HUIDA PARTE 1

1202 Words
Al fin anocheció y todos salimos sigilosamente con nuestras respectivas provisiones, una parte de los guardias encabezaban el recorrido y la restante se situó al final, por lo tanto, los demás íbamos en medio del grupo, intentando protegernos de esa forma. Comenzamos a adentrarnos en el espeso bosque y su súbita oscuridad, los jadeos de cansancio de parte de todos se hacían presentes después de cuatro horas de caminar sin detenernos, no era gran cosa para mí, estaba acostumbrada a caminar, no podía decir lo mismo de la Reina Aurora y Penélope, en sus rostros se notaba el sobre esfuerzo para continuar el recorrido; una vez que comenzó a amanecer decidimos acampar al pie de unas colinas, que de alguna manera nos escondían de nuestros enemigos y nos protegían del clima. Se instalaron las tiendas de campaña que los hombres se dieron a la tarea de fabricar con anticipación, aunque eran un poco improvisadas cumplían con su función, protegernos del frío que era calador. Mis mejillas y labios estaban completamente rojos, pese a ello, mi cuerpo seguía motivado a seguir el viaje, entre más rápido llegáramos más pronto podría saber de mi familia y aclarar algunas cosas con el Rey. Aunque era de día, la nieve oscurecía el ambiente, retiré mis guantes, aseé mis manos y entré en la tienda diseñada para nosotros, saqué la carne seca que trajimos para alimentarnos comenzando a racionarla junto con algunas frutas, las pelaba cuidadosamente cuando Bernardo entró, se sentó frente a mí y parecía analizarme – ¿Te has cansado? Mi madre y cuñada no pueden más, es un viaje difícil- fue inevitable quedar con la boca abierta, era una de las pocas oraciones con más de tres palabras que me dirigía de manera amistosa; aparté la mirada y hablé mientras seguía concentrada en la fruta – Ha sido intenso sí, pero me hubiera gustado avanzar un poco más, supongo que tenemos que ir al ritmo de ellas – Se debe mirar al Rey a los ojos cuando hace una pregunta, – sujetó mi barbilla con sus manos desnudas puesto que había retirado sus guantes también, su piel estaba excesivamente caliente y fue allí cuando noté el sudor en su frente, de inmediato solté el cuchillo y examiné su frente – Estás hirviendo, ¿te sientes mal? – Estoy bien, sólo me he sentido un poco agotado estos días – salgo de la tienda y cojo agua caliente de la hoguera que se hizo para el té, en un reciente preparé la infusión y regresé mientras veía como los guardias apagaban el fuego, imagino para no llamar la atención con el humo. – Bebe esto y come, después te ayudaré con la fiebre – debía sentirse muy mal para acceder sin hacerse el orgulloso. Cuando estuvo satisfecho se recostó, humedecí un trapo con agua fría y lo coloqué en su frente, pese a intentarlo por un largo rato su temperatura corporal seguía igual, deliraba, se le veía sufrir dentro de sus sueños; estaba tan cansada, mis ojos se cerraban constantemente, mojé mi cara para poder despertar. Tomé medidas drásticas, retiré su ropa, le hacían guardar el calor y por eso no cedía la fiebre, coloqué varios pedazos de tela mojada en sus axilas, estómago y frente, para ello tuve que rasgar mi vestido, no veníamos preparados para algo así en realidad. Cuando la fiebre al fin cedió su rostro reflejaba tranquilidad, de verdad era muy apuesto, pasé mi dedo índice por su mejilla, mientras lo contemplaba el sueño me venció y sin notarlo me aferré a su cuerpo para tratar de apaciguar el frío que nos rodeaba. *** NARRA BERNARDO III *** Estos días han sido un caos, desde niño fui preparado para ocupar el trono, sin embargo, no pensé hacerlo de está manera y en tan desafortunadas circunstancias. Había tanto dolor e impotencia en mí por no poder hacer nada para salvar a mi padre, aunque su salud no estaba bien no merecía morir de esa forma. Mi cabeza no podía enfocarse, tenía mucha furia dentro de mí, no sabía quién se había atrevido a atacar el reino, pero no iba descansar hasta acabar con ellos, iba a honrar la memoria de mi padre y a recuperar lo que es mío. Casarme ha sido inevitable, si quiero ser un Rey confiable, debo tener la imagen que merece y ser acompañado por una Reina, aunque esa chica fue algo improvisado he de confesar que es muy bella, ambiciosa y franca, no he podido sentirme complacido a su lado, nada me complace, solo quiero vengarme; su inexperiencia me frustra un poco, su olor, su cuerpo, me resisto a ellos; al no conocerla no sé que esperar de ella, más allá de darme uno o más herederos que conserven nuestro linaje. Cuando emprendimos nuestro camino al castillo en Yatuma pude ver determinación en mi ahora esposa, Camila no se veía al igual que las otras mujeres, parecía entusiasta aún en ese camino frío y solitario, su rostro se veía enrojecido por el frío, me parecía atractivo. Me sobre esforcé todo el trayecto, me sentía mal desde que amaneció, pero no podía demostrarlo a los demás, sabía que estaba enfermo de alguna manera pues el cansancio y los escalofríos no sucumbían; tenía que mostrarme firme, era el maldito Rey, no podía parecer un debilucho, era lo mínimo que podía hacer. Desafortunadamente Camila notó mi enfermedad, era evidente, compartíamos tienda y cuándo cuestioné su estado físico eludió la mirada, ese acto me molestó un poco y levanté su rostro indicándole que debía mirarme cuando yo le hablara, sé que no pertenece a la nobleza pero esas normas tenía que respetarlas sea o no mi esposa, en realidad no me importaban los protocolos, solo quería mirar sus ojos amarillentos y encontrar un poco de consuelo en ellos. Se tomó la molestia de prepararme un té y asegurarse de que comiera, mi cuerpo pesaba mucho por lo que me acosté un momento intentando que milagrosamente al tenderme recuperara la salud de inmediato, me dormí… cuando desperté me encontraba sin ropas y con Camila abrazada a mí, vi paños de tela pegados a mi cuerpo y los retiré; su rostro estaba algo sucio, intenté limpiarlo con mi mano pero sencillamente no se quitaba, sólo conseguí despertarla y hacer que se asustara con nuestra condición de cercanía. Me incorporé sin decir una palabra, en realidad no sabía como me sentía en ese momento, noté las ojeras que la acompañaban, seguramente no durmió tan bien como yo, me vestí y me dispuse a ir al exterior – Que nadie se entere que estuve enfermo – pedí sin mirar atrás Continuamos el recorrido, no había señal de desvelo de parte de Camila, su vestido estaba rasgado, las criadas traían mejor vestuario que ella, la Reina, aún me parecía increíble que haya cortado sus ropas para colocarme esos paños, nadie se atrevió a preguntarle al respecto, algunas mujeres les ofrecieron sus vestidos y ella los rechazó con una sonrisa cortés, empezaba a parecerme una persona interesante, una mujer que era determinada, eficiente y modesta; la mayoría de las mujeres que me rodeaba eran lo inversamente proporcional a eso, sólo querían poder, joyas, prestigio y maridos acaudalados.
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