― Muchas veces el amor es así que hace cegar, que hace encaprichar, pero tal vez nosotras tenemos la esperanza de que él cambie ― respondió Isabella, pues ella también se había enamorado.
Rafael pensaba también de esa forma eran ciertas, muchas veces el amor te hacía cegar, que hacía cambiar, pero en el fondo teníamos la esperanza que esa persona cambiara a pesar de que fuese imposible, pero Salomé estaba segura de que no era imposible, por el contrario, estaba viendo el cambio que de verdad quería ver aquel hombre que odiaba con todas sus fuerzas ahora se había convertido en el hombre que más amaba una adicción que tal vez era difícil de dejar.
Los meses pasaron, Véanse se había convertido en una dulce casualidad, en un dulce momento que Aarón no se esperaba cada día que pasaba, la esperaba a fuera de su trabajo, ella feliz se apuraba con tal de verlo, para ella ese amor parecía de un adolescente todo había pasado tan rápido tan fugaz que ni ella misma se lo esperaba.
― Vine a dejarle esa flor a una dulce chica que me ha cautivado el alma ― hablo Aarón sonriendo dulcemente.
― Gracias cariño ― hablo Jeanette sonriendo mientras le daba un beso en la mejilla.
― Quiero hacerte una invitación a mi casa ― hablo Aarón sonriendo, pues sentía un gran cariño hacia ella.
Él sentía que de pronto se había enamorado, pero lo que no sabía es que era una ilusión.
Sin embargo, Salomé había visto unos documentos una parte de ella decía que los abriera, pero la otra parte decía que no los abriera era como si no quería darse cuenta de que Guillermo había planeado todo desde un principio, pero la tentación fue inevitable tan inevitable que abrió aquellos documentos en el cual decía perfectamente como arruinar la empresa de su padre ella al leer aquellos documentos sintió que su vida se venía abajo sintió que nada era lo que parecía tanto se puso en contra de su padre que de verdad él había cambiado que de verdad él, la amaba.
― No, eso no puede ser cierto ― hablaba Salomé tratando de controlar aquellas lágrimas que salían sin parar. ― Guillermo ha cambiado tiene que ser una broma, si eso tiene que ser una broma ― pensó en voz alta Salomé, por lo que deja aquellos documentos tal como los había encontrado.
Pues no quería que Guillermo se diese cuenta de que había abierto esos documentos, sin embargo, se negaba aceptar que aquello era cierto, por lo que opto por subirse a la habitación cargando al bebe que tenía, pero sin darse cuenta lloraba como si no hubiese un final, pero al llegar la noche entro Guillermo a la casa y sin ayuda de nadie él llegó a la habitación se estaba acostumbrando a su silla de ruedas al llegar ve a su esposa llorando.
― Amor ya llegué de la empresa ¿Todo bien? ― pregunto Guillermo viendo a Salomé limpiarse las lágrimas.
― Si amor todo está bien ― respondió Salomé tratando de sonreír, pero a ella no se le daban bien las mentiras.
Por lo que Guillermo, sin decirle nada, le limpia las lágrimas que caían por las mejillas de Salomé, haciendo que ella lo abrazara fuertemente.
― ¿Qué tienes? ― pregunto Salomé desconcertado.
― Nada mi amor, ¿Me amas? ― pregunto ella hecho un mar de lágrimas.
― Con toda mi alma ― le dijo Guillermo besando sus manos, por lo que ella lo besa, tal vez aquello era mentira, algo que ella no quería creer.
Por lo que él simplemente la sostiene entre sus brazos, con él se sentía en paz que por un momento se olvidó de ese mal trago que había pasado, sin embargo, Guillermo sí tenía algo que esconderle, pues él había ido con un especialista, quería ver si de verdad podía caminar o si se quedaría en esa silla de ruedas.
Sin embargo, Rafael quería hacer que su hija se diese cuenta del error que estaba cometiendo quedarse con Guillermo, quien estaba en citas médicas checando si de verdad había una solución en poder caminar y poder ser alguien normal como el tanto lo deseaba, Salomé supo de esas citas médicas lo apoyaba él tenía miedo, pero ella mantenía esa esperanza de que él podría volver a caminar después del tsunami que casi le costó la vida.
― Bien de acuerdo a los estudios que le realizamos, señor Altamirano, usted es candidato a la operación, cabe resaltar que es riesgoso, hay una alta posibilidad de que no sobreviva ― hablo el médico haciendo que Salomé se sentara de golpe.
― Pero se salvará ¿Verdad doctor? ― hablo Salomé tratando de que su voz no se quebrará, por lo que Guillermo le aprieta la mano.
― No lo puedo asegurar como repito hay riesgo ― le dijo el médico haciendo que esa respuesta no la alentara.
― Cuando podemos proceder con la operación ― respondió Guillermo tratando de saber, pues él se mostraba sereno y tranquilo.
― En una semana lo estaremos programando ― hablo el médico haciendo que él solo asintiera.
Por lo que Guillermo agradeció, sin embargo, notaba algo intranquila a Salomé por la operación que se avecinaba.
― Estate tranquila, yo sé que todo saldrá bien ― hablo Guillermo haciendo que ella solo tratara de sonreír, pero no lo lograba, tenía esa horrible sensación de que algo le pasara a su esposo. ― Ven, vamos a casa ― le dijo Guillermo, por lo que ella asiente yendo a la casa. Al llegar Guillermo sonrió con ternura dándole un beso en la frente haciendo que ella solo agachara la mirada. ― No tienes por qué temer ― hablo Guillermo tratando de sonreír.
― Tengo miedo de que algo te pase ― respondió Salomé tratando de no llorar, pero aquello era imposible, ella tenía miedo de que algo le pasara, de no volver a ver a Guillermo con vida, era una angustia inquietante, algo que ella temía.
El amor que Salomé tenía la estaba cegando, se había convertido en una droga, en una inquietante droga que no podía dejar sus besos, sus abrazos, todo de él, la hipnotizaba.
― No tienes que temer niña ― hablo Guillermo acariciando su mejilla. ― Vamos a hacer algo ― respondió Guillermo sonriendo un poco.
― Algo como que ― hablo Salomé un tanto desconcertada.
― Estar toda la noche viendo las estrellas ― hablo él besando su mano como si con ello le convenciera. ― ¿Te gustaría? ― le pregunto haciendo que ella asintiera y sin decirle nada le diese un beso en la mejilla, se sentía nerviosa, se sentía un tanto inquieta, pero él sabía cómo calmarla, él sabía como decirle que estuviese tranquila.