreja, y un gemido se escapó de mis labios antes de que pudiera detenerlo—. ¿Ves? Tu cuerpo ya me obedece. Solo falta que tu mente se dé por vencida. —Nunca... —mi voz tembló— ...nunca me rendiré ante ti. —No te pido que te rindas. —Se apartó lo justo para mirarme a los ojos, y en los suyos brillaba una oscuridad que me heló y me incendió al mismo tiempo—. Te pido que caigas. Es diferente. Rendirse es cobardía. Caer... caer es dejarse llevar. Confiar en que alguien te va a atrapar. —¿Confiar en ti? —Soy la única oportunidad que tienes. Su mano soltó mi barbilla y bajó hasta el primer botón de mi camisa mojada. Lo desabrochó. Despacio. Como si estuviera desenvolviendo un regalo que había esperado toda la vida. —¿Qué haces? —pregunté, sin atreverme a apartarlo. —Vas a enfermarte si sigues con esta ropa. —Segundo botón—. Y yo no quiero una muñeca rota. Las muñecas rotas no se divierten. —Tercer botón—. Y si no te diviertes, yo me aburro. Y si me aburro... —¿Qué? —Me pongo de mal humor. —Cuarto botón—. Y cuando me pongo de mal humor, la gente a mi alrededor tiende a desaparecer. La camisa cayó de mis hombros. Me quedé en sujetador empapado, los brazos cruzados sobre el pecho por puro instinto de supervivencia. Pero Sebastián no miraba mi cuerpo. Miraba mis ojos. —No te cubras —ordenó, con una voz tan grave que pareció vibrar en el suelo—. Quiero verte. —No. —Lía. —Mi nombre en sus labios sonó como una advertencia—. No me hagas repetírtelo. Me obligué a bajar los brazos. Mis manos temblaban. Mis pezones se endurecieron bajo la tela mojada, ya sea por el frío o por su mirada, ya no podía distinguirlo. —Bien —dijo, y algo en su expresión se suavizó, solo un instante—. No ha sido tan difícil, ¿verdad? —Odio esto. —Lo sé. —Desabrochó el cierre de mi falda, y la tela cayó a mis pies con un sonido húmedo—. Pero también te excita. Y eso es lo que más te asusta. —No es cierto. —Mírate. —Tomó mi mano y la llevó hasta mi propio pecho, justo donde el corazón latía desbocado—. Sientes esto. Es deseo, Lía. No miedo. Miedo sería que tu corazón se parara. Pero no para. Galopa. Como una yegua salvaje que huele al semental en la tormenta. —Eres enfermo. —Soy honesto. —Se arrodilló frente a mí para mirar mis pies descalzos—. Hay una diferencia enorme. Los enfermos no saben lo que quieren. Yo lo sé. Te quiero a ti. —No sabes nada de mí. —Sé que tu color favorito es el azul marino. Que odias el café pero lo bebes porque te recuerda a tu padre. Que tienes una cicatriz en la rodilla izquierda de cuando te caíste de una bicicleta a los siete años. —Se puso de pie, y sus brazos rodearon mi cintura—. Que sueñas con ser diseñadora de moda pero nunca tuviste el valor de dejarlo todo por intentarlo. —Su frente tocó la mía—. Y sé que, debajo de todo ese miedo, hay una mujer que lleva años deseando que alguien llegue y le quite el control. Porque tener el control es agotador, Lía. ¿Verdad que sí? Una lágrima resbaló por mi mejilla. No supe si era de rabia, de vergüenza o de algo que no me atrevía a nombrar. —Déjame ir —susurré. —Pronto lo haré. —Su boca encontró la mía, pero no me besó. Solo se quedó ahí, rozando mis labios con los suyos, compartiendo el mismo aliento—. Pero antes quiero oírte decir que te quedas. Por tu propia voluntad. —No es voluntad si no tengo opción. —Siempre tienes opción. —Su mano recorrió mi espalda desnuda hasta posarse en la curva de mi cintura—. Puedes irte ahora mismo. Bajar por el ascensor, cruzar la calle, llamar a un taxi. Pero si lo haces... no habrá vuelta atrás. Volverás a tu vida de mierda. A las deudas. A los prestamistas. A ver morir a tu madre. —Eso no es una opción. —Exacto. —Sus labios presionaron los míos, apenas un roce—. Por eso vas a quedarte. Y vas a aprender a desearme. Porque te lo advierto, Lía: yo no voy a ser amable. No voy a ser paciente. Voy a empujar cada uno de tus límites hasta que no sepas dónde terminas tú y dónde empiezo yo. —¿Y si me rompo? —Te voy a reconstruir. —Su lengua lamió mi labio inferior, lento, obsceno—. Pieza por pieza. Hueso por hueso. Y cuando termine, no vas a recordar cómo era vivir sin mí. Me besó. Fue un beso profundo, hambriento, que me robó el aire y las fuerzas. Su lengua entró en mi boca como si tuviera derecho a hacerlo, y lo peor de todo era que... lo tenía. Según aquel condenado contrato, Sebastián Montenegro tenía derecho a todo. Pero lo peor no era eso. Lo peor era que mi cuerpo respondía. Mi lengua encontró la suya. Mis manos subieron a su pecho, no para apartarlo, sino para aferrarme a él como si fuera un clavo ardiendo en medio de un naufragio. Un gemido escapó de mi garganta, y él lo bebió, lo saboreó, lo devolvió convertido en un gruñido profundo que vibró contra mi boca. Cuando se apartó, estábamos los dos con la respiración rota. —Eso —dijo, con los labios hinchados y los ojos negros de deseo— es solo el principio. Me tomó en brazos como si pesara nada. Me llevó hasta la bañera humeante. Me metió dentro con un cuidado que contrastaba con todo lo que acababa de pasar, y cuando el agua caliente me envolvió, sentí cómo los músculos se me aflojaban a pesar de mí misma. —Duerme —dijo, arrodillándose junto a la bañera y pasando un dedo por mi mejilla mojada—. Mañana empezamos de verdad. —¿Qué significa eso? Una sonrisa lenta, peligrosa, hermosa. —Significa que te voy a conocer, Lía. Cada rincón de tu cuerpo. Cada grieta de tu alma. Cada secreto que hayas enterrado tan hondo que creías que ni tú podías encontrarlo. Se inclinó y besó mi frente. —Y cuando termine... vas a ser mía. No por contrato. No por obligación. Porque vas a quererlo. —Eso nunca pasará. —Apuesta tu vida —susurró contra mi sien—. Porque yo apuesto la mía. Apagó la luz. Salió de la habitación con pasos silenciosos. Y me dejó allí, desnuda en el agua tibia, con el corazón latiéndome en la garganta y un fuego ardiendo entre mis muslos que no sabía si apagar o avivar. Maldije su nombre en silencio.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD