El hambre involuntaria de amor y afecto

1866 Words
Zulema lejos de ser intimidada o sentirse avergonzada, sonrió hermosamente. Sus bellos y antojables labios rojos delineaban una hermosa vista, ella era brillante, despampanante y orgullosa. Su porte y belleza física era difícil de ignorar, pero. Su personalidad y mentalidad, eran bastante retorcidas. Egoísta, altanera y despiadada, no había más descripciones “sutiles” que pudieran describirla. Ella era infeliz con todo a su alrededor, jamás había tenido una relación estable y, la única en la que por fin había quedado comprometida. Era en una en la que prácticamente había sido forzada. Y, había desencadenado en exactamente ese resultado. Técnicamente engañó a Ethan y por medio de ese contrato lo tenía bajo su control. Y él, de ser el más destacable y representativo en su ramo, pasó a ser prácticamente un cascarón vacío en cuestión de meses por culpa de una egoísta y loca mujer con un poco de poder. Él que en un principio creyó que lo que ofrecía se adecuaba a lo que planeaba a futuro con Melina se arrepintió hasta el punto de su auto desprecio. La primera vez que pasó, había sido prácticamente violado, Zulema lo drogo y lo utilizo hasta que se cansó. Sin importar las amenazas de demandas y exposición o los desplantes, ella nunca se desmotivo e incluso si él le exigía la recesión solo se burlaba de él. Amenazándolo con exponerlo a él con ella. Y, para su desgracia, sabía que ella tenía la ventaja en todo lo que quisiera. Si quisiera demandar, era tan fácil como desaparecerlos a ambos con la ayuda de su desinteresado prometido, el cuál también a su manera, hacia lo que quería todo el tiempo, sin importarle los engaños o las aventuras de su prometida. Era una sucia y molesta pareja hecha por el cielo. Y, mientras él y Dandelion hacían todo lo posible por cubrir sus desastres, tanto en la empresa como en el exterior. Él se sentía cada vez más sucio e incapaz de sentirse apto para ella. El remordimiento y la impotencia se hacían cada vez más grandes y al final, trató de darle un poco más de libertad. Le consiguió un trabajo y pese a su miedo, esperaba que de alguna manera el tiempo pasara rápido para poder deshacerse de Zulema e irse de la cuidad lo más lejos posible. Le daría a Melina la vida tranquila y apacible que siempre quiso y también tendrían los hijos que había mencionado tanto en la universidad. Sin importar lo que sea que pidiera se lo daría, junto con todo el amor y respeto que podría dedicarle. Era lo mínimo que podía hacer, después de tan tremendo desastre. Y, pese a todo su esfuerzo, las cosas no salieron como él tanto se había esmerado y esperado que salieran. Todos gracias al molesto prometido indiferente. Al salir del trabajo más temprano de lo normal. Zulema lo dejó ser, estaba encantada de ver su expresión desesperada, en lugar de la indiferente y molesta. Estaba segura de que su tonta e inútil esposa estaría hecha un mar de lágrimas y sumida en la miseria. Con una brillante y hermosa sonrisa, trabajó diligentemente todos sus pendientes el resto del día. ****** El departamento se sentía muy obscuro y frío, había ocasiones en las que había llegado y estaba solo, pero en esa ocasión, apresar de estar pulcramente limpio y en orden, se sentía sucio y desagradable. Ese lugar en el que tanto esmero habían puesto para poder sentir propio y transformar en un hogar, para su mala suerte y descuido estúpido. Se volvió un recordatorio constante de todo lo que había hecho para lograrlo. Se dejó caer en el sillón agotado. De no ser por que sus cosas seguían ahí y diariamente verificaba que así fuera, estaba seguro de que ella ya no tenía intenciones de volver a verlo. ******* —¡Ahhhhhh! ¡¿Por qué demonios hizo eso?! Consternada, Iris al llegar a casa ese día se sorprendió al ver a Melina hecha un mar de lágrimas en la sala, rodeada de botellas y frituras. —O… Oye… —¡Ahhh! Con un salto debido al grito repentino, se acercó rápidamente a ella. —Oye, lo siento mucho, creí que… —¡Hay! ¡Lo odio! Pero al mismo tiempo era lo único que de verdad amé y nunca me imaginé perder ¡Ahhhh! ¡Maldito imbécil! Ante la depresión retardada de su amiga, iris únicamente pudo servir de paño de lágrimas y así, después de tres días. Melina por fin pudo sacar la mayoría de sus temores, decepción y tristeza. ****** —¿Aún no aparece? Preguntó Albert a su asistente por décima vez ése día. El hombre solo suspiró y se masajeó el puente de la nariz. —Sn cuanto ella llegue la pasaré directamente señor. Albert no podía entender porque la chica le llamaba tanto la atención. Tampoco la obsesión de Zulema con Ethan, pero parecía que comenzaba a entender que no había necesidad de una. Melina era una chica promedio, tonta e impulsiva pero al mismo tiempo había algo que lo atraía como un imán invisible. Después de verla personalmente una de las ocasiones en la que estuvo por reclutarla anteriormente. Observó a una niña peleando como leona, enfurruñada y desinhibida. Con una sonrisa la mayoría del tiempo y feliz aún pasando mucho tiempo sola. Desde ahí, una que otra vez optó por seguirla con pretexto de “verificar” su inocencia. De verdad no podía entender cómo con ese nivel de libertad ella no buscara a nadie más. Ella le demostró por lo menos superficialmente, para ella no era importante el placer carnal. O buscar “consuelo” sentimental en alguien más, sólo para desahogar su frustración y enojo por el ausente marido infiel. Ahí también, descubrió que aún podían existir personas que realmente confiaban en su pareja sin un solo atisbo de duda. Desafortunadamente, él se convertiría en el causante de la destrucción de su fe en la humanidad. Y su matrimonio unilateralmente feliz. Pero… ¿Qué pasaría si un amor incondicional como ese…? ¿… Fuera suyo? ¿Alguna vez alguien sería tan feliz aún sin verlo? Confiando y esperándolo pacientemente. Que cuando se encuentre agotado y molido mentalmente, una cama cálida y una esposa sonriente lo recibiera con los brazos abiertos. ¿Lo merecía no? Después de años de sufrimiento y crueles luchas para llegar a donde estaba. Con el matrimonio entre él y Zulema, obtendría solidez económica, tanto para él, como para sus fieles seguidores, que habían estado con él, manchándose de sangre, lágrimas y sudor. Con Melina, la tranquilidad y posiblemente la ducha de sentir amor genuino, y, aunque no llegara a amarla tan limpiamente como ella, haría todo lo posible por darle lo que pidiera sólo para que permaneciera con él. Sí, se merecía todo eso y más. No importaba incluso si fuera como una muñequita ornamental. Después de otros dos días, Albert por fin envió a alguien a verificar lo que pasaba con ella. Se sorprendió al saber que no regresó a su departamento con Ethan, e incluso había abandonado deliberadamente sus responsabilidades en el despacho en el que trabajaba. Una leve punzada de pánico y algo desconocido, brotó en su interior. Era muy rápido para separarlos, si eso llagara a suceder, seguramente ella se iría lejos. Y aún no había logrado acercarse lo suficiente como para ser un “consuelo” viable. Se mordió los labios mientras pensaba en qué hacer y, después de un tiempo, con una sonrisa calculadora, encontró la solución que estaba buscando. Una semana después, Oliver entró a la oficina. —La señorita Ramírez está aquí. No mucho después, Melina entró con una ropa informal y completamente fuera de sus expectativas. No había pensado un segundo en lo que podría llevar puesto, pero al ver su traje deportivo y su cola de caballo como si fuera a correr le hizo soltar una leve risita. Ella con una mirada desinteresada barrió la oficina con curiosidad, dos paredes eran de puro cristal, por lo que la vista de la basta ciudad era interesante. Obviamente los muebles y demás, también se veían bastante lujosos. Presionada por su amiga, decidió darle una oportunidad a Albert, además, si duraba por lo menos dos meses en el trabajo, sería más que gratificante monetariamente hablando. Se encogió de hombros y sin mucho profesionalismo se acercó a él. —¿Tienes el contrato? Albert le lanzó una mirada ansiosa, disfrazada con emoción y satisfacción, a Oliver. Este inmediatamente acercó el contrato recién modificado y le entregó el bolígrafo a Melina. Ella viendo que las especificaciones eran exactamente las mismas que las ofrecidas por Oliver en la cafetería, firmó sin darle muchas vueltas y sin darse cuenta de cómo la sonrisa de Albert sólo se hacia más grande. Él se puso de pie y se acercó a ella con una mirada y sonrisa seductora. Ella de inmediato supo que algo está a mal, pero trató de alejarse muy tarde. Albert la sujetó de la cintura y miró sus labios que casi podían sentirse tocados y mordidos por la mirada tan pesada de Albert. Cuando quiso pedir auxilio a Oliver, se percató de que él ya había huido con su contrato desde hacía mucho. “Hijo de…” Su mente se quedó en blanco, en cuanto sintió sus labios sobre los suyos e intentaba meter su lengua en la boca de Melina con desesperación. Pero sin esperarlo, ella lo empujó con fuerza y lo abofeteó con todo lo que tenía. Se limpió bruscamente la boca y escupió groseramente al suelo. —Eres una basura igual que todos. Olvídalo, no quiero estar cerca de algo tan repulsivo como tú. Me largo. Sorprendido y bastante interesado, Albert se masajeó la mejilla mientras la veía salir furiosa de la oficina. —Definitivamente, no hay dos como tú… Las mujeres al ver su rostro se volvían locas, ni mencionar cuando sonreía gentilmente y les miraba con cierto desdén y descaro. Las mujeres eran estúpidas al grado de soportar e incluso excitarse por el maltrato de un hombre atractivo como él. Estaba llegando a ser aburrido también. No obstante, ella… Su sonrisa se volvió brillante y su mirada estaba llena de interés. “No importa, eventualmente tendrás que volver…” Ella estaba tan furiosa e indignada, que por un segundo se olvidó de todo lo demás. Al subir dio la dirección de su edificio de casada y no reaccionó hasta que una de sus vecinas la saludo como siempre. Suspiró profundamente y recordando que desde hacía días necesitaba sus cosas, decidió entrar por lo menos, por lo más indispensable. Ya no trabajaría con el sueldo de ensueño, así que no tendría mucho para comprar ropa entre otras cosas. Pidió una copia de su llave con el encargado y subió con algo de nerviosismo. Pero al ver la hora en uno de los pisos donde se abrió el elevador, soltó un suspiro de alivio que no sabía que había estado reteniendo y con una leve sonrisa, trató de animarse a sí misma. —El debe seguir trabajando. Un poco más tranquila, sonrió y entró al departamento. Sin embargo… —¿Mel? ¡Volviste!
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