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2071 Words
Los días fueron pasando rápidamente sin importarle mi sentir. Había pasado cinco días buscando trabajo. Con la noticia de la mudanza de Steven el alquiler del apartamento quedaba en manos de mi pobre billetera. Pero con cada anuncio de trabajo me convencía más de lo difícil qué era tener un simple empleo. Con qué está es la cruda realidad de la que hablan las personas. Además, tenía que prepárame para los exámenes de admisión a diferentes universidades. Lo cual complicaba las cosas. Y luego estaba Steven. Todos mis ratos libres los he dedicado a mimarlo y consentirlo. Sólo quedaban dos días junto a él. Ojalá no tuviera que irse. —Mia Hill. —me citó la secretaria del Señor Miller. Un gran amigo de mi padre aquí en la cuidad, contemplaba esperanza de qué me aceptara para trabajar en algunas de sus exitosas empresas. Me levanté del asiento con mi currículum en una mano y mis nervios en la otra. Seguí a la señora elegante que me guiaba a la oficina de su jefe. Al pasar la puerta el olor a vainilla me dio la bienvenida a su oficina. El Señor Miller me esperaba; detrás de su ostentoso escritorio; con una cálida sonrisa. —Buenos días, Mia. cuánto has crecido. Parece que fue ayer cuando eras una niñita berrinchuda. —me saluda dándome un escaneo fugaz. Yo hice lo mismo. Él no había cambiado en nada, sólo un par de canas en su cabello que lo hacían ver más sabio. —Buen día, Sr. Miller —correspondí educadamente a su saludo—. Usted se ve igual que siempre, parece que lo años le han sentado muy bien. —Oh, querida, déjate de formalidades conmigo. Mejor dime como está el celoso de tu padre. —Aún conserva a Aquila. —solté, nada orgullosa de ello. Mi afirmación le sacó carcajadas contagiosas. —Ese hombre no aprende. Y qué te trae por aquí, mi niña. —Verá, Sr. Miller, estoy buscando trabajo y me preguntaba si no tendrá un puesto disponible. —fui directa y franca. Él parecía pensarlo, lo descubría la levantada comisura de su labio superior. —A qué te dedicas. —Se me da bien ordenar y manipular computadoras, pero estoy dispuesta a aprender y a dar lo mejor de mí. —tenía que convencerlo. —No me refiero a tus conocimientos. Cuál es tu sueño. Oh, eso. —Ser una diseñadora de modas exitosa. —hablo, enredando mis dedos, un poco tímida. —Entonces lo tuyo es la moda —volvió a estrujar sus labios, se lo estaba deliberando, hasta que sonríe—. Sabes, tengo una sucursal de una marca de ropa en ascenso, y le faltan diseñadoras. Mis labios se entreabren, jadeo. —¿De verdad? No lo podía creer. Pero… —Creo que tienes el potencial. —me motivó. —Le molestaría si le digo quiero conseguir el puesto por mi cuenta. —objeté tímidamente. —No serías de la familia Hill si no lo hicieras, sabía que dirías eso. Yo sólo te recomendaré, tú harás el resto —me convenció—. Entonces ¿trato? —interpela, extendiendo su mano derecha, no pensé dos veces en estrecharla. —Trato. ¡Gracias! —fui a abrazarlo. Me acababa de dar la mejor noticia de mi vida—. De verdad, ¡muchas gracias! —le agradecí con una sonrisa. —No me agradezcas, me gusta ayudar al talento joven. —le escuché decir mientras anotaba algo en una notita. —Señor —articuló una vos ajena a nosotros. Era su secretaría—, el contratista está esperándolo. —le puntualizó. —Toma, estos son los datos de tu futuro trabajo —me dio la notita donde; efectivamente; estaba la información—. Salúdame a tu padre de mi parte. —Con gusto, que tenga un buen día, Sr. Miller. —me despedí. —Igual para ti, Señorita Hill. Salí del edificio con una sonrisa brillante, daba brinquitos al caminar. Quizá la vida no era tan cruel como pensaba. Tenía mi sueño en mis manos, justo en esta nota. Steven debía ser el primero en saberlo. Tomé un taxi para ir de vuelta a mi humilde morada. Corriendo y reteniendo mi vejiga llegué al apartamento. Era increíble, mi vejiga urinaria tendría el tamaño de una uva. Bebía un vaso de agua e iba al baño tres veces. Increíble. Cerrando la puerta tiré todas mis cosas al piso y salí disparada a toda velocidad rumbo al baño. No puedo más. Mi vejiga va a estallar. Para cuando pude sentarme en él, sentí la paz interior. Ahora sí podía seguir con mi vida. —¡¿Steven?! —grité para comprobar si él estúpido estaba en su habitación. Pero no obtuve respuesta. Seguro seguía dormido o jugando videojuegos. Cosa que no me importará para interrumpirlo. Debía que contarle sobre mi trabajo. Aún sentía la alegría por mis venas. Sin embargo, está se esfumó entre a su cuarto. Estaba vacío. Él no se pudo haber ido así. Sin despedirse. Sacudí mi cabeza ante esa idea. Seguramente estaba en algún cine o visitando a un amigo. Luego de deshacerme de mi ropa formal, fui a mi closet en busca de algo más cómodo. Una sudadera negra y muy grande calló en el suelo al abrirlo. La sudadera de Trey. Al tomarla, el olor de su fragancia embriago mi olfato. La acerqué a mi para profundizar el aroma donde predominaba notas de vainilla, nuez moscada y madera. Todo un carnaval de sensaciones. Su olor lograba combinar con armonía la elegancia que lo caracterizaba con un toque casual ligero. No me resistí a probármela. Era tan cómoda y cálida. Era perfecta, claro, si ignoramos lo enorme que me quedaba. Mis dedos apenas salían de las mangas y la cinturilla terminaba a la mitad de mis piernas. La diferencia del volumen de nuestros cuerpos era exorbitante, a él se le ajustaba tan bien y yo parecía Doña bolsa. Vamos, Rey Ricura tenía que darme un poco de sus hormonas de crecimiento. Prepararé mi almuerzo, no era difícil mezclar leche con cereales y agregarles una cucharada de miel. No era buena en la cocina, eso quedó comprobado científicamente cuando dejé quemar la sopa de los domingos. —Detesto la sopa. —pensé en voz alta, dirigiéndome al sofá de la sala. Prendí el televisor para entretenerme con… ¿Mil maneras de morir? Oh, genial para acompañar una grata comida. Encierre el sarcasmo en una burbuja. —Tank you, next. —dije cambiando los programas para terminar viendo un duelo de boxeo. No era aficionada a la pelea, pero los boxeadores tenían buena pinta. Cinco puñetazos y dos llaves después ya habían almorzado y estaba más que sumida en el combate. Ambos participantes tenían la musculatura perfecta para acabar con el otro. Sólo que “El enmascarado” era más ágil en cuanto a movimiento y destreza. Ahora mismo tenía a “The King” acorralado y sin salida en una de las esquinas del ring de boxeo. Él oponente era joven y se le veía novato. Al pobre le habían roto la nariz y sangre brotaba de su boca. Oh, The King te hubieras metido con uno de tú tamaño. Pensé. Y justo cuando El enmascarado lo tomó por el cuello alzándolo sin ningún esfuerzo, como si fuese una pluma. Alguien tocó la puerta. —¡Ya voy! —grité aún sentada, esperando el siguiente ataque de El enmascarado. Volvieron a tocar. Chispas, pero que insistencia. —¡Que ya voy! —repetí más alto—. Vamos golpéalo fuerte. —le susurre perdida en la pelea. Me levanté del sofá mirando como The King se transformaba en Ralf el demoledor, pero demoledor de huesos. Y la puerta volvió a sonar. Chispas, ¡Qué fastidio! De seguro era el Estúpido. Me iba a oír. Corrí hasta la puerta y accedí a abrir. —Steven Josefino más te vale tener una buena expl… —enmudecí, vi a la persona que menos esperaba ver. Sheyla. En sus brazos sostenía una caja que reconocí enseguida. La caja le pertenecía a Ella. A Alice. Algo en mí crujió recordándola. No podía. —Mia —–nombra—, no lo puedes seguir evitando, no puedes ignorar lo que pasó. —Vete. —la eché a punto de derrumbarme. —Mia, perdóneme. —rogó. —Te dije que te vayas. —repetí, las lágrimas salían con prepotencia de mis ojos. Aún con mi visión desbordada de dolor, pude ver la tristeza en el rostro de Sheyla. —Alice. —la menciona, su voz inestable. —¡No! —grité, completamente fuera de mí—. No mereces ni nómbrala. —Ella siempre quiso que tuvieras esto —lagrimea, poniendo la caja en el piso—. Espero que algún día consigas perdonarme. —sollozó, pretendiendo irse, y se marcha con prisa. Yo sólo podía ver la gastada caja de cartón. Preguntándome si sería lo bastantemente fuerte como para abrirla. No. No podía. La simple idea de qué adentro se encontrarán nuestros recuerdos y sus cosas, me despedazaba el alma. En ocasiones duele ser valiente, pero no serlo también tortura. Entré las solapas de la caja, salía un trozo de papel. Lo agarré con mis manos temblorosas, sintiendo el amargo miedo pasar por mi hígado. Era una carta. Una carta de despedida. De ella para mí. Tomé el aire suficiente, preparándome a lo qué sea que este escrito en ese papel. La carta decía: Sé que no te esperabas esto, no planeaba sorprenderte, quiero dejar en claro que mi intención no es lastimarte con mi decisión. Aunque me conoces mejor que nadie, quise ser justa contigo. En esta caja hay más cosas tuyas que mías. Está llena de cosas nuestras. Tal vez te preguntarás el porqué de mi ida. La razón por la cual los dejo. Lamentablemente existen sufrimientos que sólo el adolorido sabe. No quiero que pienses mucho en mí. Sólo te pido que no me olvides. Yo no te olvidaré. Quiero hacerte saber que eres tan grandiosa y extraordinaria como para ocultarte del mundo. No te ocultes, el mundo no lo resistiría. Sal y pinta el mundo de otras personas con tus colores. Enseña a las personas a bailar bajo la lluvia. Ilumina a los perdidos grises. Pero sobre todo vive, vive mucho, porqué al mundo le hace falta guerreras del color que sepan unir. Como tú. Pd: Te amo. Con amor, Alice. La gris y opaca hoja palpitaba bajo el tacto de mis dedos, pequeñas gotas bajaron hacia ella tratando de borrar su moderada letra. Con el corazón hecho migajas, estando más rota que hace unos meses, me senté en el frio sofá, buscándole refugio a mis males. Lloraba desconsoladamente mientras me abrazaba a mí misma, mi vista distorsionada por mi lluvia se aclaró para visualizar en el suelo una sombra. Era larga y oscura, limpié mis húmedas mejillas para quitar cualquier rastro de tristeza en mi rostro, pero mis labios hinchados advertían por delatarme, unas deportivas aparecieron a mi lado. La sombra abandono la oscuridad para sentarse frente de mí. Doble la hoja desesperadamente para guardarla en mi espalda. Steven tenía demasiado con sus problemas como para soportar los míos. Traté de ocultar mi cara mirando hacia otro lado, sintiéndome vacía, pero sus suaves yemas acariciaron mi mejilla. Su tacto era tan necesario y tan sanador. El roce de su tibia palma me debilitaba a tal grado de desahogar mi mar de tristeza. —No llores —oí una grave voz que podía reconocer a kilómetros de distancia. Giré mi rostro, buscándolo. Estaba arrodillado frente al sofá, frente a mí. Su presencia me tranquilizó. No quería estar sola. No ahora. Sus zafiros ojos me escrutaban con cuidado. No entendía que hacía aquí pero tampoco me importaba. Su cara era el retrato de la preocupación, me vio con desespero. Pasó sus manos por su cabello en gesto de frustración. —¿Te duele algo? ¿Qué puedo hacer? Haré lo que sea, solo dime —suplica mirándome, pidiendo mi atención—. No llores, por favor, dime algo, te lo ruego. —me implora, claramente inquieto. Él no sabía qué hacer. Yo en cambio sabía que haría. Lo atraje a mí para abrazarlo. Un abrazo siempre logra curarte, aunque sólo por unos minutos. Los abrazos de Trey, sus abrazos tenían el poder de reparar toda mi vida.
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