Mi alegrĂa le contagiĂł una sonrisa.
Tres bocados despuĂ©s, no habĂa ni torta, ni malteada (la cual estaba para casarse con ella), ni rastro de hambre.
Ah, y Rey Ricura estaba muy risueño, era Rey Risitas en este preciso instante.
—Me dirás ya de quĂ© te rĂes tanto. —dije saliendo de ese grandioso restaurante.
TenĂa que traer a papá aquĂ un dĂa. Le encantará.
—Te doy una pista. Parece bigote, pero no es.
ÂżBigote?
¡Chispas!
Me girĂ© hasta ver mi rostro reflejado en el cristal de la puerta. Y como me temĂa, tenĂa no sĂłlo un bigote, sino uno con barba.
—Idiota, no me dijiste nada. —reproché furiosa.
HabĂa estado con un bigote espantoso en mi cara todo este tiempo y lo Ăşnico que hizo fue burlarse. Que caballeroso de su parte.
—Ven. —quiso acercarse, pero lo esquive aún más enojada.
—Idiota al cuadrado. —lo insulté abriendo la puerta de su Lamborghini, la misma que cerré con excesiva fuerza.
Lo siento, puerta.
SĂ© que no eres la culpable de esto, pero alguien tenĂa que pagar los platos rotos y en tu caso vidrios rotos.
Buscando algĂşn espejo en mi bolso, encontrĂ© cosas que ni sabĂa que tenĂa: unas mentas viejas, unos esmaltes, hasta el par de llaves que habĂa dado por pĂ©rdidas aparecieron, pero nada de espejo.
San Espejo, IlumĂname.
BusquĂ© en su cajuela torpemente, hasta tener un pequeño espejo, no obstante, mis sĂşplicas fueron escuchadas, Trey tenĂa en su cajuela muchas cosas, entre ellas unos pañuelos. Perfectos para afeitar la barba de chocolate y el bigote de cereza.
A punto de empezar a limpiar mi barba, él Idiota me fastidio con su presencia.
—¿Aún estás enojada?
Lo ignore.
—Lo siento.
Palabras ignoradas con éxito
—Si te consuela, eres la chica con bigote más hermosa que haya visto jamás.
—Claro, tan linda que te causo risas. —dije borrando el último rastro del bigote.
—Lo siento. —se disculpó por segunda vez, pero la sinceridad hábito en su grave voz, además de estar en sus hermosos ojos.
—Te perdono, a pesar de que no admitas que luzco mejor que tú con mi sensual bigote.
Mentira. De sĂłlo pensar en Trey con barba, mis hormonas se enloquecĂan.
—Te veĂas sexy.
—Consejo de último momento: los bigotes elevaban el s*x-appeal. —–articulé como toda una conductora de televisión.
Mi noticia fue culpable del torbellino de carcajadas en Trey.
Me encantaba hacerlo reĂr, quĂ© importaba estar de bigote o sonrojada.
SĂłlo ver como a sus mejillas se le formaban pequeños hoyuelos cuando reĂa, me llenaba de felicidad.
Él camino de regreso no fue tan silencioso como el de ida. Trey me hizo conversación en la cual me enteré de tres cosas:
1) No soy su tipo.
2) Consideraba el romanticismo cursi.
Y si creen que la informaciĂłn no puede empeorar.
3) No le gusta el chocolate.
Sorprendente ÂżCierto?
A Ă©l no le gustaba el chocolate y yo querĂa robar la fábrica de Willy Wonka.
Mientras formulaba la teorĂa de que Trey era un extraterrestre encubierto por detestar el chocolate. El ruido del motor apagándose, captĂł mi atenciĂłn de tal manera que deje de crear dicha teorĂa. Para cuando visualice el edificio; en donde vivo; ya estaba bajándome de su auto.
—Que rápido hemos llegado. —opiné, estirando mi exhausto cuerpo.
Necesito dormir. Pensé cuando un bostezo salió de mi boca.
—Vaya, ahora tienes sueño. —se percató.
—Por si tienes dudas. Soy humana. —bostecé.
Entramos al edificio.
—¿Sabes cuál es mi duda, Mia? —preguntó estando en elevador.
Involuntariamente choqué con sus joyas aguamarina.
—Lamentablemente no.
—Quisiera saber qué hace una chica como tú saliendo con Owen Cox.
Owen y yo. ÂżSaliendo?
Si apenas y nos conocĂamos.
DebĂa estar bromeando. PensĂ©.
Solté una risa nerviosa pero la corte enseguida al ver su semblante severamente serio.
No.
No estaba bromeando.
—No me gusta ese chico, no te le acerques mucho.
—¿Por qué?
—Sólo hazme caso.
Claro.
Él dice rana y yo salto. Nótese el sarcasmo.
—Puedo salir con quién se me antoje, Trey. —dicté, saliendo del elevador.
—Toma.
Lo mirĂ© de reojo mientras caminaba hacia mi departamento, se referĂa a mis gomitas.
Cuando llegamos la puerta se abriĂł abruptamente. Una pareja salĂa del departamento y a juzgar por cĂłmo se basaban; digo tragaban, asumĂ que se dirigĂan a un motel.
El apartamento ya estaba vacĂo y hecho un asco. El desastre habitaba cada rincĂłn de Ă©l. Sin contarles que ni siquiera habĂamos entrado del todo.
Tomé las gomitas, para comenzar a consentir mi estómago.
—Bien —expresó sonriéndome—. Es hora de irme.
Asiento pesadamente.
—Claro.
—Tu teléfono. —pidió.
Eso te va a costar, Rey Ricura.
—Es un iPhone.
SabĂa de antemano que no era la respuesta esperada.
—Tu número. —pretendió otra vez.
Pude ver la frustraciĂłn en su mirada celeste.
—Ah —fingĂ un gesto de entender lo que querĂa—. No.
—¿No? —sonó exasperado, impaciente.
—Buenas noches, Trey.
Le despedà rápidamente con un beso en la mejilla.
Su piel era suave y me preguntĂ© si sus labios tambiĂ©n lo serĂan.
No sé, si fue mi imaginación o él en verdad estaba sonrojado.
Pero no tuve tiempo como para afirmarlo debido a que cerré la puerta.
Caminé para detenerme en mi habitación y las ganas de besar mi almohada me invadieron. Lastimosamente, Steven, se encontraba aún despierto y esperándome.
Su cara demostraba preocupaciĂłn y nerviosismo, Steven pocas veces se preocupaba y el verlo asĂ, me alertĂł. ÂżQuĂ© habrá pasado?
Al mirarme, percibà una disculpa en sus castaños ojos.
Iba a hablar, pero entonces dijo lo que jamás pensé escuchar.
—Me mudare en una semana.
Eso me quitó el sueño.
—¿Qué?
Lo sorprendida que estaba se reflejaba en mi aguda voz.
No me esperaba esto.
—Necesito hacerlo, Mia. —explicó serio, muy decidido.
Él no iba a cambiar de opinión.
—Pero… Steven, porqué. —golpeé las palabras en mi lengua, exigiéndole una explicación.
—¿Recuerdas cuando pasaste tres meses encerrada, sin comer ni hablar con nadie? Tú necesitabas tiempo y yo te lo di, he respetado tu espacio y tus decisiones… Ahora soy yo el que necesita un tiempo, Mia.
Si bien era cierto que mi leve depresiĂłn fue una de las razones por las que Steven me llevĂł a ese grupo de apoyo. A pesar de no saber mucho de mĂ o de mi pasado, Ă©l siempre estuvo ahĂ para mĂ.
Lo entendĂa, le urgĂa alejarse. Sin embargo, una parte de mĂ querĂa apoyarlo y ayudarlo como Ă©l lo hizo conmigo.
—Si quieres puedes encerrarte un año en tu habitación, me levantaré muy temprano para preparar el desayuno, hasta te prestare mi bici —tocaba mis limites—. Pero no te vayas.
—Ya está decidido.
—¿Hice algo malo? —rebuscaba algo que me ayudase a entender.
—Claro que no, mi renacuajo desnutrido —me abrazó—. Tú no tienes la culpa de nada.
Me separé sin romper el abrazo para mirarle.
—¿Entonces? —me tragué un sollozo que quemaba mi garganta.
—No llores —limpió las lágrimas en mis mejillas—. Juro que volveré, sólo será por un tiempo.
Saben cuántas veces habĂa creĂdo en esa palabra “Volveré”. Un trillĂłn de veces y nada volvĂa.
—No vas a cambiar de opinión ¿verdad?
—Como te dije. Ya está decidido.
Era su decisiĂłn. Yo la respetarĂa, sĂłlo tenĂa que prepárame para el cambio y la soledad que se aproximaban como una lluvia inminente.
—¿A dónde irás? ¿Podré visitarte?
—Aún no sé. —respondió ausente y lejano.
—Te quiero, Estúpido. —reforcé el abrazo.
Unas cuantas gotas de mis ojos, humedecieron la tela de su camisa. Él correspondiĂł al abrazo aferrándose fuertemente a mĂ.
—Yo a ti, mi renacuajo desnutrido.
Esa noche, la vida me enseñó que seguĂa siendo igual.
Un constante cambio.
Cambios que dolĂan.
Y fingir que nada pasaba, dolĂa aĂşn más.