Los dĂas fueron pasando rápidamente sin importarle mi sentir. HabĂa pasado cinco dĂas buscando trabajo. Con la noticia de la mudanza de Steven el alquiler del apartamento quedaba en manos de mi pobre billetera. Pero con cada anuncio de trabajo me convencĂa más de lo difĂcil quĂ© era tener un simple empleo.
Con qué está es la cruda realidad de la que hablan las personas.
Además, tenĂa que prepárame para los exámenes de admisiĂłn a diferentes universidades. Lo cual complicaba las cosas.
Y luego estaba Steven.
Todos mis ratos libres los he dedicado a mimarlo y consentirlo. SĂłlo quedaban dos dĂas junto a Ă©l. Ojalá no tuviera que irse.
—Mia Hill. —me citó la secretaria del Señor Miller. Un gran amigo de mi padre aquà en la cuidad, contemplaba esperanza de qué me aceptara para trabajar en algunas de sus exitosas empresas.
Me levantĂ© del asiento con mi currĂculum en una mano y mis nervios en la otra.
Seguà a la señora elegante que me guiaba a la oficina de su jefe. Al pasar la puerta el olor a vainilla me dio la bienvenida a su oficina. El Señor Miller me esperaba; detrás de su ostentoso escritorio; con una cálida sonrisa.
—Buenos dĂas, Mia. cuánto has crecido. Parece que fue ayer cuando eras una niñita berrinchuda. —me saluda dándome un escaneo fugaz. Yo hice lo mismo.
Él no habĂa cambiado en nada, sĂłlo un par de canas en su cabello que lo hacĂan ver más sabio.
—Buen dĂa, Sr. Miller —correspondĂ educadamente a su saludo—. Usted se ve igual que siempre, parece que lo años le han sentado muy bien.
—Oh, querida, déjate de formalidades conmigo. Mejor dime como está el celoso de tu padre.
—Aún conserva a Aquila. —solté, nada orgullosa de ello.
Mi afirmaciĂłn le sacĂł carcajadas contagiosas.
—Ese hombre no aprende. Y quĂ© te trae por aquĂ, mi niña.
—Verá, Sr. Miller, estoy buscando trabajo y me preguntaba si no tendrá un puesto disponible. —fui directa y franca.
Él parecĂa pensarlo, lo descubrĂa la levantada comisura de su labio superior.
—A qué te dedicas.
—Se me da bien ordenar y manipular computadoras, pero estoy dispuesta a aprender y a dar lo mejor de mĂ. —tenĂa que convencerlo.
—No me refiero a tus conocimientos. Cuál es tu sueño.
Oh, eso.
—Ser una diseñadora de modas exitosa. —hablo, enredando mis dedos, un poco tĂmida.
—Entonces lo tuyo es la moda —volviĂł a estrujar sus labios, se lo estaba deliberando, hasta que sonrĂe—. Sabes, tengo una sucursal de una marca de ropa en ascenso, y le faltan diseñadoras.
Mis labios se entreabren, jadeo.
—¿De verdad?
No lo podĂa creer. Pero…
—Creo que tienes el potencial. —me motivó.
—Le molestarĂa si le digo quiero conseguir el puesto por mi cuenta. —objetĂ© tĂmidamente.
—No serĂas de la familia Hill si no lo hicieras, sabĂa que dirĂas eso. Yo sĂłlo te recomendarĂ©, tĂş harás el resto —me convenció—. Entonces Âżtrato? —interpela, extendiendo su mano derecha, no pensĂ© dos veces en estrecharla.
—Trato. ¡Gracias! —fui a abrazarlo. Me acababa de dar la mejor noticia de mi vida—. De verdad, ¡muchas gracias! —le agradecà con una sonrisa.
—No me agradezcas, me gusta ayudar al talento joven. —le escuché decir mientras anotaba algo en una notita.
—Señor —articulĂł una vos ajena a nosotros. Era su secretarĂa—, el contratista está esperándolo. —le puntualizĂł.
—Toma, estos son los datos de tu futuro trabajo —me dio la notita donde; efectivamente; estaba la información—. Salúdame a tu padre de mi parte.
—Con gusto, que tenga un buen dĂa, Sr. Miller. —me despedĂ.
—Igual para ti, Señorita Hill.
SalĂ del edificio con una sonrisa brillante, daba brinquitos al caminar. Quizá la vida no era tan cruel como pensaba. TenĂa mi sueño en mis manos, justo en esta nota.
Steven debĂa ser el primero en saberlo.
Tomé un taxi para ir de vuelta a mi humilde morada.
Corriendo y reteniendo mi vejiga llegué al apartamento.
Era increĂble, mi vejiga urinaria tendrĂa el tamaño de una uva. BebĂa un vaso de agua e iba al baño tres veces. IncreĂble.
Cerrando la puerta tiré todas mis cosas al piso y salà disparada a toda velocidad rumbo al baño.
No puedo más.
Mi vejiga va a estallar.
Para cuando pude sentarme en él, sentà la paz interior.
Ahora sĂ podĂa seguir con mi vida.
—¡¿Steven?! —grité para comprobar si él estúpido estaba en su habitación.
Pero no obtuve respuesta.
Seguro seguĂa dormido o jugando videojuegos.
Cosa que no me importará para interrumpirlo. DebĂa que contarle sobre mi trabajo. AĂşn sentĂa la alegrĂa por mis venas. Sin embargo, está se esfumĂł entre a su cuarto. Estaba vacĂo.
Él no se pudo haber ido asĂ. Sin despedirse.
SacudĂ mi cabeza ante esa idea. Seguramente estaba en algĂşn cine o visitando a un amigo.
Luego de deshacerme de mi ropa formal, fui a mi closet en busca de algo más cómodo. Una sudadera negra y muy grande calló en el suelo al abrirlo. La sudadera de Trey.
Al tomarla, el olor de su fragancia embriago mi olfato. La acerquĂ© a mi para profundizar el aroma donde predominaba notas de vainilla, nuez moscada y madera. Todo un carnaval de sensaciones. Su olor lograba combinar con armonĂa la elegancia que lo caracterizaba con un toque casual ligero.
No me resistĂ a probármela. Era tan cĂłmoda y cálida. Era perfecta, claro, si ignoramos lo enorme que me quedaba. Mis dedos apenas salĂan de las mangas y la cinturilla terminaba a la mitad de mis piernas. La diferencia del volumen de nuestros cuerpos era exorbitante, a Ă©l se le ajustaba tan bien y yo parecĂa Doña bolsa. Vamos, Rey Ricura tenĂa que darme un poco de sus hormonas de crecimiento.
PrepararĂ© mi almuerzo, no era difĂcil mezclar leche con cereales y agregarles una cucharada de miel. No era buena en la cocina, eso quedĂł comprobado cientĂficamente cuando dejĂ© quemar la sopa de los domingos.
—Detesto la sopa. —pensé en voz alta, dirigiéndome al sofá de la sala. Prendà el televisor para entretenerme con… ¿Mil maneras de morir?
Oh, genial para acompañar una grata comida. Encierre el sarcasmo en una burbuja.
—Tank you, next. —dije cambiando los programas para terminar viendo un duelo de boxeo. No era aficionada a la pelea, pero los boxeadores tenĂan buena pinta.
Cinco puñetazos y dos llaves despuĂ©s ya habĂan almorzado y estaba más que sumida en el combate. Ambos participantes tenĂan la musculatura perfecta para acabar con el otro. SĂłlo que “El enmascarado” era más ágil en cuanto a movimiento y destreza.
Ahora mismo tenĂa a “The King” acorralado y sin salida en una de las esquinas del ring de boxeo. Él oponente era joven y se le veĂa novato. Al pobre le habĂan roto la nariz y sangre brotaba de su boca.
Oh, The King te hubieras metido con uno de tú tamaño. Pensé.
Y justo cuando El enmascarado lo tomó por el cuello alzándolo sin ningún esfuerzo, como si fuese una pluma.
Alguien tocĂł la puerta.
—¡Ya voy! —grité aún sentada, esperando el siguiente ataque de El enmascarado.
Volvieron a tocar. Chispas, pero que insistencia.
—¡Que ya voy! —repetà más alto—. Vamos golpéalo fuerte. —le susurre perdida en la pelea.
Me levanté del sofá mirando como The King se transformaba en Ralf el demoledor, pero demoledor de huesos.
Y la puerta volviĂł a sonar.
Chispas, ¡Qué fastidio!
De seguro era el EstĂşpido.
Me iba a oĂr.
CorrĂ hasta la puerta y accedĂ a abrir.
—Steven Josefino más te vale tener una buena expl… —enmudecĂ, vi a la persona que menos esperaba ver.
Sheyla.
En sus brazos sostenĂa una caja que reconocĂ enseguida.
La caja le pertenecĂa a Ella.
A Alice.
Algo en mà crujió recordándola.
No podĂa.
—Mia —–nombra—, no lo puedes seguir evitando, no puedes ignorar lo que pasó.
—Vete. —la eché a punto de derrumbarme.
—Mia, perdóneme. —rogó.
—Te dije que te vayas. —repetĂ, las lágrimas salĂan con prepotencia de mis ojos. AĂşn con mi visiĂłn desbordada de dolor, pude ver la tristeza en el rostro de Sheyla.
—Alice. —la menciona, su voz inestable.
—¡No! —gritĂ©, completamente fuera de mĂ—. No mereces ni nĂłmbrala.
—Ella siempre quiso que tuvieras esto —lagrimea, poniendo la caja en el piso—. Espero que algĂşn dĂa consigas perdonarme. —sollozĂł, pretendiendo irse, y se marcha con prisa.
Yo sĂłlo podĂa ver la gastada caja de cartĂłn. Preguntándome si serĂa lo bastantemente fuerte como para abrirla. No. No podĂa.
La simple idea de qué adentro se encontrarán nuestros recuerdos y sus cosas, me despedazaba el alma.
En ocasiones duele ser valiente, pero no serlo también tortura.
EntrĂ© las solapas de la caja, salĂa un trozo de papel.
Lo agarrĂ© con mis manos temblorosas, sintiendo el amargo miedo pasar por mi hĂgado.
Era una carta.
Una carta de despedida. De ella para mĂ.
Tomé el aire suficiente, preparándome a lo qué sea que este escrito en ese papel.
La carta decĂa:
SĂ© que no te esperabas esto, no planeaba sorprenderte, quiero dejar en claro que mi intenciĂłn no es lastimarte con mi decisiĂłn. Aunque me conoces mejor que nadie, quise ser justa contigo. En esta caja hay más cosas tuyas que mĂas. Está llena de cosas nuestras.
Tal vez te preguntarás el porquĂ© de mi ida. La razĂłn por la cual los dejo. Lamentablemente existen sufrimientos que sĂłlo el adolorido sabe. No quiero que pienses mucho en mĂ. SĂłlo te pido que no me olvides.
Yo no te olvidaré.
Quiero hacerte saber que eres tan grandiosa y extraordinaria como para ocultarte del mundo. No te ocultes, el mundo no lo resistirĂa.
Sal y pinta el mundo de otras personas con tus colores.
Enseña a las personas a bailar bajo la lluvia.
Ilumina a los perdidos grises.
Pero sobre todo vive, vive mucho, porqué al mundo le hace falta guerreras del color que sepan unir. Como tú.
Pd: Te amo.
Con amor, Alice.
La gris y opaca hoja palpitaba bajo el tacto de mis dedos, pequeñas gotas bajaron hacia ella tratando de borrar su moderada letra.
Con el corazón hecho migajas, estando más rota que hace unos meses, me senté en el frio sofá, buscándole refugio a mis males.
Lloraba desconsoladamente mientras me abrazaba a mĂ misma, mi vista distorsionada por mi lluvia se aclarĂł para visualizar en el suelo una sombra. Era larga y oscura, limpiĂ© mis hĂşmedas mejillas para quitar cualquier rastro de tristeza en mi rostro, pero mis labios hinchados advertĂan por delatarme, unas deportivas aparecieron a mi lado. La sombra abandono la oscuridad para sentarse frente de mĂ.
Doble la hoja desesperadamente para guardarla en mi espalda. Steven tenĂa demasiado con sus problemas como para soportar los mĂos. TratĂ© de ocultar mi cara mirando hacia otro lado, sintiĂ©ndome vacĂa, pero sus suaves yemas acariciaron mi mejilla. Su tacto era tan necesario y tan sanador. El roce de su tibia palma me debilitaba a tal grado de desahogar mi mar de tristeza.
—No llores —oĂ una grave voz que podĂa reconocer a kilĂłmetros de distancia.
Giré mi rostro, buscándolo.
Estaba arrodillado frente al sofá, frente a mĂ.
Su presencia me tranquilizĂł. No querĂa estar sola. No ahora.
Sus zafiros ojos me escrutaban con cuidado.
No entendĂa que hacĂa aquĂ pero tampoco me importaba.
Su cara era el retrato de la preocupaciĂłn, me vio con desespero. PasĂł sus manos por su cabello en gesto de frustraciĂłn.
—¿Te duele algo? ¿Qué puedo hacer? Haré lo que sea, solo dime —suplica mirándome, pidiendo mi atención—. No llores, por favor, dime algo, te lo ruego. —me implora, claramente inquieto.
Él no sabĂa quĂ© hacer.
Yo en cambio sabĂa que harĂa.
Lo atraje a mĂ para abrazarlo.
Un abrazo siempre logra curarte, aunque sĂłlo por unos minutos.
Los abrazos de Trey, sus abrazos tenĂan el poder de reparar toda mi vida.